María aullaba de alegría — por fin tenía su propio piso. Ni un cuarto en una pensión, ni un rincón en casa de una casera gruñona, sino un auténtico piso de dos habitaciones en un barrio residencial de Zaragoza. Sin vecinas como Luisa María, que cortaban la luz a las once y gritaban tras la puerta para que “no gastara tanta agua”. Sin señoras vigilando cada paso suyo. Solo ella y su respiración libre de adulta.
Sus padres la ayudaron a comprarlo, vendiendo el viejo piso de su difunta tía. María lo reformó, lo amuebló a su gusto e invitó a su amiga Lucía a celebrarlo. Estuvieron riendo, tomando té con bizcocho. Después, María decidió acompañar a Lucía a la salida. Abrieron la puerta, salieron al rellano — y entonces, en el descansillo de las escaleras, vieron a una mujer. Estaba sentada en un peldaño, comiendo un bocadillo con cuidado, con una bolsa raída a su lado.
—Disculpe, ¿quién es usted? —preguntó María, sorprendida.
La mujer se turbó, tragó.
—Yo… soy Carmen González. Vivía aquí antes. Su piso… ¿no era el mío?
María la reconoció —sí, era la mujer que había vendido el piso unos meses atrás.
—¿Qué hace aquí?
—Verán, chicas… —los ojos de Carmen se llenaron de lágrimas—. No tengo adónde ir.
Las amigas se miraron. Carmen rompió a llorar y lo contó todo.
Tras su divorcio, había criado sola a su hijo, Javier. Todo para él, todo por él. Se hizo un hombre bueno, serio, trabajador. Estudió, encontró empleo, se casó con una chica enérgica, Marta. Al principio, todo iba bien. Se mudaron al piso de tres habitaciones de Javier, y a Carmen la dejaron sola. Luego nació el nieto, Pablo. Después, Sofía. Y unos años después, Marta y Javier le propusieron: “Vende tu piso, vente con nosotros. Será más fácil. Total, siempre estás con los niños”.
Ella accedió. La mitad iría a una cuenta para ella, la otra mitad para ellos. Pero el dinero nunca llegó.
Vivir con la joven familia era insoportable. Los niños, de mañana a noche. Marta al trabajo, Javier a la oficina. Cocinar, limpiar, lavar, cuidar —todo caía sobre ella. Pero no podía educarlos —solo callar, alimentarlos y aguantar. Ni una palabra de más.
Cuando se quejó de su salud, Javier solo dijo: “Mamá, pero si lo llevas bien. Los niños están bien, Marta está contenta, yo puedo trabajar tranquilo. Es una suerte vivir todos juntos”.
Carmen se cansaba hasta llorar. Una vez, cuando la familia se fue a la playa, ella dijo que visitaría a una amiga, pero en realidad vagó por la ciudad, durmiendo en bancos junto al río. Y ese día, sin saber por qué, volvió a su antigua casa.
—Hasta pensé… quedarme a dormir en la azotea —dijo, desolada.
María y Lucía no pudieron contenerse.
—¡Esto no puede ser! —se indignó Lucía—. No está sola. Venga con nosotras, se queda en casa de María.
—No quiero molestar… —balbuceó Carmen.
—¡Nada de molestias! —dijo María.
En casa, con otro té, Lucía —abogada de profesión— preguntó con tacto: ¿dónde estaba el dinero de la venta?
—Javi dijo que pondría la mitad en un depósito… —susurró Carmen.
—Con eso puede comprarse un estudio —afirmó Lucía—. Nosotras la ayudaremos.
Un mes después, Carmen se mudó a un piso pequeño, pero suyo. En el mismo edificio, solo otro piso. Lo que Lucía le dijo exactamente a Javier… nadie lo supo. Pero él pagó.
Marta dejó de hablar con la abuela. Los nietos la visitaban por turnos —solos.
Y Carmen volvió a sonreír. Con María, hizo amistad, iban a teatros y exposiciones.
—Esto he aprendido —dijo Lucía un día—. La vejez hay que vivirla en tu propia casa. Si no, puedes perder hasta el techo.
María asintió:
—Y lo más importante: no callarse cuando te arrinconan.







