**La Medicina Contra el Dolor**
Lucía y Fernando se conocieron en la universidad. Ambos vivían en la residencia de estudiantes. Decidieron formar una vida juntos, pero solo después de graduarse. Como suele pasar, la vida modificó sus humildes planes de enamorados. En el último curso, Lucía quedó embarazada.
—Fernando, ¿qué hacemos? —preguntó Lucía, desesperada—. Sabes lo estricta que es mi madre. No quería dejarme venir a estudiar. Casi tuve que rogarle. Le prometí que no me pasaría como a ella, que no tendría un hijo sin estar casada. ¿Y ahora? ¿Cómo vuelvo a casa? Me matará. —Mordió su labio para no derrumbarse.
Fernando también estaba asustado, pero decidió actuar como un hombre y salvaguardar el honor de su amada. Sus padres no le habían puesto condiciones al irse a estudiar a Madrid. Amaba a Lucía, deshecha en lágrimas, así que le propuso casarse. Con los exámenes finales encima, no había tiempo para una boda.
Llamó a sus padres, les confesó la verdad y les anunció que volvería con su título y su esposa. Como era de esperar, protestaron, pero no había vuelta atrás.
Lucía escondía tras la espalda de su marido el abultamiento de su vientre mientras esperaban en el estrecho recibidor de sus suegros. El padre fruncía el ceño; la madre movía la cabeza y los reprendía por precipitarse con el niño, por casarse sin su bendición. “No traerá nada bueno. ¿Así se empieza una vida?” Gruñeron, regañaron, pero al final decidieron ayudarlos. Vendieron su casa de campo, reunieron sus ahorros y les compraron un piso de una habitación.
—Hemos hecho lo que pudimos. Ahora, sigan solos —dijo el padre.
Dos meses después, Lucía dio a luz a una niña.
Fernando trabajaba, pero el dinero nunca alcanzaba. Sus padres ya habían dado todo lo que tenían. Y además, le daba vergüenza seguir pidiéndoles. Un antiguo compañero del instituto le propuso vender ordenadores.
—Es un negocio seguro. Ahora es el momento, todos quieren uno. Tengo contactos con proveedores, puedo arreglarlo. Tú entiendes de tecnología; yo aún estoy aprendiendo. ¡Juntos haremos algo grande! —le insistió.
Los noventa, con sus peligros, habían quedado atrás. Había riesgo, pero era legal, así que Fernando aceptó. Eso sí, tuvo que pedir un préstamo importante para empezar y ser socio a partes iguales.
Compraban equipos defectuosos, pero baratos. Fernando los reparaba, instalaba programas necesarios y los vendía mucho más caros. El negocio prosperó. No solo saldó su deuda, sino que compraron un piso más grande.
La niña creció, era hora de llevarla a la guardería. Y Lucía quería trabajar.
—Quédate en casa, el dinero nos alcanza —refunfuñaba Fernando—. Ya deberíamos pensar en un hijo.
—Déjame descansar un poco. Apenas salí de los pañales. Nunca he trabajado. Y a Alba le vendrá bien jugar con otros niños. ¿Cómo entrará luego al cole? —argumentó Lucía.
Pero en las guarderías públicas no había plazas. Le ofrecieron a Lucía trabajar como auxiliar, y así admitirían a su hija. No lo pensó dos veces.
—¿Con una carrera universitaria haciéndose pasar por cuidadora? No me avergüences —se enfureció Fernando.
—No te enfades. Solo será un año, para que acepten a Alba. Luego buscaré algo mejor. Además, la tendré cerca. ¿No es bueso? —le suplicó Lucía.
Por aquel entonces, el teletrabajo no era común. Internet era lento. Fernando gruñó, pero acabó aceptando.
El negocio prosperaba, despertando envidia en la competencia. Hasta que un día todo se derrumbó. Justo después de comprar una remesa de portátiles, los robaron e intentaron disimular el crimen con un incendio. Perdieron todo el stock y quedaron endeudados.
Su socio se refugió en la bebida. Fernando no podía permitirse eso: tenía familia. Había que devolver el dinero. Podían vender el piso, pero ¿dónde vivirían? ¿Volver arrastrándose a casa de sus padres?
Fernando buscó trabajo. No quería más negocios. El azar, una vez más, lo salvó. Un coche atascado, un empujón, y al mirar en el asiento trasero vio una torre de ordenador. El conductor, al enterarse de que Fernando era informático, le ofreció empleo. Necesitaban a alguien para reparar equipos y configurar programas. Justo lo que él sabía hacer. Aceptó.
Poco a poco pagó sus deudas. La vida mejoró. Su hija creció, pronto terminaría el instituto y entraría en la universidad. Parecía que las desgracias habían quedado atrás.
Hasta aquel día. Fernando llegó tarde del trabajo. Lucía preparaba la cena; Alba escuchaba música con una amiga. Cuando esta se marchó:
—Mamá, la acompaño —gritó Alba desde la entrada.
—¡No tardes! —alcanzó a decir Lucía antes de que la puerta se cerrara.
Apagó el fuego y se sentó frente al televisor. Quedó absorta en una película, sin darse cuenta del tiempo, hasta que llegó Fernando.
—¿Por qué tan silencioso? ¿Está Alba en su cuarto? —preguntó, frotándose las manos heladas—. Ha empezado a helar de repente.
Entonces Lucía recordó que su hija había salido. ¿Cuánto había pasado? ¿Veinte minutos, media hora? Debía haber vuelto. La amiga vivía en la calle de al lado. Lucía corrió a la habitación de Alba. Vacía. Llamó a su amiga.
—¿Alba no ha vuelto? Nos despedimos hace veinte minutos —respondió la chica, confundida.
Algo terrible había pasado. Lucía se culpaba. ¿Por qué la dejó ir? Debía haber ido con ella. Corría por la casa, histérica, queriendo salir a buscarla. Los padres de la amiga llamaron, ofreciéndose a ayudar. Fernando no dejó que su mujer saliera, la obligó a quedarse junto al teléfono. Pero ella apenas servía de ayuda. Cada vez que preguntaban en un hospital si había ingresado una joven, rompía a llorar.
—Sí, hace una hora llegó una chica sin documentos —respondieron en uno.
Lucía sollozó sin control.
—Está viva. ¡Deja de llorar! Vamos —le espetó Fernando.
Alba seguía con vida, pero en coma. Los médicos no daban pronósticos. Lucía no salía de la habitación, suplicando a su hija que despertara. Pero el milagro no llegó. Al tercer día, las heridas en su cabeza le arrebataron la vida.
Era uno de esos días grises de noviembre, con lluvia mezclada con nieve húmeda. Pero aquella noche, el frío se volvió repentino. Alba ya regresaba a casa cuando un coche con neumáticos de verano patinó en una curva. Su grito se ahogó en el chirrido de frenos. El conductor perdió el control. Una serie de circunstancias terribles.
Fernando se mantenía fuerte, aunque la pérdida lo destrozaba. Pero Lucía… Temía que no lo soportara, que enloqueciera o siguiera a su hija. Tras el funeral, iba al cementerio casi a diario, en silencio, hundida en sí misma. En casa, se quedaba mirando al vacío, entre lloros e ira, culpando a Fernando.
—Si no fuera por tu maldito negocio que quebró, por tus deudas, habría tenido otro hijo… —gritaba, olvidando que fue él quien insistió en ello.
Sabía que debía hacer algo. Salvarla antes de—Un día, mientras acariciaba a Tosco, el gato, entre lágrimas y risas, Lucía susurró: “Tal vez la vida no es más que aprender a dejar ir, pero también aprender a abrazar lo que queda”, y Fernando, al escucharla, supo que por fin comenzaban a sanar.







