Fuimos juntos, Covadonga. Aquella última escapada a Valladolid. Fue… una tontería.
Bebimos después de la presentación y yo… No supe parar, Cova…
¿Y me lo cuentas así, sin más? la voz de Covadonga era un hilo quebrado por el asombro. ¿Te acabas de confesar de una infidelidad, Alberto?
No puedo guardármelo más él bajó la cabeza, los hombros caídos. Perdóname, Cova, por favor. Te juro que no volverá a pasar jamás. Lo he comprendido todo…
Con delicadeza, Covadonga dejó la copa de vino en la mesa. Su vida se estaba desplomando como un edificio en ruinas.
***
Aquella mañana comenzó con la rutina de siempre: Covadonga removía la leche con cacao en el cazo para el pequeño y, a la vez, trataba de trenzar el pelo de la pequeña Lucía, que tenía siete años.
¡Ay, mamá, me haces daño! chilló Lucía, girando bruscamente la cabeza.
Perdona, corazón, que tengo prisa. ¿Dónde está vuestro padre? ¡Al final va a llegar tarde!
Alberto salió del baño, abrochándose la camisa; su cara era la de alguien al que le estorba la luz del día.
¿Hay café? preguntó sin mirarla.
En la cafetera. Sírvete tú, que tengo las manos ocupadas.
Sirvió el café y bebió de pie, mirando al patio interior, donde el barrendero arrastraba hojas sin ganas, como en una película a blanco y negro sin argumento.
Ni un beso en la mejilla, ni un ¿qué tal has dormido?. Hacía años que sus vidas transcurrían a kilómetros de distancia, aunque compartiesen mesa.
Covadonga era contable en una sucursal importante de El Corte Inglés diez años de matrimonio, un piso amplio en el Ensanche (aún con hipoteca), un monovolumen flamante. Los niños sanos. ¿Qué más pedir? Sin embargo…
Le faltaba aire. Le faltaba aquel marido antiguo, que bajaba en mitad de la noche a por helado o la abrazaba tan fuerte que casi le rompía las costillas.
A eso de las dos de la tarde, el móvil vibró sobre la mesa.
“¿Te apetece restaurante esta noche? Hace siglos que no salimos. No te preocupes por los niños, hablé con mi hermana, Cruz, y se quedan a dormir con sus primos”.
Covadonga leyó el mensaje tres veces. El corazón le dio un salto adolescente.
Madre mía… susurró. ¿Se habrá dado cuenta al fin?
El resto del día flotó entre nubes. Se escapó del trabajo una hora antes, apareció en casa buscando el vestido adecuado con manos temblorosas.
Eligió el azul marino de seda, el que resaltaba su figura. Un poco más de máscara, un leve toque de perfume tras las orejas.
Se miró en el espejo: aún era una mujer capaz de gustar a su marido.
El restaurante, cálido de luces y candelabros, le sonaba a otro mundo. Ella llegó cuando Alberto ya estaba sentado, impecable, con la cara recién afeitada como quien estrena piel.
Él se levantó al verla, y sus ojos brillaron extraños: ¿admiración? ¿compasión? No supo leerlo.
Estás preciosa, Cova dijo, tirando de la silla para acercársela.
Gracias. Me sorprende la invitación. ¿Qué celebramos?
¿Celebramos…? Nada en concreto. Pensaba que casi ni hablamos ya. Parecemos vecinos, de verdad.
Eso mismo pienso yo suspiró, probando el vino de la casa. El trabajo, los niños, la rutina maldita…
Como una noria Alberto jugueteó con el cuchillo. Corro y corro sin saber para qué.
Conversaron largo rato, recordando la boda, los años de alquiler en aquel pisito con goteras y grifos locos, y cómo entonces eran felices sin necesidad de nada más.
Rieron con ganas de la primera vez que Alberto intentó cambiarle el pañal a Lucía y casi se desmayó del susto.
La noche era mágica, los hielos del tiempo parecían derretirse entre copas.
Solo nos hace falta escaparnos así más a menudo, pensó Covadonga. Estamos cansados, nada más…
¿Nos vamos ya? propuso Alberto cuando llegó la cuenta. Paso por alguna vinoteca. Nos sentamos tranquilos en casa, sin niños.
El piso parecía desierto y grande sin los juguetes por el suelo. Se acomodaron en la cocina, y Alberto sirvió un tinto de la Ribera. La atmósfera se volvía cálida hasta que…
Cova, tenemos que cambiar cosas, en serio empezó él.
Estoy de acuerdo. Podemos irnos juntos a la Costa Brava, o un balneario, lo que sea. Necesitamos respirar.
Sí, pero… No se trata solo de vacaciones. Hace tiempo que no me reconozco. Ni tú ni yo nos escuchamos ya. Siempre tú metida en los niños, yo trabajando sin parar. Cuando llego, tú duermes o estás enfadada.
¿Adónde va esto? preguntó en voz baja ella, con el estómago encogido de frío.
A que me he caído, Cova.
Y entonces la grieta se abrió. La historia de Valladolid, la compañera, la traición.
Solo me escuchaba, Cova empezó él a hablar apurado, como quien teme verse interrumpido. Viajábamos mucho juntos. Se interesaba por mí y no era fingido, yo… no sé qué me pasó. Luché por no ceder de verdad. Esa noche… Bebimos unos cuantos. Nos quedamos solos en el bar del hotel…
Covadonga enmudeció. En su pecho, una granada explotó despacio, repartiendo esquirlas de hielo que la dejaron inmóvil por dentro.
Si puedes, perdóname la voz de Alberto tropezaba. Me siento como un miserable. No encontraba calma en ningún lado estas dos semanas. No lo soporto más las lágrimas le aliviaban la mentira. No quiero perderos, ni a ti ni a los críos. Estoy dispuesto a lo que sea.
¿A lo que sea? ella repitió como un eco monótono.
Sí. Ya lo he hablado con el jefe. Me van a cambiar de departamento. Ni la veré. Diego dice que lo arregla antes de un mes. Ya he pedido las vacaciones. Vayámonos, tú y yo solos. Empecemos otra vez, desde cero.
Alberto intentó acariciarle la mano, pero Covadonga la apartó con un escalofrío.
¿Desde cero? rió amarga. ¿De qué hablas, Alberto? ¿Te imaginas lo que has hecho?
No solo me has sido infiel, me has destruido por dentro. Yo aquí, ilusionada con tu mensaje, pensando que me querías, con mi vestido nuevo…
¡Te quiero! gritó casi, empapando la palabra de desesperación. Por eso te lo cuento. No podía seguir mintiendo, Cova.
Si me quisieras, no habrías terminado en esa cama… Cuánta empatía la de tu colega. ¿Y yo, siempre la borde?
No es eso… intentó justificarse Alberto, acercándose torpe.
¡No me toques! ella lo empujó. Me das asco.
Escapó al dormitorio, cerró la puerta con pestillo y cayó sobre la cama. Las lágrimas la llovían, imparables. Alberto estuvo mucho rato suplicando a la puerta hasta que, exhausto, se desplomó sobre el sofá del salón.
***
Por la mañana, Covadonga entró en la cocina con la cara hinchada. Él seguía en el sofá, sin cambiarse. El café, intacto.
No me fui anoche solo porque no tenía dónde llevar a los niños dijo ella, de piedra.
Cova…
Cállate. Me importan un comino ahora tus sentimientos.
Lo merezco.
Dijiste lo de las vacaciones. ¿Dónde pensabas ir?
Algún lugar tranquilo, por el norte. Solo caminar, conversar…
Bien ella no le miró. Iremos. Pero no esperes que sea como antes. No voy a empezar de cero. Iré solo para ver si soy capaz de mirarte sin asco.
Alberto asintió, aceptando el castigo.
Lo reservo todo. Hoy mismo.
Y quiero una copia del papel del traslado. Y tu móvil, desde hoy, sin clave.
Por supuesto. Lo que quieras.
Él ofreció el móvil, pero ella ni lo tocó.
Luego. Ahora dúchate y déjame pensar. Tengo que ir a por los niños a casa de Cruz. No quiero que nos vean así.
Al cerrar la puerta del baño, Covadonga se dejó caer en la silla. Abandonar a un hombre al que amó hasta perderse era su mayor deseo, pero no podía. Al menos, por los niños…
***
Los días previos a la partida fueron de pura inercia, hablando solo lo imprescindible.
¿Has comprado los billetes?
Sí, para el sábado.
Recoge a Lucía del colegio.
Vale.
Los niños olían la tormenta: Lucía callaba si sus padres estaban juntos; el hermano pequeño se volvía más caprichoso.
Mamá, ¿por qué papá duerme en el salón? susurró Lucía una noche.
Covadonga tragó saliva, arropando a su hija.
Papá… trabaja mucho, cariño. Le duele la espalda de la silla del despacho. En el sofá está mejor.
¿Estáis enfadados?
Solo estamos cansados, pequeña. Pronto iremos a la playa, ¿lo recuerdas?
Lucía asintió, pero en sus ojos bailaba la duda. Los niños tienen un radar para la tristeza.
***
El viernes, justo antes de partir, Alberto llegó con papeles.
Aquí dijo, dejando el papel sobre la mesa. Orden de traslado. Desde el lunes, después de vacaciones, estaré en el departamento de análisis.
Nada de viajes. Ella… se queda en compras, ni siquiera compartiremos edificio.
Covadonga repasó el sello azul.
Vale.
Cova… balbuceó desde la puerta. No dejo de pensar en lo malvado que fui…
¡Basta! ella lo cortó. Tú elegiste tu noche en Valladolid. Ahora me toca a mí decidir seguir contigo o no.
No le dijo que anoche, mientras él roncaba en el sofá, ella revisó su móvil.
La asqueaba, las manos le temblaban, pero no pudo evitarlo. El último mensaje era de Alberto: Todo ha terminado. Fue un error inmenso. No vuelvas a escribirme, por favor.
Y la respuesta: Tú sabrás. Suerte.
¿Le calmó saberlo? No. Pero, en el fondo, algo se movió. Al menos, en eso, él no mentía: estaba cerrando la puerta.
***
El sábado amaneció con una llovizna menuda. Cargaron las maletas en silencio. Alberto exageraba en cuidados: le daba la mano, comprobaba ventanas, compró su café favorito en la Repsol de la autopista. Y eso la hería aun más.
En el aeropuerto, en la sala de espera, él se sentó a su lado, mientras los niños pegaban la nariz al ventanal, mirando cómo los aviones se perdían en el cielo líquido.
¿Sabes? musitó mirando el cristal. Ayer recordé nuestro primer verano en la costa, la tienda de campaña volando por la tramontana. ¿Recuerdas cómo la sujetaste toda la noche?
A Covadonga se le escapó una sonrisa.
Claro que lo recuerdo. Tú, apretando las estacas, yo dormitando bajo el chubasquero.
Entonces pensaba que no había nadie mejor que tú en el mundo. Y ahora lo sigo pensando, Cova. Pero me perdí…
Nos perdimos los dos, Alberto por primera vez en una semana le sostuvo la mirada.
Él le tomó la mano. Esta vez, ella no apartó la suya, pero tampoco la apretó.
Quizá, en el enorme mapa en blanco de sus corazones, acabase perdonándolo. Al menos, porque no quería herir a los niños.
Pero antes de perdonar, pensaba educarle bien. Que aprendiera la lección. Que no volviese a mirar nunca a otra mujer igual.
Ese sería el verdadero viaje de reeducación bajo el sol salobre del veranoAl embarcar, los niños reían buscando sitio junto a la ventanilla. Covadonga los siguió, dejando que Alberto cargara con las mochilas. Por primera vez, le permitió observarla sin que ella apartara la mirada. Era una mujer descreída, herida, pero firme. No tenía respuestas, solo una certeza: debía pasar página, aunque para escribir en la siguiente hoja hubiera que borrar antes los restos del naufragio.
El avión despegó, hundiéndose en nubes bajas. Lucía se aferró fuerte a la mano de su madre y, al mirar por el cristal, vio el mundo tan pequeño y revuelto que hasta los problemas parecían insignificantes. Covadonga sonrió a su hija. Y en ese gesto, Alberto entendió que aún existía esperanza, aunque fuese áspera y lenta como la hierba que rompe el asfalto.
Durante el vuelo, Covadonga apoyó la cabeza en la ventanilla, y por un instante se permitió soñar con un lugar silencioso donde nadie le preguntara ¿me perdonas ya?. No pensó en venganzas, ni en recompensas, solo en la libertad de aprender a caminar de nuevo. Tal vez sola, tal vez no.
Cuando aterrizaron, el sol rompía la lluvia en mil destellos. Los cuatros salieron del avión, los niños corriendo delante, y por un instante parecieron una familia común, entera. Covadonga se detuvo al borde de la pista, respiró hondo, y bajo el cielo renovado, prometió empezar, esta vez, solo por ella misma.
Y supo, en lo más hondo, que pasara lo que pasara, no dejaría que el dolor la definiera. Porque la vida, pensó, es también eso: aprender a abrazar los viajes inciertos, aunque tiemble el alma.







