Regalo retrasado: cómo casi perdió la compostura

**El regalo tardío: cómo Raquel casi pierde la dignidad**

Raquel Martínez llevaba todo el día con los nervios de punta; era la boda de su hijo. Todo tenía que ser perfecto: el banquete en el mejor restaurante de Madrid, fotógrafos, música en vivo, camareros y champán. Su pequeño Álvaro, su orgullo, se casaba. Pero, ¿con quién? Con una chica de provincias, de pasado dudoso. Vaya por Dios, la acogió, la ayudó, y ahora la metía en su casa. Raquel lo tuvo claro desde el principio: esa Laura solo quería su piso.

Cuando los recién casados entraron en el salón, todos se levantaron. Raquel y su marido, Gregorio Sánchez, se acercaron con solemnidad y entregaron un sobre abultado con billetes. Todo de primera categoría. Después, llegaron los padres de la novia. Pero… no llevaban nada en las manos. Raquel entrecerró los ojos y susurró al oído de su marido con sorna:

—¿Qué se puede esperar de ellos? Pueblo pequeño.

Sin embargo, en ese momento, el padre de Laura, Antonio Herrera, sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña caja. La abrió. Dentro había unas llaves. La voz de Antonio fue firme y serena:

—Queridos hijos, que vuestra casa esté siempre llena de luz y amor. Y para que tengáis un verdadero hogar, aquí tenéis las llaves de un piso en el centro de Madrid. Es vuestro.

Silencio. Luego, el salón estalló en aplausos. Solo Raquel palideció como el papel. Sentía cómo le temblaban los dedos. ¡Imposible! ¿Esos “paletos”? ¿Un piso en la capital?

De pronto, la invadió la vergüenza. Vergüenza por sus burlas, por sus miradas despectivas, por ese estúpido contrato prenupcial que casi obligó a firmar. Vergüenza por no haber querido saber quién era Laura en realidad. Porque, al final, esa “chica de pueblo” era hija de los dueños de una gran empresa láctea, dirigía un departamento en una compañía importante y era mil veces más inteligente y decente de lo que Raquel había imaginado.

Todo empezó con simples sospechas.

—Hijo, ella no es para ti —decía Raquel a Álvaro—. Solo quiere nuestro piso. Mira cómo se pega a ti.

—Mamá, basta. Nos queremos. Ella es verdadera, es buena.

Pero Raquel no cedía. Llamó a su marido, le pidió que interviniera. Él se limitó a decir: “Que decida él, ya es mayor”. Llamó al amigo de la familia, Luis, que trabajaba con Álvaro y, como descubrió, también con Laura. Él defendió a la pareja:

—Laura es brillante. Una gran profesional y mejor persona. Alégrate de que tu hijo tenga una novia así.

Raquel no se dio por vencida. Entonces ideó otro plan: el chantaje.

—¿Queréis casaros? Pues firmad un contrato prenupcial. El piso es nuestro, y punto. Y no viviréis con nosotros, buscados vuestro sitio.

Laura aceptó con calma:

—Como quieras, si así te sientes más tranquila.

Raquel la miró con recelo: “Qué astuta… Acepta tan fácil… Algo no cuadra”.

Organizó la boda al detalle. Quería que todos vieran que su hijo merecía lo mejor. Pero demasiado tarde entendió quién era realmente “lo mejor”. Mientras ella presumía en la reunión de sus “influyentes” parientes, la madre de Laura, una mujer modesta y amable, solo sonreía.

Pero al oír lo del contrato, no pudo contenerse:

—Laurita, cariño… La familia no se basa en contratos, sino en confianza. Si empezamos así, ¿para qué casarse?

Laura la tranquilizó. Y Raquel, en el fondo, sintió que estaba perdiendo.

Ahora, en plena celebración, estaba rodeada de cientos de miradas, sin saber dónde esconderse. Su “humilde” nuera era heredera de un negocio. Sus padres no eran “pueblerinos”, sino empresarios respetados. Y lo más doloroso: habían dado más de lo que ella podía permitirse. Las rodillas le flaqueaban. Quería desaparecer.

Desde ese momento, apenas participó. Se quedó sentada, moviendo el tenedor sin ganas. Todo su castillo de orgullo y prejuicios se había derrumbado. Solo quedaban vacío y remordimiento.

Pero lo peor era ver a Álvaro mirándola de otra manera. Sus ojos ya no brillaban con confianza. Lo había entendido todo.

Raquel también lo entendió. Demasiado tarde.

*Lección: el prejuicio es el peor regalo que podemos hacernos. A veces, la humildad llega cuando ya no hay vuelta atrás.*.

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