**Diario de Lucía**
Todo parecía ir sobre ruedas hasta que los padres de Javier anunciaron su “gran regalo”: un piso en el centro de Madrid. Javier estaba eufórico, con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Siempre he soñado con vivir en el centro! ¡Y al fin se ha cumplido!
Yo sonreí, aunque sin mucho convencimiento. Vivir en el centro era prestigioso, sí, pero sin parques, sin zonas verdes… Cuando piensas en el futuro, sobre todo en los niños, lo que importa no es la fachada, sino lo que hay alrededor. Pero Javier solo veía el edificio. Y no solo en el sentido literal.
Compraron el piso antes de la boda. Ni siquiera me opuse; era su dinero y, al fin y al cabo, su decisión. No soy de las que reclaman lo ajeno. Además, habíamos hablado: esto sería temporal. Después, cuando ahorrásemos, compraríamos una casa juntos. Nuestra casa. Para nuestra familia. En igualdad de condiciones.
Pero aquel día, en la primera “celebración” en el piso, todo empezó a torcerse.
**Sueños y realidades: el primer golpe**
Las familias se reunieron en el nuevo piso. Javier y sus padres radiaban felicidad, los brindis no paraban. Yo callaba, intentando ocultar lo incómoda que me sentía con todo este alboroto por “el regalo”. Y entonces, el padre de Javier soltó, con voz alta:
—Claro, nosotros ya hemos gastado bastante. Así que lo justo sería que los padres de la novia pagasen la boda. ¡Al fin y al cabo, nosotros les hemos dado un techo!
El silencio se hizo pesado. Javier no dijo nada. Mi madre, Carmen Serrano, esbozó una sonrisa fría. Mi padre, simplemente, asintió.
—No hay problema. Nosotros también teníamos pensado dar algo. Nuestro regalo no será menos digno.
Al día siguiente, supe que mis padres y mi padrastro me regalarían… un piso. Justo donde yo soñaba: cerca de un parque, con colegios, con tranquilidad. Espacioso, luminoso, no en el centro, pero perfecto para vivir. Y además, un automóvil. Un detalle de mis abuelos. Yo también puse parte de mis ahorros, no por avaricia, sino por equidad.
**Segunda celebración: donde está la verdad, está el hogar**
Dos semanas después, invité a todos —padres, parejas, Javier y su familia— a una nueva reunión. En mi piso.
—¿Y esto? —preguntó Javier, desconcertado.
—Mis padres me lo han regalado por la boda. Un piso donde siempre quise vivir. En un barrio pensado para familias, no solo para presumir de vistas —respondí con calma.
Las caras de mis suegros se ensombrecieron.
—¡Nosotros ya dimos un regalo! —protestó Ana María, la madre de Javier—. Esto ya es demasiado.
—¿Demasiado? —replicó mi madre—. Solo hemos igualado las cosas. Vosotros disteis un piso a Javier, nosotros a Lucía. Todo justo. A partes iguales.
—¡Y además, un coche! —añadió mi abuela, dejando las llaves sobre la mesa—. Nada modesta, sino bueno. Para que mi nieta no carezca de nada.
Javier me agarró del brazo y me arrastró a la cocina.
**La discusión que lo cambió todo**
—¿Qué demonios has hecho? Si tus padres querían ayudar, podían habernos dado el dinero para la casa, ¡no dejarme en ridículo!
—No he dejado a nadie en ridículo. Mis familiares me han hecho un regalo, igual que los tuyos a ti.
—¡Me da vergüenza! —gritó—. ¡Me has humillado, como si yo valiera menos que tú!
—No, Javier. Solo he aceptado lo que me han dado, igual que tú. La diferencia es que yo no exijo que todo se ajuste a mis caprichos.
—¿Y el coche? ¿Yo con mi viejo cacharro y tú con uno nuevo?
—¿Quieres competir conmigo, Javier? Debemos ser compañeros, no rivales. ¿O para ti el matrimonio es una lucha de ego?
—¡Eres una desagradecida! —rugió—. ¡Me has avergonzado delante de mis padres!
Lo miré fijamente, con una mezcla de tristeza y firmeza.
—No, Javier. Tú mismo te has avergonzado al creer que tu opinión es la única que cuenta. Que yo debo callarme y estar agradecida por algo que ni siquiera me preguntaron.
Salió de la cocina. En el salón, las voces se alzaban:
—¡El hombre debe ser el cabeza de familia! —gritaba el padre de Javier.
—Lo más importante es el respeto —respondió mi padrastro, Jaime.
Di una palmada.
—¡Basta! Quien quiera irse, que se vaya. Los demás, seguimos celebrando. Porque la vida no es un mercado, sino felicidad. Y la felicidad está donde hay respeto.
**Después de la boda que nunca fue**
Javier se fue. Mi suegra salió dando un portazo. Yo me quedé. En mi piso. Con mi familia, con el cordero en el horno y un nudo en el corazón, pero con la mente clara.
Aquel día entendí una cosa: si alguien se molesta porque tú también tienes algo, es porque nunca planeó estar a tu altura. Le convenía que estuvieras por debajo.
No hubo boda. Javier intentó volver, primero con reproches, luego con súplicas. Pero ya era tarde.
Yo me fui de vacaciones. Sola, en mi coche nuevo. Al pueblo de mi abuela. Donde hay verde, paz y donde siempre me esperan.
¿Me arrepentí de no casarme con Javier? Al principio, sí. Después, comprendí: es mejor quedarse sola que vivir con alguien que, desde el primer día, se cree superior.
Y, ¿sabéis qué?
Aquella fue la mejor celebración de mi vida.







