Escucha, Lucía… ¿Y si probamos una relación abierta? soltó con cautela Víctor, midiendo cada palabra.
¿Cómo dices? Lucía apenas pudo entenderlo al principio. ¿Hablas en serio?
¿Y qué tiene de raro? Es algo muy normal, respondió él, levantando los hombros y esforzándose por no mostrar nerviosismo. Mira, en Europa la gente vive así y es habitual. Dicen que, incluso, da chispa al matrimonio. Tú lo has dicho alguna vez: un poco de dulce en la dieta no hace daño y ayuda a no romperla. Es lo mismo, la variedad siempre ayuda.
Lucía parpadeó, intentando digerir lo que acababa de oír. Comparar una amante con una onza de chocolate le parecía insultantemente ridículo. O descarado.
Víctor… empezó, sujetando el temblor de la voz , si quieres irte, hazlo a la cara. Yo te doy la libertad, pero no me metas en esta porquería.
¡Lucía, no te pongas así! Sabes que te quiero. Solo que… ya no hay chispa. Faltaría un poco de fuego. Últimamente dormimos de espaldas, solo hablamos de la compra y las facturas de la luz. Todo es soso, necesitamos un revolcón emocional. Y no es que quiera prohibirte nada. Conoces a otros, te distraes. ¿Qué hay de malo?
Lucía entornó los ojos y vio claro: le mentía. Aquellos ojos esquivos, el tamborileo nervioso de sus dedos sobre la mesa… Sí, necesitaba libertad, pero no desde hoy ni desde mañana; la necesitaba desde hacía tiempo.
Dímelo claro, Víctor. ¿Ya tienes a alguien? ¿Me propones esto para limpiar tu conciencia?
¡Venga ya! exclamó él, gesticulando con desdén. Si fuera así, ¿crees que te lo iba a preguntar? Si es que, de verdad, ojalá no te hubiera dicho nada. Eres una chica del siglo pasado. Olvida todo…
Él salió de la cocina con aires de santo ultrajado, dejando a Lucía sola y presa de sus pensamientos.
Veinticinco años llevaba a su lado. Le entregó los mejores años, aguantó sus altibajos, la falta de dinero, las eternas horas extra que ahora se veían bajo otra luz Y ahora él, perfectamente servido y cómodo, le proponía ser cómplice de un crimen familiar. Distraerse Qué palabra tan conveniente.
Aquella noche durmieron en habitaciones separadas. O al menos lo intentaron. Lucía no apagó la luz. Miraba el techo y, a ratos, la penumbra de la calle, preguntándose cuándo se rompió todo. En otros tiempos, Víctor le regalaba puñados de lilas, peleaba por dar una boda hermosa, celebró emocionado el nacimiento de su hija. Ahora Ojalá se fuera simplemente.
¿Dónde estuvo el punto de no retorno? Tal vez cuando dejó de maquillarse en casa para estar guapa ante él. O cuando él olvidó por primera vez el aniversario, escudándose en el trabajo. Pero, ¿ahora qué más da?
Por un momento, pensó en pedir el divorcio y cerrar página. Pero, ¿cómo borrar de un plumazo media vida?
Tal vez no tuvieran pasión, pero sí costumbres, bienes compartidos y una rutina establecida. Además, Víctor había sido siempre su retaguardia. La hija ya hacía años que vivía por su cuenta, la vejez se acercaba, y juntos habían superado enfermedades y rescatado uno al otro varias veces. Hasta había pedido un préstamo para ayudar a la madre de Lucía. No todo el mundo haría eso.
Dentro de ella hervía algo amargo: agravio, miedo y rabia. ¿Quizá piensa que no encontraría a nadie? Se preguntó de golpe. Que soy una mujer mayor, que ya no valgo, que yo tengo que quedarme en casa cocinando cocido, tejiendo para los nietos, y esperando fielmente a que él termine de divertirse por ahí?
Eso sí que no.
Bien declaró por la mañana. Quédate con tu propuesta.
¿De qué hablas?
Acepto lo de la relación abierta.
Víctor se atragantó con el café. Esperaba una bronca, y ella simplemente dijo sí.
Bueno Me alegro. Quizá te guste, musitó él, evadiendo la mirada. Por cierto, esta noche llegaré tarde.
Una punzada de dolor le atravesó el pecho. ¿Así de rápido iba a pasar todo?
La tarde cayó plomiza y silente. Lucía estaba destrozada, como si cada parte de su vida fuera obsoleta, un modelo antiguo de móvil al que nadie quiere.
Se observó ante el espejo. Sí, ojos cansados, arrugas en las comisuras, la piel lejos de la perfección de antes. Pero el cuerpo aún se mantenía firme; el pelo, espeso. ¿Sería todavía atractiva? ¿No sería Víctor el problema? Otros hombres la miraban. Sin ir más lejos, Andrés, jefe de otro departamento, recién transferido hacía un mes.
Andrés era un hombre elegante, con canas distinguibles y voz rasgada, siempre con una media sonrisa socarrona. Le hacía cumplidos, la esperaba en la puerta, le invitaba a café. La invitó a comer un par de veces y, hacía una semana, le propuso cenar.
Andrés, estoy a dieta. Se llama casada, soltó ella, bromeando.
Luci, el matrimonio es un sello en el DNI, no una condena rió él. Pero no quiero presionarte.
Víctor quería una relación abierta. Quería que ella se entretuviera. Pues bien.
Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie tu invitación a cenar? Creo que me ha surgido tiempo libre… Y ganas de saltarme la dieta, escribió en el chat.
Ni siquiera era venganza. Lucía solo quería sentirse mujer. Volver a reconocerse.
El resto de la noche fue confuso. Andrés resultó un caballero de los de antes. Le corría la silla, llenaba su copa a tiempo, la escuchaba atento. Y la miraba con una devoción que la hacía sentir la única mujer del restaurante.
Lucía se sentía culpable, pero a la vez despertaban en ella sensaciones perdidas: nervio, deseo de gustar. Recuperó algo que durante años habían reemplazado los guisos y los calcetines de Víctor.
¿Venimos a mi casa? preguntó Andrés tras el postre. Cogemos un vino y vemos una película La noche no tiene por qué acabar.
Ella asintió. Por dentro, una voz gritaba: ¡Vuelve atrás!. Pero se le aparecía en la memoria la cara de Víctor, sonriendo mientras le sugería distraerse.
Ya en casa de Andrés, sonó su móvil sin parar: era Víctor. Lucía ignoró la llamada un par de veces. A la tercera, contestó.
¿Dónde te has metido? le soltó él con tono acusador Son las diez y en la nevera solo hay telarañas. No hay nada para cenar y tú ni apareces. ¿Te has vuelto loca?
Lucía se quedó fría. Andrés, al oír la discusión, se retiró discretamente. El ambiente romántico se desmoronó.
Estoy en una cita, Víctor.
¿Cómo? ¿En qué cita?
Pues sí. ¿Hace falta explicarte como a un niño? Fuiste tú quien ayer propuso relaciones abiertas. Que saliera, hablara con otros Eso hago. ¿No te lo esperabas?
Al teléfono solo se oía la respiración agitada del marido. De repente explotó.
¿De verdad te has liado con alguien? ¡Era una broma! ¡Quería ponerte a prueba! ¿Lo entiendes? ¡Ponerte a prueba! Esperabas el mínimo pretexto, ¿no? Un día de hacerte la dolida y ya has salido a la caza.
Lucía se quedó muda.
¿Y tú? ¿Dónde estabas esta noche?
¡En la oficina! Nada más bufó él . Mira, no quiero pillar ninguna porquería por tu culpa. O recoges tus cosas, o me voy. Elige. Nos divorciamos.
Víctor colgó. Lucía quedó machacada, mirando a la nada, con un dolor profundo y la sensación de haber sido humillada.
¿Estás bien? preguntó Andrés desde la puerta.
Sí Nada. Cosas sin importancia… intentó sonreír Lucía, pero no pudo.
Lucía Andrés revisó la hora en el reloj. No creo que este sea el mejor ambiente. Mejor vete y arregla tus asuntos.
La magia desapareció, el príncipe quedó convertido en un hombre bien intencionado, atrapado en una tragedia ajena. Era lógico. Él buscaba una noche agradable, tuvo el epicentro de un drama familiar.
Tal vez habría sido mejor pedir el divorcio desde el principio. Pero como siempre, las buenas ideas llegan tarde.
Esa noche Lucía no volvió a casa. Durmió en un hotel. No podía enfrentarse a Víctor, necesitaba tiempo; tenía que asimilar que nada volvería a ser igual.
Pasaron tres años…
La vida, como un escultor implacable, limó todo lo sobrante a golpe de martillo.
Víctor muy pronto encontró nueva pareja. Incluso antes de firmar los papeles del divorcio. Pero ella desapareció en cuanto vendieron el piso en común, llevándose de paso buena parte de su dinero.
Con Andrés no surgió nada. Seguían viéndose en la oficina, pero la relación era estrictamente profesional. Lucía entendió lo básico: los hombres que abrazan el papel de amantes suelen salir corriendo ante la menor mención de compañero de vida.
Lucía no buscó a nadie más. Al quedarse sola, descubrió un tiempo nuevo, una energía inédita, que antes devoraban Víctor y la rutina. Empezó a vivir para ella misma.
Las mañanas en la piscina le quitaron el dolor de espalda; las clases de inglés mantuvieron su mente ágil. Se cortó el pelo y renovó el armario por completo.
Y lo mejor: se convirtió en abuela.
Su hija, Marina, había dado a luz hacía seis meses. Al principio, cuando el divorcio estalló, ella se mostró fría con Lucía. Víctor se victimizó: le contó a Marina que su madre había destruido la familia por irse con otro, que era una traidora.
Pero el tiempo puso todo en su sitio. Marina fue a ver a su madre: quería escuchar su versión, verla a los ojos. Y no encontró a una mujer promiscua, sino a una madre cansada, pero honesta.
Lucía lo contó todo: que fue Víctor quien sugirió la relación abierta, que los trabajos eran cada vez más frecuentes desde años atrás, y que ella llevaba mucho tiempo sintiéndose sola. Marina, también casada, comprendió. Y cuando Víctor apareció con otra, terminó de respaldar a su madre.
Ahora Lucía estaba en la cocina de Marina, acunando a la pequeña Sonia en brazos. La niña intentaba atraparle el dedo entre risas.
Papá ha vuelto a llamar dijo Marina, molestándose. Quiere venir a ver a Sonia.
¿Y tú, qué le has dicho? preguntó Lucía, serena.
Que no estaríamos en Madrid ese fin de semana suspiró Marina . No quiero verle, mamá. Habla mal de ti, luego intenta que os reconciliéis No me fío cuando aparece. Tampoco quiero que le llene la cabeza a Sonia con historias. Que siga disfrutando de su libertad…
Lucía guardó silencio, solo abrazó a su nieta con más fuerza.
Víctor había conseguido lo que buscaba: su total libertad. Nadie le molestaba, nadie le exigía atención, podía ver la tele todo el día. Solo que esa libertad le sabía amarga, a soledad. Pero ya era tarde.






