Hace poco visité a mi nuera, y allí había una mujer a cargo de la casa y de la limpieza. Siempre le repetía a mi hijo que la situación económica de la futura esposa no importaba, así que él se alegró y se casó con Almudena, una chica que nunca había tenido mucho dinero y que siempre había sido consentida por la vida.
Tras la boda los niños se mudaron al piso que les habíamos comprado en Barcelona. Mi marido y yo lo reformamos, y ahora tratamos de ayudarles económicamente y de llevarles la compra. A Almudena le va bien; ha dado a luz a mi nieto y, por eso, no trabaja, mientras que mi hijo tiene un empleo poco remunerado y sin mucho prestigio.
Imagínese mi sorpresa al entrar al piso donde vivían mis hijos y mi nieto y encontrar a una desconocida limpiando. Mi nuera había contratado a una empleada del hogar, pero ella misma no hacía nada. ¿Cómo se lo permite? ¿Dónde está su conciencia?
La eché fuera, pues aunque sea mi casa, no quiero que la limpien con mi dinero. ¿De dónde sacarán mi hijo y su esposa el dinero para pagar a esa persona? Esperé a que Almudena regresara del parque con el niño. Cuando llegó, no dudé en hablarle:
Mamá, durante mi permiso de maternidad me convertí en bloguera y ya cobro bien, además necesito a la empleada porque paso mucho tiempo trabajando.
¿Y eso de ser bloguera? ¿Es un trabajo a tiempo completo? ¿Se gana dinero con ello? No quiero que un desconocido limpie mi hogar.
Si tienes tanto dinero, págame a mí y yo limpiaré; no hay lugar para extraños aquí le dije.
Almudena sólo murmuró y fue a alimentar a su hijo. Entonces llamé a mi hijo para ponerle al día, y él me contestó:
Mamá, sé de la empleada. María trabaja mucho y yo también quiero pasar tiempo con mi hijo después del trabajo, así que no veo inconveniente.
No entiendo a los jóvenes; ¿cómo pueden permitírselo? Corrí a mi marido y, ¿sabe lo que me dijo?
No tienes que entrometerte en la vida de los jóvenes. Ya son adultos y pueden arreglarlo todo por sí mismos.
Llevaba mucho tiempo tan enfadada. Estoy convencida de que he hecho y dicho lo correcto. Al final, comprendí que el respeto y la confianza en la capacidad de los demás son la base para convivir en armonía. Cada generación debe aprender a escucharse sin juzgar, porque la verdadera tranquilidad del hogar nace del entendimiento mutuo.




