REMOLQUE

EL REMOLQUE
Javier estaba cansado de las fiestas, de las aventuras de una noche, de las citas sin fin; por eso, cuando conoció a Lucía, una mujer sencilla, alegre e inteligente, sintió que por fin había encontrado lo que buscaba.
Fueron juntos a una cafetería en el barrio de Malasaña, escucharon a músicos callejeros en la Plaza Mayor, hablaron de los éxitos profesionales de Javier y de la pasión de Lucía por la poesía contemporánea, y cuando descubrieron que a ambos les gustaba la ensaladilla rusa con manzana, comprendieron que había que ir un paso más allá.
Decidieron acelerar la relación y eligieron la casa de Lucía en Chamberí como escenario.
Ella le invitó a cenar.
Javier se vistió con su mejor camisa, se afeitó, aprendió algunos versos rarísimos de uno de los poetas favoritos de Lucía, compró flores y una botella de Rioja.
Iba camino de la cita exultante y relajado.
Sentía que cualquier gato mimado se moriría de celos con su seguridad.
Todo estaba bajo control y perfectamente planificado, salvo una frase inesperada: Buenas tardes, me llamo Mateo.
Mamá está en la ducha, pasa.
Javier se quedó paralizado.
Una cara cuadrada, mezcla de adolescente y adulto, lo miraba de arriba abajo.
Mateo le ofrecía una mano tan grande que bien podría abarcarle la cabeza entera.
Por un momento, a Javier le pasó por la cabeza que se había equivocado de portal.
Pero entonces Mateo estornudó, apretándose la nariz con los dedos y sin abrir la boca; justo como había hecho Lucía una vez en su cita.
Javier ya no dudó: estaba en el sitio correcto.
Su buen humor se evaporó, el vino tenía otro gusto y hasta las flores parecían ya marchitarse.
Entró en el piso, se agachó para quitarse los zapatos y al ver las deportivas gigantes de Mateo, soltó un suspiro: podía calzárselas encima de sus propios zapatos y aún le estarían grandes.
Lucía apenas llegaba por el pecho a su hijo.
A Javier se le ocurrió, irónicamente, que qué pena que las mujeres no pudieran hacer eso con el oro: le das un anillo y diez años después tienes una alianza.
Reflexionando, siguió hasta la cocina, donde ya estaba puesta la mesa y Mateo cambiaba las cortinas sin necesidad de silla.
Dame cinco minutos y salgo se escuchó desde el baño.
Cinco minutos que se convirtieron en veinticinco.
Al fin, Lucía apareció elegante y reluciente en un vestido de noche.
Al ver la cara de pocos amigos de Javier, comprendió rápidamente la situación.
Toda la magia romántica desapareció de repente.
Sin decir una palabra, sirvió la comida, rellenó las copas y empezó a cenar sin esperar a Javier.
¿Por qué no me dijiste que tenías un hijo?
logró balbucear Javier, herido en su orgullo.
¿Te asusta el remolque?
dijo Lucía con media sonrisa.
¡Eso no es un remolque!
¡Es el camión entero!
Grande, sí.
Es igualito a su padre, que venía de un pueblo perdido de León.
Más alto aún que Mateo.
Cazaba jabalíes a mano limpia.
¿Y ahora, dónde está él?
tragó saliva Javier.
De gira.
Se fue con un oso amaestrado.
Nos dejó para subirse a escenarios.
A veces nos escribe cartas; aunque por la letra, estoy por jurar que las escribe el oso, que tendrá más conciencia que su dueño.
¿Qué edad tiene?
preguntó Javier mirando disimuladamente a Mateo.
Catorce.
Hace poco fue a recoger el DNI.
¿Por la fuerza?
Muy gracioso.
El resto de la cena transcurrió en silencio.
El ambiente era tirante.
¿Puedo repetir carne?
se animó Javier.
¿Te gusta?
La mejor que he probado.
¿Qué es?
Carne de venado.
Mateo es quien la cocina.
Vaya, tiene talento.
Se le da bien.
Lo ha heredado de su padre, junto con un viejo libro de recetas, un juego de cuchillos, varias cañas y una barca que nos encasquetó cuando se marchó.
¿Una barca?
se le hizo la boca agua a Javier.
Sí.
La tenemos en el trastero.
Cuando no está Mateo pescando, claro.
Es fanático.
De pronto, el móvil de Lucía vibró y ella se excusó y salió de la cocina.
“Ya va siendo hora de irme”, pensó Javier.
Allí no tenía nada más que hacer.
Al rato, Lucía regresó, visiblemente nerviosa.
Javier, mira En el trabajo ha habido un accidente.
¿Podrías quedarte con Mateo un par de horas?
¿Yo?
¿Con Mateo?
¿Por qué?
Es menor, y ya sabes cómo está la vida No quisiera dejarlo solo.
¿Temes que lo rapten?
Mira, cambió el tono te pago la tarde perdida y de niñero, y no vuelvo a molestarte nunca más, ¿te parece?
¿Y qué hago con él?
No sé, sois hombres, hablad de vuestras cosas.
Me tengo que ir, de verdad.
Antes de que Javier reaccionase, Lucía ya estaba fuera.
Javier se quedó en la cocina, terminó el vino y la carne, mientras descargaba la batería del móvil.
Lucía no regresaba.
Al pasar frente a la habitación de Mateo, escuchó una música que le resultaba familiar.
“No puede ser”, murmuró y tocó suavemente la puerta.
Está abierta.
Dentro, vio una diana de madera llena de cuchillos y flechas.
Ni un agujero en la pared; el chico nunca fallaba al blanco.
En una mesa reposaba un tocadiscos viejo y, por los altavoces, sonaba suavemente Iron Maiden, el grupo preferido de Javier.
Mateo, agachado en una esquina, preparaba aparejos de pesca.
La habitación era un universo alterno: copas en la estantería, un saco de boxeo colgando del techo y una consola nueva junto al televisor.
No está mal cómo te cuida tu madre silbó Javier, muerto de envidia.
Aquella habitación era el sueño de cualquier adolescente…
y de él mismo.
Trabajo en verano contestó Mateo, y Javier sintió una punzada de vergüenza.
Había supuesto que Lucía tenía que mantener aquel pozo sin fondo, y resulta que el chico era más independiente de lo que parecía.
¿Tienes un cargador de móvil?
preguntó, mostrando el suyo.
Está por la maqueta del tren.
¿De del tren?
balbuceó Javier.
Sólo al girar vio que la habitación albergaba una impresionante maqueta ferroviaria.
Se quedó boquiabierto.
¿La has hecho tú?
Sí.
Poco a poco.
Voy ampliando niveles y puentes.
Hace nada recibí una caja con vías nuevas, pero no he tenido tiempo aún.
Javier sentía cómo se iluminaba su interior, literalmente.
¿Puedo poner a rodar un tren?
Claro.
Dame un minuto.
***
Lucía volvió a la hora.
Estaba segura de que Javier se había largado, así que fue directa al cuarto de su hijo.
Se encontró a los dos entusiasmados, montando vías de tren y disfrutando como críos.
Cuesta saber quién era el mayor.
Javier, es hora de irte susurró Lucía.
¡Ay!
¿Qué hora es?
Las diez y media.
Mañana tengo un madrugón por lo del accidente; necesito descansar.
Le acompañó hasta la puerta, le besó la mejilla y le ofreció un billete de veinte euros.
No acepto dinero de mujeres le devolvió Javier, algo ofendido.
Bueno.
Gracias por cuidar de mi remolque.
Javier sonrió de medio lado y se marchó.
***
Hola, oye me gustaría volver a pasar a verte llamó Javier unos días después.
Estoy hasta arriba en el trabajo, no tengo tiempo para relaciones.
Y nuestra última cita
No, no.
A ver si puedo quedar con Mateo.
¿Con Mateo?
preguntó Lucía, sorprendida.
Sí.
Igual necesita compañía.
Le he comprado un juego nuevo para la consola y podemos estar tranquilos.
Así aprovechas y haces tus cosas.
Bueno vale, pásate por aquí.
Aquella noche Javier llegó totalmente cambiado.
Ni camisa, ni colonia, ni vino ni miradas intensas.
Llevaba una camiseta negra de AC/DC, una mochila llena de patatas fritas y refrescos, y en la cara la sonrisa de un adolescente.
Portaos bien que tengo una reunión por videollamada de dos horas le advirtió Lucía, despeinada y en bata.
Javier asintió y entró en la habitación infantil.
Esa noche Lucía apenas pudo separar a Javier y Mateo, enzarzados en una acalorada discusión sobre Pedro Almodóvar y Guy Ritchie.
Estaban a punto de decidir el asunto a base de ver seis horas de cine, pero Lucía les convenció con sarcasmo y les despidió.
¡No te olvides de comprar cebo para el sábado!
gritó Mateo.
¿Cebo?
miró Lucía a Javier.
Claro, vamos a pescar lucios.
Le he prometido que conozco una tienda buenísima.
Tenía mil años que no iba de pesca.
Menudos amigos.
¿Y conmigo no quieres pasar tiempo?
Puedes venir, puedes cortarnos el jamón.
Ajá, estoy yo para eso.
Bueno, id a pescar, al menos hacéis algo.
Mi trabajo me tiene absorbida.
Mejor así, el chico se entretiene.
***
Pasó un mes.
Lucía, dedicada al trabajo, ni pensaba en el amor.
Javier y Mateo, en cambio, aprovecharon a tope: ampliaron la maqueta de tren, se fueron a por cangrejos, fabricaron limonada según una receta heredada del abuelo de Mateo.
Mateo enseñó a Javier a orientarse por el campo, y Javier le dio lecciones fundamentales sobre cómo invitar a salir a la compañera de clase que le gustaba.
Todo transcurría en armonía, hasta que una tarde llamaron a la puerta con tal fuerza que hasta las lámparas temblaron.
Lucía abrió y un fuerte olor a jabalí la envolvió.
En el umbral estaba su ex marido y padre de Mateo.
He recapacitado dijo de rodillas.
Incluso así, seguía siendo un gigante.
Estoy harto de hacer el payaso, quiero vida de familia.
He ahorrado dinero, os llevo a León conmigo.
Viviremos bien.
Tú dejas el trabajo.
Mateo y yo iremos de pesca y caza.
Vaya, qué humor tienes.
Diez años después y vienes iluminado.
¿Y tu oso también vuelve a casa?
No El oso me traicionó y firmó un contrato con un circo a mis espaldas rezongó el ex marido.
Así que te han dejado solo cruzó los brazos Lucía.
Te han dado plantón.
Eso da igual.
Ahora lo importante es que
No pudo terminar porque apareció Javier, con la camiseta de Lucía puesta.
Lucía, he usado tu camiseta.
La mía se manchó mientras pintábamos el tren
¿Aquí alguien va a terminar una frase alguna vez?
dijo Lucía mirando a todos.
¿Quién es ese?
preguntó el ex, levantando el enorme puño.
Es Lucía se quedó sin palabras.
De la habitación salió Mateo, le hizo una llave a su padre y lo pegó contra la pared.
¡Es el remolque!
espetó Mateo.
¡Mateo!
¡Hijo!
Soy tu padre.
¿Qué remolque ni qué ocho cuartos?
se quejaba el ex mientras medio sonreía.
El remolque que nos ayuda a tirar de todo lo que tú dejaste atrás dijo Mateo.
Pero si yo no os he dejado nada contestó el padre y él mismo comprendió el doble sentido.
Javier y Lucía se apartaron instintivamente.
Era como ver una batalla de titanes.
Está bien, está bien, me rindo se rindió el ex.
Mateo aflojó el brazo.
Sí, eres fuerte.
Me recuerdas a mí a tu edad.
Ya podemos cazar jabalíes juntos.
¿Puedo al menos ir mañana de caza con mi hijo?
Me gustaría hablar, recuperar el tiempo perdido.
Soy su padre, no un cualquiera rogó, mirando a Lucía.
Lucía vaciló, indecisa.
Entiendo, sí Javier asintió y cogió la puerta.
Perdona
***
Al día siguiente, el padre y el hijo salieron temprano.
Por la noche, sólo volvió Mateo.
¿Y tu padre?
preguntó Lucía algo angustiada.
Se ha ido contestó, descalzándose.
¿Cómo que “se ha ido”?
¿Así sin más?
No exactamente.
Se marchó con el jabalí.
Lo ató al remolque y se fue a domarlo.
Encontró nuevo compañero.
Me llevó a casa y se fue.
Dios mío, qué tonta fui dijo Lucía llevándose la mano a la frente.
Voy a llamar a Javier.
No hace falta, me acaba de dejar en casa.
Mañana vendrá a verme.
Pero te dejaste el móvil aquí.
¿Cómo supo dónde recogerte?
Dijo que nos siguió para asegurarse de que estábamos bien, tú y yo.
¿Y eso te dijo?
Eso, y que se había enganchado a nuestro remolque y que ya no cree ser capaz de soltarse jamás.
(A veces, lo mejor que tiene la vida es que, sin buscarlo, llegan personas dispuestas a ayudarte a llevar aquello que otros dejaron atrás.
Lo importante es no tener miedo de aceptar a quienes se quedan y remolcan tu historia contigo.)Lucía no respondió enseguida.
Se sentó al borde de la cama de Mateo, le miró a los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligera.
Cogió el móvil, dudó unos segundos y luego sonrió.
¿Sabes qué?
Esta vez, vamos a invitarle a cenar tú y yo.
Pero nada de formalidades.
Bocadillos, limonada y la mejor tortilla del mundo.
¿La tuya o la de Javier?
preguntó Mateo, arqueando una ceja.
La suya, que le sale mejor y lo sabes admitió Lucía entre risas.
Esa noche, cuando Javier llegó con la maqueta de un tren nuevo bajo el brazo y el corazón abierto, Lucía entendió que el amor, como el remolque de su vida, sólo avanza si cada uno empuja un poco, sin miedo al peso ni vergüenza por las cicatrices.
Y mientras los tres cenaban, con la mesa llena de risas, historietas absurdas y planes improvisados, la vieja barca dormía en el trastero, soñando rutas que aún no habían navegado.
Quizá nunca sean una familia de postal.
Pero ahí estaban: remolcados unos por otros, listos para cualquier aventura.
Porque, después de todo, quien sabe remar no teme a ningún remolque.
Y, cuando miraron por la ventana y vieron las luces de la ciudad titilar, entendieron que lo extraordinario, a veces, sólo requiere quedarse el tiempo suficiente como para echar raíces donde antes solo había huellas.

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