Recogí a mi hija de cinco años del cole y, de repente, me preguntó: “Papá, ¿por qué el nuevo papá no…

Recogí a mi hija de cinco años del colegio, un jueves cualquiera en Madrid, cuando de repente, me dijo: “Papá, ¿por qué el papá nuevo no me ha recogido hoy como siempre?

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Después de diez años de matrimonio con Claudia, pensaba que conocía cada rincón de su alma. Habíamos construido nuestra vida poco a poco, con una hija maravillosa, Aitana, que era la luz de mi existencia. ¿Cómo era posible que esas palabras, dichas con la inocencia brutal de una niña, me hiciesen mirar de golpe a mi esposa como a una desconocida?

Retrocedí mentalmente a aquel primer día, hace una década, en la fiesta de cumpleaños de mi amigo Alberto. Claudia, de pie junto al ventanal, copa de vino tinto en mano, se reía de un chiste (*vete a saber cuál*); sin saber cómo, supe que mi vida cambiaba para siempre. Lo tenía todo: deslumbre, confianza, aquella fuerza silenciosa de quien domina cada habitación sin levantar la voz. Yo, mientras, era solo un ingeniero informático tímido, casi invisible entre la muchedumbre Pero, por algún misterio, se fijó en mí.

Aquella noche hablamos durante horas. Música, viajes, trastadas infantiles. Me enamoré sin remedio, de forma absoluta. Al poco, nos casamos a orillas del pantano de San Juan, en una celebración pequeña rodeados de nuestros seres queridos. Sentí que me había tocado “el Gordo” sin comprar boleto.

La llegada de Aitana lo cambió todo. De repente, nuestra pequeña dependía completamente de nosotros. No he sentido jamás un miedo y una plenitud semejantes. Ver a Claudia meciendo a nuestra hija y prometiéndole enseñarle todo lo bello del mundo. Los biberones a las tres de la mañana, arrastrándonos como zombis por la casa, turnándonos para dormirla… Estábamos agotados, pero felices. Éramos un equipo.

Seis meses después, Claudia volvió a su trabajo. Es directora de marketing en una gran empresa en el Paseo de la Castellana, una mujer hecha para los retos, las entregas imposibles y los Powerpoints de última hora. Siempre la apoyé.

Mi horario también era complicado, pero nos apañábamos. Ella normalmente recogía a Aitana del cole porque yo salía más tarde. Compartíamos la cena, el baño, los cuentos La cotidianidad buena, la de verdad. Las discusiones eran cosas pequeñas: leche olvidada, la compra, el coche que hacía falta cambiar, platos sucios. Nada sospechoso, nada grave. Juraría que nuestro matrimonio era una de esas casas sólidas en mitad de la tormenta.

Hasta aquel jueves.

Me llamó justo después de comer: Cariño, ¿puedes hacerme un favor enorme? No puedo recoger a Aitana hoy, tengo una reunión con dirección que no me puedo saltar. ¿Me haces el favor? Miré el reloj: 15:15. Si salía ya, llegaba a tiempo.

Por supuesto, no te preocupes, respondí.

Te debo una me salvas la vida, suspiró aliviada.

Me disculpé en el trabajo y fui corriendo al cole, en Chamberí. Entré y la carita de Aitana se iluminó. Me di cuenta de lo mucho que echaba de menos esos momentos. ¡Papá! corría hacia mí, las zapatillas rechinando en el suelo pulido.

La ayudé con su abrigo rosa, ese de los osos dibujados en las mangas. Charlaba sobre lo que la seño Vargas había dicho en clase, sobre cómo Sara la invitó a su merienda. Yo sonreía, feliz.

Entonces torció la cabeza y preguntó: Papá, ¿por qué el papá nuevo no me ha recogido hoy como siempre?

Mis manos se detuvieron en seco con la cremallera.

¿Cómo dices, hija? ¿Qué papá nuevo?

Me miró con esa mezcla de paciencia y absurdo con la que contestan los niños. El papá nuevo. El que me lleva al despacho de mamá, y luego a casa. Se viene a veces cuando tú no estás, y es muy simpático. El otro día me llevó al zoo a ver elefantes, y a veces trae galletas.

Tragué saliva. Sentí cómo el pulso me retumbaba en los oídos, pero el rostro seguía imperturbable. Hoy no ha podido venir, así que he venido yo. ¿No te hace ilusión? ¡Claro papá!, rió. Aunque no me gusta llamarle papá, me lo pide todo el rato. Así que le llamo el papá nuevo.

El resto del camino a casa me contó su día, sus juegos en la arena, su dibujo de una jirafa, cómo Iván la empujó pero luego le pidió perdón. Yo asentía distraído. Solo podía pensar: ¿quién demonios era ese hombre? ¿Por qué Claudia nunca me contó nada de esto?

Preparé la cena favorita de Aitana: croquetas de pollo y macarrones. Jugamos a los puzzles mientras mi cabeza era una maraña de presentimientos y temor.

Aquella noche, tumbado junto a Claudia, fingí dormir. La culpa, el miedo; quise despertarla y exigirle la verdad. Pero me faltó valor. Tal vez necesitaba pruebas. Tal vez temía escucharla confirmando mis sospechas.

A la mañana siguiente, llamé al trabajo y fingí una gastroenteritis. A mediodía me aposté en mi coche frente al colegio de Aitana, con el corazón a mil. Claudia debía recogerla a las 15:00.

Cuando los niños empezaron a salir, con sus mochilas de Peppa Pig, observé ansioso. No fue Claudia quien se acercó a mi hija.

Apreté el volante con tanta fuerza que pensé romperlo. El hombre era Daniel, el secretario de Claudia. Un chaval sonriente, si acaso cinco años más joven que mi mujer, del que oí hablar en las comidas y vi aparecer en fotos de empresa.

Apreté el teléfono y les hice varias fotos mientras Daniel tomaba a Aitana de la mano. El instinto me gritaba que saltara, pero necesitaba saber la verdad del todo. Les seguí a distancia, hasta un edificio de oficinas en Nuevos Ministerios. Aparcaron y entraron en el ascensor subterráneo.

Esperé, los nervios devorándome por dentro. Cuando me armé de valor, entré en el edificio y encontré a Aitana en el vestíbulo, sentada junto a su peluche de oso, balanceando los pies.

¿Dónde está mamá? ¿Dónde está el chico que te ha traído? Le pregunté en voz baja.

Están ahí dentro, me han dicho que espere y que me porte bien.

¿Puedes esperar aquí un momento, cielo? Me acuclillé, la besé en la frente. No podía permitir que presenciara lo que tenía que ver.

Empujé la puerta con manos temblorosas. Allí estaban, Claudia y Daniel, dándose un beso que no era de compañeros. Al descubrirme, ambos se quedaron petrificados.

Fui directo a Daniel, mi voz más fría de lo que jamás la había oído: ¿Quién te crees para meterte en mi familia? ¿Y cómo te atreves a pedirle a mi hija que te llame papá?

Daniel bajó la mirada, mudo. Claudia palideció. Daniel ¿qué le has dicho a la niña?

No te atrevas a fingir sorpresa, le solté. Le envías cada día para recogerla. Le permites que lleve nuestra hija a tu despacho. ¡La llevas al zoo! Y ahora esto ¿Te acuestas con él?

Javier, por favor, lloró. No sabía que él Sus excusas se atropellaban: se le fue de las manos, era un error, que yo nunca estaba en casa. Las típicas frases huecas de quien no sabe cómo tapar lo obvio. Daniel seguía de pie, inmóvil, un espectador de su propio desastre.

¿Sabes qué es lo peor?, proseguí. Que metiste a una niña de cinco años en medio de vuestro juego. Involucraste a mi hija.

Claudia trató de agarrarme. Javier, por favor Podemos superarlo

Aparté el brazo, frío como el granito: No. Esto se ha acabado. Aquí termina nuestro matrimonio.

Ella balbuceó algo, yo no quería escucharla. Salí, cerrando la puerta con un portazo sordo. Volví junto a Aitana, la tomé de la mano, y nos marchamos. Me preguntó si estaba triste; contesté que íbamos a pasar una tarde especial, solo papá e hija.

Nada estaba bien, y ella tampoco lo sabía.

Al día siguiente, busqué abogado y pedí el divorcio y la custodia total de Aitana. Fueron unos meses infernales. Las cámaras de la oficina y del colegio confirmaron mis sospechas: Daniel recogía a Aitana de forma sistemática. Los maestros daban por supuesto que tenía permiso. Todo encajaba.

El juez estuvo rotundo. Claudia perdió la custodia principal por negligencia y por usar a nuestra hija como pantalla para su infidelidad. Solo podría ver a nuestra hija bajo supervisión dos fines de semana al mes.

Como suele ocurrir, la noticia voló en la empresa. En siete días, tanto Claudia como Daniel fueron despedidos, por infringir la política interna de relaciones jerárquicas indebidas. No fui yo quien lo pidió, pero tampoco me quita el sueño.

Las traiciones se pagan.

He llorado solo más veces de las que puedo contar, sobre todo en las madrugadas, después de acostar a Aitana. Amé a Claudia durante años. Pensé que envejeceríamos juntos. Lo tiró todo por la borda por un chico que jugaba a las casitas con la hija de otro hombre.

Hoy todo lo que soy es para mi hija. Le prometí criarla fuerte, buena y sin miedo. Que nunca dude de que la amo y que siempre será lo más importante para mí.

Claudia sigue viendo a Aitana ese par de fines de semana, en cumpleaños, en festivales del colegio. Busca trabajo desde hace meses. Me ha enviado mensajes larguísimos de arrepentimiento; aún no puedo perdonarla. Puede que nunca.

Pero por Aitana nos sentamos a veces a la misma mesa. Simulamos cordialidad, el teatro de la normalidad. Al menos, para que mi hija sepa que la queremos, aunque el resto se haya roto en mil pedazos.

No sé qué me depara el futuro. No sé si alguna vez volveré a confiar del todo en nadie, si me atreveré a querer de nuevo. El simple hecho de imaginar una nueva relación me fatiga.

Solo tengo claro una cosa: protegeré a Aitana pase lo que pase. Jamás dudará de su valor. Jamás temerá no ser suficiente.

Y si crees que a ti no te puede pasar, que tu hogar es distinto, que nada traspasa tus muros piénsalo dos veces. Fíjate en los detalles pequeños. Pregunta si algo tiembla. Escucha tu instinto. Porque a veces quien duerme a tu lado es quien más secretos esconde.

¿Y tú? Si tu hija te contara lo de un papá nuevo, ¿mirarías para otro lado? ¿O seguirías el hilo? Yo lo seguí, y salvé a mi hija de crecer en una mentira.

De lo único que jamás me arrepentiré.

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MagistrUm
Recogí a mi hija de cinco años del cole y, de repente, me preguntó: “Papá, ¿por qué el nuevo papá no…