Lucía está sentada en la cocina, mirando fijamente el anillo con una piedra pequeña que le regaló Víctor hace poco. “Porque sí”, como siempre. Antes, esos detalles le hacían latir el corazón; ahora solo le provocan una tristeza muda. No hay nada peor que vivir con alguien a quien no amas…
Con Víctor se conocieron en la universidad. Era “ese amigo” —fiel, tranquilo, amable—. Siempre presente, siempre dispuesto a ayudar. Lucía nunca lo tomó en serio hasta que él empezó a insistir. Con paciencia, durante meses. Incluso se burlaba de él al hablar con sus amigas.
Pero él no se rendía.
Al final, empezaron a salir. Luego se mudó con ella. Todo ocurrió como por inercia. Pero los sentimientos verdaderos nunca despertaron.
Víctor parecía feliz. Le preparaba manzanilla, lavaba los platos, planchaba sus vestidos. Y Lucía se irritaba hasta por su respiración. Le parecía débil, sin carácter, aburrido.
Sus amigas decían que tenía suerte, que hombres así había que cuidarlos. Pero a sus espaldas murmuraban: Lucía no lo merecía, era fría, cínica.
Y él seguía aguantando. Incluso cuando ella coqueteaba con sus compañeros de trabajo. Incluso cuando lo rechazaba. Incluso cuando un día le soltó: “No esperes nada de mí. Me voy. Estoy harta”.
Él se quedó en la puerta, pálido, con la mirada apagada. Y no la detuvo.
Dos semanas después, Lucía conoció a Adrián —atrevido, carismático—. Se vieron en un bar, donde ella, algo bebida, hacía el payaso en la barra. Él se sentó a su lado y, sin más, dijo: “En un año lamentarás haber dejado al que te amaba”.
Lucía se rió.
Con Adrián todo fue como en una película: cenas elegantes, noches sin dormir, regalos caros. Hasta que empezaron las miradas frías, los reproches por su risa fuerte, las quejas sobre su ropa. Luego, una infidelidad. Y ni siquiera se disculpó:
—¿Qué esperabas? Nunca te prometí nada.
Lucía salió a la calle bajo la lluvia. Intentó llamar a Víctor. Pero al final no marcó.
En casa, sacó fotos viejas —ellos dos, felices. Él le rodeaba los hombros, y ella lo miraba con ojos enamorados. ¿O fingía estarlo?
Días después, tuvo una crisis nerviosa. El corazón no aguantó más. En el hospital, por primera vez, vio en los ojos de Víctor indiferencia, no amor.
—¿Por qué viniste? —susurró.
—No lo sé. Por costumbre.
Y se fue. Dejó las manzanillas —las que a ella antes le gustaban más que las rosas.
—¿Por qué temías ser amada? —preguntó la psicóloga.
Lucía sollozó:
—Porque es un riesgo. Porque todos los que me quisieron terminaron yéndose. Mi padre desapareció cuando tenía siete años. Mi madre me dijo: “No confíes en nadie”. Lo intenté. Me escondí tras el cinismo, la ironía. Pero Víctor consiguió traspasarlo…
Lloró. Lloró en silencio, como permitiéndose sentir.
—¿Quieres recuperarlo?
—Más que nada en el mundo. Pero él no quiere verme. Y entiendo por qué.
Pasaron dos años.
Lucía vio a Víctor en una cafetería. Estaba junto a la ventana, hojeando la carta, marcando con los dedos un ritmo que ella reconocía. Se acercó.
—Hola. ¿Puedo sentarme?
Él asintió. Callado. La observaba con atención.
—No espero que me perdones. Solo quería darte las gracias. Por cómo fuiste. Y perdóname por no saber amar.
Lucía se levantó y se marchó.
Una semana después, él le escribió: «Vamos a intentarlo de nuevo. Pero despacio».
Ahora no viven juntos. Salen, ríen, callan. Aprenden a confiar de nuevo.
En su nevera cuelga un imán con una frase: “Si tienes frío, da calor”.
Y cada “despacio” es un paso hacia adelante. Un paso hacia ese lugar donde, tal vez, vuelvas a sentir que te aman. Y que tú también eres capaz de amar.




