EL REMOLQUE
Carlos estaba tan cansado de las juergas, de las relaciones fugaces y de las citas eternamente insípidas que, cuando conoció a la sincera, divertida y lista Lucía, tuvo claro: esta sí que sí.
Salieron a tomar unas tapas, escucharon a un par de músicos callejeros en la Gran Vía, hablaron de los éxitos laborales de él y del amor insólito de ella por la poesía contemporánea, y cuando ambos confesaron que preferían la ensaladilla rusa con manzana, supieron que algo gordo se avecinaba.
El campo base del acelerón sentimental fue el piso de Lucía, que le invitó a cenar como quien no quiere la cosa.
Carlos, fiel a la épica, se puso su mejor camisa, se afeitó a conciencia, memorizó unos versos rarísimos de uno de los poetas favoritos de Lucía, compró un ramo de rosas y una botella de Rioja.
Iba con un ánimo ligero, casi levitando.
Sabía con certeza que la noche prometía, y tenía ese aire presuntuoso de gato manchego que reclama su cuenco de leche catorce veces diarias.
Todo cuadraba con precisión suiza, salvo ese detalle nimio: Buenas tardes, soy Jacobo.
Mi madre está en la ducha, puedes pasar.
Carlos se quedó petrificado.
Encima de él, una cara cuadrada, dura pero infantil, le observaba de arriba abajo.
La dueña del careto tendía la mano, una manaza capaz de tapar la cabeza entera de Carlos.
Pensó que quizá se había equivocado de piso, pero cuando Jacobo estornudó de esa forma tan extraña: sin abrir la boca y apretándose la nariz con los dedos, justo como hacía Lucía, no le cupo duda alguna.
El ánimo de Carlos cayó en picado, el vino se le avinagró en la bolsa y las flores parecían marchitarse antes de salir del celofán.
Entró y el susto le fue a más cuando vio las zapatillas de Jacobo en el recibidor.
Podría habérselas puesto encima de los zapatos y seguirían quedándole grandes.
Lucía no llegaba ni a la mitad de su propio hijo.
Carlos pensó, con resignación cómica, que ojalá las mujeres pudieran hacer crecer el oro como sus hijos: regalas un anillo y diez años después tienes una pulsera de inversión.
Meditativo, llegó a la cocina, donde Jacobo ya ponía la mesa cambiando las cortinas sin necesidad de escalera.
Cinco minutos y salgo gritó Lucía desde la ducha.
Pasaron cinco series de esos cinco minutos hasta que la puerta se abrió y Lucía apareció gloriosa, en vestido de noche y maquillaje reluciente.
Al ver la cara de tragedia griega de Carlos, lo captó al momento, y la atmósfera romántica se esfumó por la ventana.
Sirvió la cena sin mediar palabra, llenó las copas y en cuanto probó la comida, empezó a cenar, no esperando a Carlos ni un segundo.
¿Por qué no me contaste que tenías un hijo?
farfulló Carlos, ofendido como un hidalgo engañado.
¿Te asusta el remolque?
esbozó una sonrisa triste Lucía.
¿Remolque?
¡Esto es todo un tren de mercancías!
Es grande, sí.
Eso lo ha sacado de su padre.
Aquel era de un pueblo perdido de León y todavía más alto que Jacobo Iba de caza con las manos desnudas.
¿Y y ahora dónde anda él?
tragó saliva Carlos, ya imaginándose la escena.
Gira mucho, con el oso Nos dejó para irse de artista.
A veces escribe cartas.
Bueno, creo que las escribe el propio oso, con mejor letra y más decencia.
¿Cuántos años tiene?
señaló Carlos la pared, refiriéndose al remolque.
Catorce.
Acaba de recoger el DNI.
¿A la fuerza?
Qué chispa tienes
A partir de ahí, cenaron en silencio, como buenos desconocidos.
¿Puedo repetir carne?
Carlos ofreció el plato.
¿Te ha gustado?
Sinceramente, lo mejor que he probado en mi vida, ¿qué es?
Ciervo.
Lo ha cocinado Jacobo.
¡Madre mía, es un genio!
Eso es de su padre también: una antigua enciclopedia de cocina, juegos de cuchillos, cañas de pescar, una barca de remos y alguna que otra trampa que nos enchufó.
¿La barca?
Carlos se relamió imaginando excursiones.
Sí, la tiene en el trastero, o eso dice.
Jacobo es pescador empedernido.
El móvil de Lucía vibró y, disculpándose, fue a contestar a otra habitación.
Humm, va tocando retirada, pensó Carlos.
Aquí no tenía ya mucho que rascar.
Oye, Carlos.
Verás Lucía volvió a la cocina con el móvil en la mano y el semblante nervioso.
Ha habido un lío en el trabajo.
¿Te importaría quedarte un par de horitas con Jacobo?
¿Yo?
¿Con Jacobo?
¿Para qué?
Carlos boqueó de incredulidad.
Pues hombre, él es menor, no vaya a pasarle algo últimamente hay tantos locos llamando a las puertas
¿Temes que se lo lleven sin que te enteres?
A ver cambió el tono, te pago la cena, y lo de niñera.
Y luego, si quieres, no vuelvo a llamarte, ¿vale?
Bueno y ¿qué hago con él?
No sé, ¡chicos!
Hablad de lo vuestro, de cosas de hombres.
Me tengo que ir.
Lucía se evaporó en cuestión de segundos.
Carlos se quedó unos minutos en la cocina apurando la batería del móvil, terminó la carne, el vino y Lucía no volvía.
Al pasar cerca de la puerta del cuarto de Jacobo, oyó unos ruidos familiares.
No puede ser, pensó, y tocó suavemente.
Está abierto.
Dentro, lo primero que vio fue una enorme diana de madera con cuchillos y flechas incrustados.
En la pared, por cierto, ni un solo agujero: Jacobo era un francotirador.
En la mesa, un tocadiscos de vinilo y sonaba, cómo no, un tema de Iron Maiden, grupo del que Carlos era fan acérrimo.
Jacobo estaba en la esquina, enredando con los aparejos de pesca.
Carlos inspeccionó la habitación: trofeos en la estantería, un saco de boxeo colgando, una Xbox última generación delante de la tele.
Vives mejor que muchos ministros chistó con envidia Carlos.
Ni de adolescente ni, siendo sinceros, ahora había soñado con semejante cuarto.
Trabajo en verano Jacobo respondió sin más.
Carlos notó cierto sonrojo propio: aquí se había imaginado a Lucía rebuscando en un pozo sin fondo para mantener al retoño, y resulta que el chico se apañaba la vida él solo.
¿Tienes cargador de móvil?
preguntó Carlos, sacando el teléfono por primera vez en la vida con humildad.
Está por la estación de tren señaló Jacobo.
¿Es-ta-ción de tren?
tartamudeó Carlos, incrédulo, y vio un montaje ferroviario profesional ocupando media habitación.
¿Esto lo has montado tú?
Sí, voy comprando piezas, a ver si hago un segundo nivel y varios puentes.
Justo me ha llegado una caja de vías nuevas.
A Carlos se le subió el calor a la cabeza: amor a primera vía férrea.
¿Puedo poner un trenecito en marcha?
preguntó casi en un susurro.
Claro, espera.
Jacobo se levantó, desplegó su talla monumental y activó el transformador.
***
Lucía regresó una hora después.
Estaba convencida de que Carlos se habría marchado hacía rato, así que corrió directa al cuarto de su hijo.
Encontró a ambos, retorcidos en torno a la estación, montando trazados imposibles.
Costó decidir quién lo estaba disfrutando más.
Carlos, ya es hora de irte avisó Lucía en voz baja.
Ayyy, ¿pero qué hora es?
Once menos cuarto bostezó Lucía.
Tengo que madrugar, otra vez me toca a mí resolver la catástrofe de la oficina.
Le acompañó hasta la puerta, le dio un beso en la mejilla y le quiso dar un billete de veinte euros.
Yo, de una mujer, no acepto dinero Carlos puso cara de dignidad herida.
Gracias por cuidar de mi remolque.
Carlos sonrió de lado y se fue.
***
Hola, mira, quería pasarme otra vez por tu casa llamó Carlos al cabo de unos días.
Mira, estoy hasta arriba en el trabajo, no estoy para historias, ni para relaciones, ni para nada y nuestra última cita no fue precisamente para recordar.
¿Vale, pero y si solo quiero ver a Jacobo?
¿Cómo?
Sí, a ver si necesita que le hagan de canguro.
Pues no sé Tendrá que decidirlo él.
Ya le he escrito.
Está de acuerdo.
He comprado un juego nuevo para la Xbox.
Nos sentamos tranquilos y tú te dedicas a tus cosas.
Bueno vale, pásate.
Aquella noche Carlos llegó con otra actitud.
Ni camisa, ni colonia, ni vino ni cara de poema romántico: camiseta negra de su grupo favorito, mochila llena de patatas fritas y refrescos y una sonrisa de niño jugando a ser mayor.
Pero portaros bien, ¿eh?
Tengo videollamada del curro a las dos Lucía le recibió en bata, mascarilla facial y aliento a cebolla.
Carlos asintió, camino de la habitación juvenil.
Aquella noche Lucía casi tuvo que separar a Carlos y Jacobo, debatiendo sobre Almodóvar contra Guy Ritchie.
La cosa iba camino de maratón cinéfilo, hasta que Lucía, diplomática, les sentenció como víctimas de mal gusto y desalojó a Carlos.
El sábado no olvides el engodo gritó Jacobo desde su habitación.
¿Engodo?
Lucía fulminó a Carlos con la mirada.
Nos vamos a por lucios.
Le he prometido a Jacobo que sé de una tienda que lo venden buenísimo Hace siglos que no voy a pescar.
Vaya, qué amigos os habéis hecho.
Y a mí, ni agua
Vente con nosotros, si quieres, preparas los bocatas.
Sí, hombre, para eso me quedo, claro Anda, vete de pesca le empujó Lucía sonriente.
Total, yo viviendo en la oficina Por lo menos el niño está entretenido.
***
Pasó un mes.
Lucía se sumergió en el trabajo, completamente alérgica a cualquier rastro de romance.
Carlos y Jacobo, en cambio, exprimieron el tiempo: ampliaron la estación de tren, viajaron a por cangrejos, prepararon kvas siguiendo un libro heredado, Jacobo enseñó a Carlos a orientarse en el bosque y Carlos, de paso, le dio unas clases de flirteo adolescente que ayudaron a Jacobo a invitar a salir a una chica de su clase.
Todo tranquilo hasta que una noche aporrearon la puerta con tal fuerza que vibraron hasta los LED del falso techo.
Lucía abrió y un perfume intenso a jabalí asado la golpeó.
En el umbral estaba su exmarido y padre de Jacobo, un coloso con más espacialidad que la propia entrada.
Ya lo he comprendido todo dijo, de rodillas, aun así, más alto que Lucía.
Pototo y yo queremos tranquilidad, familia.
He ahorrado.
Os llevo a la aldea con Jacobo.
Vivimos bien, tú dejas de trabajar.
Él y yo de pesca, de caza
¿Pero tú de qué vas?
¿Diez años después y ahora te sale el ramalazo familiar?
¿Y el oso también vuelve?
No Lo de Pototo es que ha firmado con una productora a mis espaldas, el condenado masculló el aludido.
Ah, que te han dejado plantado.
Lucía se cruzó de brazos.
¡Eso da igual!
Lo importante es que
No terminó, porque Carlos apareció en el pasillo, con una camiseta prestada.
Lucía, he pillado la camiseta esta porque la mía la he manchado pintando el tren con Jacobo y
¿Pero aquí alguien va a terminar nunca una frase entera?
dijo Lucía, mirando a los dos hombres con resignación.
¿Este quién es?
inquirió el exmarido, amenazando con el puño tamaño sandía.
Este es Lucía dudó.
En ese momento Jacobo salió disparado del cuarto, torció el brazo de su padre y lo estampó contra la pared.
Es el remolque susurró Jacobo en voz baja.
¡Pero, Jacobo, hijo, soy tu padre!
¿Remolque de qué?
Remolque que nos ayuda a tirar de todas las cosas que tú nos has ido dejando por aquí.
Pero si yo no os he dejado nada dijo el exmarido, sorprendido de su propia lógica.
Carlos y Lucía, arrimados en un rincón, miraban la escena de lucha grecorromana.
Vale, vale, break imploró el padre, y Jacobo le soltó por fin.
Vaya pieza.
Has salido a mí, para ir de caza ya mismo el hombre se frotó el brazo.
¿Puedo ir mañana con Jacobo de caza, para hablar y ver si recuperamos algo?
Lucía titubeó mirando de uno a otro.
Sí, lo entiendo, asintió Carlos preparándose para marcharse.
Lo tuyo primero.
Perdona
***
Al día siguiente, padre e hijo se levantaron al alba y Jacobo regresó solo pasadas las diez de la noche.
¿Y tu padre?
preguntó Lucía, ya histérica.
Se ha marchado respondió Jacobo serenamente.
¿Cómo que se ha marchado?
¿Así sin decir ni mu?
Bueno, no exactamente negó Jacobo.
Se fue con un jabalí.
Lo metió en el remolque y se fue a entrenar con él.
Ahora tiene nueva estrella para el espectáculo.
Me dejó en la ciudad y se largó.
Ay madre, qué ingenua Lucía se dio un golpecito en la frente.
Voy a llamar a Carlos.
No hace falta, acabo de despedirme de él.
Me acompañó a casa y mañana viene de nuevo.
Pero si te has dejado el móvil en casa, ¿cómo sabía?
Dijo que nos siguió de lejos.
Quería asegurarse de que estábamos bien, mamá, tú y yo.
¿Dijo eso?
Sí.
Y dijo que ahora se ha enganchado a este remolque y que ya no sabe si podrá desengancharse nunca.





