Regresó al amanecer con el sabor del pasado en los labios.

**Diario Personal**

Regresé a casa cuando el alba rozaba el horizonte. En mis labios quedaba el sabor del pasado.

Javier llegó al umbral casi al amanecer. Había estado fuera toda la noche. En el recibidor lo esperaba Lucía, pálida, con los ojos hinchados de llorar, envuelta en su camisón y descalza.

—¿Por qué no llamaste? —su voz temblaba como una cuerda tensa.

—No pude… Perdóname —respondió él en un susurro, evitando su mirada. Entró en la cocina, puso la cafetera sin pensar, añadió el café molido y el agua.

No sabía por dónde empezar. ¿Qué decirle? ¿Cómo explicar que una sola noche lo había cambiado por dentro? ¿Lo entendería Lucía? ¿Le creería?

Ella se sentó frente a él, en silencio, sin reproches. Solo esperaba.

Javier sacó del bolsillo un trozo de papel doblado con cuidado y lo desplegó. Bastó una mirada de su esposa para que lo comprendiera todo. Un nombre. Una sola palabra: «Elena». Y todo cobró sentido.

Tres años atrás. Todo comenzó un viernes cualquiera.

La semana laboral había terminado, y Javier Martín, jefe del departamento de ingeniería en una constructora, cerró la puerta de su oficina con alivio. Olía a primavera y a esperanza. Soñaba con una cena tranquila, con las risas de sus hijos, con planes para la casa de campo junto a Lucía, su esposa. Todo era como siempre. Hasta que un simple vistazo lo cambió todo.

La vio.

Quince años sin contacto, y la reconoció al instante. Elena. Su primer amor. Aquella que una vez le hizo arder el pecho, le cortó la voz y le heló las manos.

Recordó: tercero de la ESO, sus rizos dorados, sus sonrisas tímidas, sus miradas fugaces. La primera confesión. Tres años de amistad, un beso en la graduación, la promesa de estar juntos… Y luego, el adiós frío: «Me caso. Nuestra infancia quedó atrás».

Sufrió, pero la vida siguió. Llegó Lucía. Sólida, serena. Con ella construyó una familia, nacieron sus hijos, llegaron las rutinas y los días tranquilos.

Pero ese reencuentro… Se quedaron frente a frente en la Gran Vía. Elena hablaba de un congreso científico, de un sábado en la ciudad donde crecieron. Él asentía, pero no escuchaba sus palabras, solo el latido de su propio corazón.

En la cafetería, pasado y presente se mezclaron. Elena era exitosa, hermosa, casada. Sin hijos aún, pero con todo por delante. Reía, le tocaba el brazo, y él olvidaba quién era, dónde estaba y a quién debía llamar.

Luego vino la habitación de hotel. El champán. La nostalgia agridulce. Esa noche, volvió a ser aquel chico enamorado. Besó su pelo, murmuró lo que nunca se atrevió a decir en su juventud. Elena repetía: «Nunca te olvidé».

Pero el amanecer llegó como una sentencia. En la estación, ella lloró; él calló. En el tren, le dejó un número—en un trozo de papel arrugado. Y desapareció.

Javier volvió a casa. Al amanecer. Culpable, perdido. Los niños salieron de sus habitaciones, inquietos, callados. Ni siquiera encontró palabras. Solo musitó:

—Perdonadme…

En la cocina, el silencio habitual. Lucía lo miraba en silencio, como si escuchara sus propios pensamientos. Él sacó el papel. Ella vio el nombre. Su voz se quebró:

—Así que, Javier… ¿Quieres volver a eso? ¿A tu infancia?

Recordó cuando, años atrás, le había contado esa historia de amor adolescente, tumbados en el césped bajo el cielo de la sierra. Ella se rio entonces, pero no lo olvidó.

Se acercó a la ventana, miró la ciudad un largo rato. Después, rompió el papel con el número y lo tiró. Se acercó a su esposa, la abrazó y susurró:

—Perdóname. Nunca más. Te lo juro.

Ella no lo rechazó, pero tampoco se acurrucó contra él.

—Se acabó, Javier. La juventud terminó. Resuelve tus sentimientos. Yo resolveré los míos.

Pasó un mes. Vivían bajo el mismo techo, pero separados. Él dormía en el sofá. Una atmósfera opresiva llenaba la casa. Los niños susurraban, como si hubiera ocurrido una tragedia. Y lo era. No era la muerte, sino la confianza perdida.

Pero una mañana, Lucía dejó una taza de café junto a su mano. Y en ese instante, algo cambió. Sin palabras. Sin explicaciones. Simplemente, volvió.

Ella lo ayudó a superar la vergüenza. Lo trajo de vuelta al presente. A su familia.

Con Elena no volvió a cruzarse. Y no quiso hacerlo. Los recuerdos llegaban en silencio, con una dulce melancolía, pero sin dolor. Todo pasó. Solo quedó un poso. Ligero, amargo. Como el café de la mañana, bebido en soledad.

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Regresó al amanecer con el sabor del pasado en los labios.