EL REMOLQUE
Álvaro estaba cansado de las fiestas, de las relaciones pasajeras, de las citas interminables, así que cuando conoció a Lucía una chica sencilla, divertida e inteligente supo al instante que era especial.
Salieron a una cafetería, escucharon a músicos callejeros en la Gran Vía, charlaron sobre sus logros profesionales y sobre la pasión de ella por la poesía contemporánea.
Cuando descubrieron que ambos preferían la ensaladilla rusa con manzana en vez de guisantes, supieron que había química y que era hora de avanzar en la relación.
El escenario elegido para consolidar aquel incipiente romance fue el piso de Lucía en Lavapiés, donde ella le invitó a cenar.
Álvaro se puso la mejor camisa, se afeitó, memorizó algunos versos de uno de los poetas favoritos de Lucía, y se presentó con flores y una botella de Rioja bajo el brazo.
El camino hacia la casa de Lucía lo recorría flotando, seguro de sí mismo y relajado, convencido de que iba a ser una noche interesante.
Su confianza era tal que podría competir con cualquier gato que va quince veces al día a comprobar si aún hay comida en el cuenco.
Todo estaba preparado al detalle, o eso creía, hasta que escuchó una voz infantil en la puerta:
Buenas noches, soy Rodrigo.
Mamá está en la ducha, puedes pasar.
Álvaro se quedó clavado.
Frente a él, el rostro cuadrado y serio de un chico que fácilmente podría pasar por adulto, le extendía la mano, una mano tan enorme que podría engullir la cabeza de Álvaro.
Primero pensó que se había equivocado de piso, pero cuando el chico estornudó de manera tan cómica y escandalosa sujetándose la nariz con los dedos, justo como hizo Lucía en la cita Álvaro supo que estaba en el sitio correcto.
Su ánimo empezó a descender a los infiernos, el vino a avinagrarse, las flores a mustiarse.
Entró y, al ver las deportivas de Rodrigo, casi se desmaya: podría ponérselas por encima de sus zapatos y aún quedaban grandes.
Lucía, de bajita que era, ni le llegaba al hijo a la cintura.
Álvaro sonrió, pensando que sería un gran invento poder hacer lo mismo con las joyas: regalarle un anillo y que, diez años después, fuera ya una alianza de oro.
Mientras divagaba, pasó a la cocina, donde ya estaba la mesa puesta y Rodrigo, sin ayuda de silla, cambiando las cortinas.
Cinco minutos y salgo, ¡eh!
gritó Lucía desde la ducha.
Tras una suma interminable de minutos, por fin apareció Lucía, envuelta en un vestido de noche, con maquillaje impecable y el rostro radiante.
Al ver que Álvaro tenía un gesto amargo, lo entendió al instante, y la magia romántica se esfumó.
Sin decir nada, Lucía sirvió la comida, repartió el vino y comenzó a cenar sin esperar a su invitado.
¿Por qué no me dijiste que tenías un hijo?
murmuró, herido, Álvaro.
¿Te ha asustado mi remolque?
bromeó Lucía, esbozando una sonrisa triste.
¿Remolque?
¡Es casi un tren de mercancías!
Vaya, es grande, sí.
Se parece a su padre; era de un pueblo perdido en León.
Más alto aún.
Solía cazar jabalíes a mano limpia.
¿Y dónde está ahora?
tartamudeó Álvaro.
De gira.
Trabaja con aquel mismo jabalí.
Nos dejó por el espectáculo.
A veces escribe, pero su letra es tan desastrosa que parece que el animal escribe por él, y con más conciencia.
¿Cuántos años tiene?
preguntó, señalando la pared.
Catorce.
Le acaban de dar el DNI.
¿A la fuerza?
Muy gracioso.
La cena transcurrió en silencio, las palabras no fluían.
¿Te pongo más carne?
ofreció Álvaro, estirando el plato.
¿Te ha gustado?
Sinceramente, nunca he probado nada igual.
¿Qué es?
Ciervo.
Lo cocina Rodrigo.
¡Vaya, menudo talento!
Se le da de su padre, junto con un viejo recetario, unos cuchillos, cañas de pescar, un bote y alguna cosa más que nos plantó antes de irse.
¿Bote?
tragó saliva Álvaro.
Sí, está en el trastero.
Bueno, está cuando está.
Rodrigo es un pescador empedernido.
Entonces el móvil de Lucía vibró; pidió disculpas y fue a contestar.
“Mejor me voy y no hago más el ridículo”, pensó Álvaro.
Allí nunca iba a encajar.
Álvaro, una cosa…
Lucía reapareció nerviosa en el trabajo ha habido un accidente.
¿Podrías quedarte con Rodrigo un par de horas?
¿Yo?
¿Con Rodrigo?
¿Para qué?
Es menor, Álvaro, nunca se sabe.
Hay cada personaje suelto por aquí
¿Tienes miedo de que se lo lleven sin que te enteres?
En fin, mira cambió de tono Lucía , te pago por el tiempo perdido y por hacer de canguro, y prometo no llamarte jamás, ¿trato?
¿Y qué hago yo con él?
Vosotros sois hombres; hablad de vuestras cosas.
Yo me voy volando.
Antes de protestar, Lucía ya se había marchado.
Álvaro se quedó un rato en la cocina, se acabó el vino, terminó la carne y Lucía no volvía.
Curioseando se acercó a la puerta del cuarto de Rodrigo, de donde salían sonidos extraños.
“No puede ser”, pensó, y llamó.
Adelante.
Al abrir, la habitación infantil le sorprendió.
Una enorme diana de madera llena de cuchillos y flechas.
Ni una sola marca descontrolada: Rodrigo era infalible.
En la mesa, un tocadiscos; sonaba, bajito, aquel grupo británico que tanto le gustaba.
El chico en un rincón, arreglando aparejos de pesca.
Álvaro no pudo evitar mirar el resto de la habitación: trofeos, un saco de boxeo colgado del techo, una flamante consola al lado de la tele.
Tienes el cuarto que yo siempre soñé musitó Álvaro con envidia.
Trabajo en verano contestó Rodrigo, y Álvaro sintió vergüenza de haber prejuzgado: Lucía no estaba buscando a quien pagara los caprichos de su hijo, sino alguien que los entendiera.
¿Tienes cargador de móvil?
preguntó, mostrando su teléfono apagándose.
Ahí, junto al tren señaló Rodrigo.
¿El tren…?
Cuando se volvió, vio una maqueta ferroviaria enorme.
Olvidó respirar.
¿Lo has hecho tú?
Poco a poco, con piezas que voy comprando.
Sueño con hacer varios niveles y puentes.
Estos días llegaron nuevas vías, pero no he tenido tiempo.
Álvaro sentía cómo se le calentaba el alma.
¿Puedo dar una vuelta con el tren?
se atrevió a pedir.
Claro, dame un momento.
***
Lucía volvió al cabo de una hora, convencida de que Álvaro ya se habría marchado.
Se acercó al cuarto de Rodrigo y allí los encontró, montando juntos la vía, sin que pudiese saber quién era más niño de los dos.
Álvaro, ya es hora de irse murmuró Lucía.
Jo, mamá…
¡Uy, perdona!
saltó, sobresaltado Álvaro.
¿Qué hora es?
Las diez y media contestó Lucía, agotada.
Mañana tengo que volver a la oficina, necesito dormir.
Le acompañó hasta la puerta y, antes de dejarle marchar, le ofreció un billete de veinte euros.
No acepto dinero de una dama replicó Álvaro con dignidad.
Gracias por cuidar de mi remolque le sonrió Lucía.
Álvaro le devolvió la sonrisa y se marchó.
***
Hola, mira, me gustaría volver a pasarme por tu casa llamó Álvaro unos días después.
Ahora mismo estoy hasta arriba en el trabajo, no tengo tiempo para relaciones, y además lo del otro día
Pero, ¿puedo ir a ver a Rodrigo?
¿A ver a Rodrigo?
sorprendida, Lucía.
Sí.
Compré un juego nuevo para la Xbox, podríamos echar unas partidas mientras tú descansas.
Bueno vale, vente esta tarde.
Aquella tarde, Álvaro apareció sin camisa ni perfume ni botella de vino ni miradas seductoras.
Llevaba una camiseta negra de su grupo preferido, mochila llena de patatas y refrescos, y en la cara la sonrisa traviesa de un chaval.
Solo os pido que no arméis jaleo; tengo videollamada de trabajo les advirtió Lucía con un albornoz y la cara embadurnada de crema, oliendo a cebolla.
Álvaro asintió y fue directo al cuarto.
Esa noche, Lucía apenas pudo separarlos mientras discutían sobre cine: uno defendía al Almodóvar más atrevido, otro a Tarantino.
Al final, Lucía les convenció de que ambos tenían mal gusto y acompañó a Álvaro a la salida.
¡No olvides comprar cebo para el sábado!
gritó Rodrigo.
¿Qué cebo?
le preguntó Lucía a Álvaro con media sonrisa.
Nos vamos a pescar lucios.
Conozco una tienda donde venden el mejor cebo.
Hace mil años que no pesco.
Vamos, que os habéis hecho amigos.
¿Y no quieres pasar tiempo conmigo?
Vente, puedes prepararnos bocadillos.
Qué remedio.
Al menos así Rodrigo hace algo con alguien bromeó Lucía, mientras los despedía.
***
Pasó un mes.
Lucía se sumergió por completo en el trabajo; la idea de tener tiempo para el amor le parecía lejana.
Mientras tanto, Álvaro y Rodrigo no pararon: ampliaron la maqueta de tren, fueron a pescar cangrejos al embalse, prepararon limonada siguiendo una receta ancestral que Rodrigo había encontrado en un libro legado por su padre.
Rodrigo enseñó a Álvaro a orientarse en el monte, y Álvaro le ayudó con nociones básicas de ligar, animándole a invitar a una chica de la clase de al lado.
Parecían una familia peculiar hasta que, una noche, unos golpes retumbaron en la puerta.
Lucía abrió y el inconfundible olor a caza recién hecha la invadió.
En el umbral, el exmarido padre de Rodrigo se plantó como un roble, arrodillándose (aún así era más alto que ella).
Lo he pensado mucho empezó con voz grave.
Potro y yo estamos hartos del espectáculo.
He ahorrado, os llevo a mi pueblo, dejamos Madrid y vivimos tranquilos.
Tú puedes dejar el trabajo.
Rodrigo y yo saldremos a pescar y a cazar.
Venga, ¿ahora con monólogo?
¿Acaso el jabalí también quiere volver a la familia?
No…
en realidad firmó contrato con una productora a mis espaldas suspiró el hombre.
Te han dejado tirado, claro cruzó los brazos Lucía.
¡Eso no importa!
Por fin voy a ser buen padre y…
En ese momento, Álvaro salió al pasillo, luciendo una camiseta de Lucía.
Lucía, he cogido tu camiseta, que la mía la manché pintando el tren…
En esta casa nadie termina las frases…
protestó Lucía mirando a uno y otro.
¿Y este quién es?
gruñó el exmarido, alzando los puños.
Lucía vaciló.
Entonces Rodrigo apareció como un ciclón, sujetó el brazo del padre y lo inmovilizó contra la pared.
¡Este es el remolque!
le susurró con rabia.
¡Rodrigo!
¡Hijo, que soy tu padre!
intentaba liberarse.
Un remolque que nos ayuda a cargar con todo lo que has dejado soltó Rodrigo.
Pero si no os he dejado nada dijo el hombre, recién consciente de sus palabras.
Álvaro y Lucía, en un rincón, contemplaban la escena absurda y tierna a la vez.
Vale, vale, corten la pelea cedió el padre, soltando el brazo .
Eres fuerte, hijo.
Podemos ir de caza mañana, ¿al menos eso?
¿Hablar un poco, recuperar el tiempo perdido?
Lucía dudó.
Miró a Álvaro, miró a su exmarido.
Lo entiendo murmuró Álvaro, y se retiró.
Perdón…
***
A la mañana siguiente, padre e hijo salieron temprano.
Rodrigo volvió solo al anochecer.
¿Y tu padre?
preguntó Lucía, ansiosa.
Se fue dijo, quitándose las zapatillas.
¿Cómo que se fue tal cual?
No exactamente contestó Rodrigo .
Se llevó al jabalí.
Lo subió al remolque y se fue a entrenarlo para espectáculos.
Me dejó en Madrid y se marchó.
Menuda ingenua soy…
se lamentó Lucía buscano el móvil .
Debo avisar a Álvaro.
No hace falta, le acabo de despedir.
Me trajo a casa y prometió venir mañana.
¿Pero cómo sabía dónde recogerte?
Si te olvidaste el móvil…
Me siguió todo el camino.
Quería asegurarse de que estaba bien y tú también.
¿Te lo dijo así…?
Sí.
Y añadió que ya se ha enganchado a nosotros y que le va a costar mucho soltarse del remolque.
Y así fue: a veces, cargar con el equipaje de los demás termina siendo el mejor viaje de tu vida.



