Volvió después de un año
Cuando salí al rellano para tirar la basura, seguía ahí mismo, justo en la puerta. Mi Rufián. Pelirrojo, elegante, con su chaleco blanco en el pecho y esa mirada de gato perezoso y sarcástico. Como si no fuera él, hacía apenas unas horas, quien irrumpió en la cocina y tiró la tapa de la cazuela. Le hice un gesto ni se dignó mover una oreja.
Al volver, la alfombrilla ya estaba vacía.
En ese momento no me alarmé. Bueno, quién sabe igual había bajado a otro piso, tumbado frente a otra puerta, como había hecho algunas veces. Le llamé. Bajé y subí por las plantas. Revisé los tramos de la escalera. Salí al patio. Nada.
Rufián nunca se alejaba mucho. Tenía una rutina muy marcada: portal, banco junto a la entrada, maceta de hierba gatera y a casa. No le llamaban ni los coches, ni las palomas, ni siquiera otros gatos. Era un filósofo. Y, de repente, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Al atardecer ya me había recorrido todo el patio. Llamando, silbando, agitando el paquete de comida (me sentía de lo más ridícula). Pero no respondió nadie. Solo los vecinos mayores intercambiaban miradas de lástima:
¿Todavía no aparece?
Ya lleva un día fuera.
Bah, los gatos… ya sabes, van a su bola…
No. Él no era un gato más. Era de casa. De los nuestros. En siete años, nunca había desaparecido así.
Al tercer día comencé a colgar carteles. En todos foto de Rufián: en la ventana, hecho una rosquilla, mirando a cámara con esa cara de aquí mando yo. Me llamaron. Preguntaron. Un señor aseguraba haber visto uno parecido en el mercadillo de otro barrio. Allí que fui. Una hora perdida. Era un perro. Pelirrojo, sí. Pero no mi Rufián.
A la semana me dijeron que en el bloque se veían chavales raros. Uno incluso preguntó de quién era el gato tan manso del quinto: “tan sociable, tranquilito, seguro que de raza y caro…”
¿Tú crees que se lo han llevado?
Tiene toda la pinta respondí. Y por primera vez, no pude contener el llanto.
Pasó un mes. Y otro. Yo hacía lo posible por pensar en otra cosa: trabajar, salir, escuchar cómo se cerraban puertas y repicaban tacones en el pasillo. El corazón se encogía cada vez ¿y si era él? Pero nunca.
El cuenco lo guardé al poco. Pero la manta se quedó. La lavaba, la tendía, la volvía a colocar. Por si acaso. Quién sabe…
Una amiga me apareció un día con un gatito. Gris ratón, vivaracho y no callado nunca.
Así no puedes seguir, como una viuda enlutada dijo ella.
Dejé que se quedara el micifuz. Lo llamé Pelusa. Era travieso, adorable, un terremoto. Pero no era Rufián. Cada vez que le acariciaba, algo dentro, ahí en el pecho, se me encogía. No por él. Sino porque el recuerdo de Rufián seguía ahí, en carne viva.
Pasó casi un año. Invierno. Frío de pelar, nieve hasta media pierna, las aceras resbaladizas. Yo volvía del trabajo, cargada como un mulo, maldiciendo por las escaleras resbaladizas y por volver a olvidarme el té. Y de repente un ruido leve, un rasguño apenas perceptible, casi un suspiro.
Me quedé de piedra. Avancé hasta la puerta. Abrí.
Allí estaba.
En la alfombrilla, sentado, Rufián. Flaco, sucio, con las orejas heladas, las patas temblando. Y esos ojos… la misma mirada de siempre. Pero como diciendo: ¿Y tú? ¿Dónde te metías todo este tiempo?
No me lo creía. Me agaché. Le tendí la mano.
¿Rufián…?
Ni un solo maullido. Solo se acercó lento, lento, y me rozó la palma con la frente.
Lloré. Allí mismo, en el rellano, con la bolsa del pan y el abrigo puesto. Las lágrimas caían solas. Y él, restregándose, como si tampoco se creyera aún que estaba en casa.
Lo metí dentro. Agua calentita, baño, comida. Comió como quien no ha visto plato en su vida, y luego, directo al sillón, hecho un ovillo, a dormir como si nada.
Después fuimos al veterinario. Cola congelada, hubo que amputar la punta. Un par de dientes rotos. Flaco perdido. Lleno de marcas. Pero ahí seguía ¡vivo!
A este gato lo han tenido encerrado, seguro dijo el veterinario . Muy sociable, pero con pinta de haber pasado lo suyo. Lo más probable es que lo robaran. Y luego lo tiraron, o se escapó. Pero ha encontrado el camino de vuelta.
Ha vuelto él solito
Rara vez pasa, pero ocurre. Tienen olfato, memoria… Son más listos de lo que creemos.
Desde entonces sólo duerme en mi cama. De la manta que le guardé, ni caso. Ni asoma por la puerta. Al principio miraba mal a Pelusa, pero ya se aceptan. Ahora comparten cuenco, y se lavan uno a otro, como buenos hermanos.
A veces pienso: ¿y si no hubiera abierto la puerta ese día? ¿Y si hubiera llegado más tarde?
Pero él esperó. Solo. Casi un año. Machacado, famélico, pero vivo.
Ahora, cada vez que salgo siquiera a por el pan, reviso dos veces ¿la puerta? Bien cerrada.
Siempre.
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