Al filo de la puerta del patio está un perro sucio; tres semanas después Ana comprende por qué el destino lo ha puesto allí.
Ana lo ve un lunes por la mañana al salir del coche. Está atado al portón, como si lo hubieran encadenado. Es grande, lanudo, tan mugroso que no se reconoce la raza. Sus ojos la atraviesan. «Dios mío», piensa, «en esos ojos hay dolor, esperanza y algo más, como si supiera algo importante pero no pudiera decirlo».
¡Anda! agita la mano Ana, apurada para ir al trabajo. ¡Lárgate de aquí!
El perro no se mueve, sólo baja la cabeza como pidiendo perdón por existir. Por la tarde vuelve al mismo sitio.
Sergio le dice al marido durante la cena, un perro se ha alojado aquí, está junto a la puerta.
¿Y qué? respondió Sergio sin despegarse del móvil.
No lo sé. Es una lástima.
Anita, ¡no empieces! Ya habíamos acordado: nada de animales. Tengo mucho trabajo, no hay tiempo. Los animales solo traen problemas.
Ana se queda callada, pero en la noche no puede dejar de pensar en esos ojos.
A la mañana siguiente el perro está allí, ahora encogido en un baluarte. La lluvia cae grisácea, otoñal. El pelaje está empapado.
Qué tonto eres suspira Ana, colocando al lado del portón un cuenco con agua y los restos de la sopa de ayer. Ve a casa, seguro que tienes un techo donde dormir.
El perro levanta la cabeza, la mira agradecido, pero no se acerca a la comida. Espera a que ella se aleje.
Así pasa una semana. Cada día la misma escena: el perro junto a la puerta, Ana con la comida. Sergio refunfuña que atrae a los callejeros, pero no protestó mucho; pensaba que el animal se iría solo.
No se va. Al contrario, comienza a ponerse de pie cada vez que Ana sale de casa. No corre tras ella, sólo la mira y la sigue con la mirada, como guardián.
Mamá, ¿puedo acariciarlo? pregunta Celia, su hija de ocho años, al ver al perro.
¡No! le responde Ana al instante. Es un callejero, sucio, quizás enfermo.
Pero su mente ya divaga: ¿y si?
Dos semanas más el perro vive al lado de la puerta. Ana ya se ha acostumbrado a ofrecerle comida; ¿cómo pasar de largo ante una criatura hambrienta?
¿Y si dejamos de alimentarlo? propone Sergio mirando por la ventana. Ya se ha instalado. Pronto pedirá entrar.
No lo pide contesta Ana. Sólo se sienta.
Ya veo. Los vecinos preguntan si es nuestro. Doña Carmen, la vecina chismosa, insinuó ayer que el perro está vacunado.
Ana frunce el ceño. Doña Carmen es la cotilla del barrio, siempre con opiniones sobre todo.
Que se ocupe de su propio perro, Murciélago dice Ana en broma.
Ana, en serio. Tenemos que deshacernos de él o llevarlo a un refugio.
¿A qué refugio, Sergio?
El viernes Ana se queda hasta tarde en la oficina: informe trimestral, plazo inminente, el jefe al borde del colapso. Regresa a casa cerca de la medianoche, exhausta, con sólo una idea: llegar a la cama.
Deja el coche junto al portón como siempre, saca las llaves y se queda a tientas con la cerradura en la oscuridad.
Dinero, joyas, móvil susurra una voz tras ella.
Ana gira. Un hombre con chaqueta negra y capucha oculta el rostro le apunta algo que brilla con la luz tenue.
¡Rápido! gruñe. ¡Dame la cartera!
Las manos de Ana tiemblan. La bolsa cae al suelo y su contenido se esparce sobre el pavimento.
Yo
¡¿Qué haces?! exige el hombre, acercándose. ¡Devuélvelo todo!
En ese instante el perro sale de las sombras.
Sin ladrar, sin gruñir, se lanza silencioso sobre el asaltante. El hombre cae, una cuchilla se desvía y se clava en el suelo. El perro se abalanza, lo aprieta contra el suelo y, con un gruñido bajo, le dice: ¡A la madre tuya!
Ana se queda petrificada, los oídos zumban.
¡Ayuda! grita con todas sus fuerzas. ¡Me están robando!
Las luces de las casas vecinas se encienden. El perro sigue sujetando al ladrón con una presa mortal.
¿Qué pasa? sale disparado Sergio, aún en ropa interior y pantuflas, seguido de Celia en pijama.
¡Llama a la policía! ordena Ana.
En diez minutos llega la patrulla. Arrestan al ladrón; resultó ser buscado por varios robos en el barrio, incluso una mujer que había terminado en el hospital.
Qué suerte la vuestra dice el agente, acariciando al perro. Si no fuera por este belga, nada de esto habría pasado. Es de raza mixta, parece pastor, está entrenado, conoce órdenes.
¿No es callejero entonces? pregunta Ana.
Es difícil decirlo. Puede haberse perdido o haber sido abandonado. Hoy en día mucha gente compra cachorros y, cuando crecen, los descartan.
Los oficiales se van y la familia queda en el patio. El perro se sienta atento, observándolos.
Mamá, ¿puedo tocarlo? susurra Celia. Nos ha salvado.
Ana mira a la hija, luego a Sergio, y finalmente al perro.
Puedes responde en voz baja.
Celia extiende la mano. El perro huele sus dedos y lame suavemente la palma. La niña ríe.
¡Es amable! ¡Calentito! exclama. ¿Lo quedamos? Por favor, nos protege, nos entiende.
Ana mira al marido, que está pensativo.
Sergio, ¿qué piensas?
Sabes, quizá sea lo mejor. Un guardián no nos vendrá mal. Además, parece muy listo.
Eso es cierto asiente Ana. Lo viste reaccionar sin ladridos, sin alboroto, como un verdadero perro de guardia.
¿Lo quedamos, entonces? pregunta Sergio.
Ana se sienta en cuclillas frente al perro. Él la mira con serenidad, su mirada sigue cargada de sabiduría y ahora también de curiosidad.
¿Quieres quedarte? le susurra.
El perro posa su cabeza sobre sus piernas, caliente y pesada, y por primera vez en tres semanas suelta un leve gemido.
Te quedas decide Ana. Mañana le pondremos un nombre.
El perro suspira, aliviado, como si comprendiera cada palabra.
A la mañana siguiente Ana se despierta con la sensación de que el mundo ha cambiado un poco. No de forma drástica, sino como si una pieza hubiera encontrado su sitio. En el patio su cuenco vibra: su nuevo huésped desayuna.
Trueno dice Celia, mirando por la ventana. Lo llamaremos Trueno.
¿Por qué Trueno? pregunta Sergio, abrochándose la camisa.
Porque apareció como un trueno en un día claro y derribó al ladrón como si fuera un rayo responde Celia con esa lógica infantil que a veces revela la verdad.
Ana sonríe. La lógica de la niña tiene su encanto.
Trueno será Trueno concluye.
En casa, Trueno se comporta de manera delicada. No entra en las habitaciones sin permiso, no revienta cosas, no mendiga en la mesa. Se tumba en la entrada sobre la alfombra vieja, con un ojo abierto vigilando todo.
Mamá, parece triste dice Celia, sentándose junto al perro. Mira esos ojos melancólicos.
En efecto, en sus ojos hay nostalgia, como si extrañara una vida anterior, aunque entiende que no hay camino de regreso.
Le tomará tiempo dice Ana. Acostumbrarse a nosotros, a su nuevo hogar.
Sin embargo, en su interior le preocupa: ¿y si se escapa? ¿Y si busca a sus antiguos dueños?
La primera noche Trueno pasa en la entrada. Ana se levanta varias veces para comprobar que sigue allí. Está quieto, sin moverse, pero no parece estar durmiendo; más bien, vigila.
Lo mismo ocurre la segunda noche.
La tercera, Ana no aguanta.
Trueno lo llama suavemente. Ven aquí.
El perro levanta la cabeza, curioso.
Vamos, repite Ana, dando una palmada al suelo junto a la cama.
Trueno se levanta, avanza con duda, huele el sitio que le ofrece y se acuesta allí.
Entiendes que ahora eres de los nuestros, ¿verdad? le susurra Ana en la penumbra. No te vamos a abandonar.
Trueno exhala en silencio.
¡Mamá, Trueno ha desaparecido! grita Celia una mañana, corriendo a la cocina.
El corazón de Ana se hunde. ¿Se habría escapado?
¿Dónde está? pregunta Ana, temblando. Lo busco por el patio, por la casa ¡no está!
Sale al exterior. La verja está cerrada, el muro es alto, imposible de saltar. No hay rastro del perro.
¡Trueno! llama con desesperación. ¿Dónde estás?
Nadie responde.
¿Tal vez bajo el alfeizar? sugiere Sergio. ¿O en el cobertizo?
Revisan todo, pero nada.
Ana ya está a punto de resignarse cuando oye un leve gemido bajo tierra.
¡Luz! piensa.
En el sótano de la casa, donde guardan conservas para el invierno, siempre dejan la puerta entreabierta para que circule el aire.
Bajan los escalones y se quedan paralizados.
Trueno yace en una esquina sobre una vieja colcha; a su lado, unos cachorros ciegos, cinco en total.
¡Ay! exclama Celia. ¡Mamá, es una perra! ¡Y tiene crías!
Ana se sienta, incrédula, mirando la escena. ¿Qué ha sido Trueno? Era una perra, y ahora es madre.
¿Cómo? gruñe Sergio. No nos habíamos dado cuenta.
Su pelaje es denso explica Ana. Siempre estaba sentada, nunca se ponía de pie, y su vientre no era evidente en un perro grande.
¿Por eso no se alejaba de nuestro terreno? supone Celia.
Exacto concluye Ana. Necesitaba un lugar seguro para sus crías. Sentía que el momento había llegado y buscó el sitio perfecto.
Nos buscaba a nosotros dice Sergio. Ella nos buscaba a nosotros.
La perra levanta la cabeza, observa a la familia con ojos cansados pero llenos de gratitud. Ya no hay tristeza, sólo confianza absoluta.
Eres una genia susurra Ana, acariciando suavemente. Qué inteligente eres.
La perra lame los dedos de Ana y vuelve a acomodar a sus cachorros, que se aferran a su pelaje en busca de leche.
Mamá dice Celia en voz baja, ¿tendremos ahora una familia completa?
Ana mira a su marido, que se encoge de hombros como diciendo ¿qué más da?.
Familia responde ella. Grande y unida.
Tres años después, Ana está junto a la ventana de la cocina, observando el patio. La escena es de esas que quedan grabadas para siempre.
Celia, ya con once años, corre por el césped con dos perros que han crecido. La perraahora llamada Truenodescansa a la sombra del manzano, vigilando con dignidad a sus hijos. Los demás cachorros han encontrado hogares buenos; Rex y Dina se han quedado con ellos.
¿No crees que ya tenemos demasiados perros? pregunta Sergio, abrazando a Ana por los hombros.
¿Lo lamentas?
Ni una gota sonríe él.
Hace tres años estaba a punto de matarme si alguien me hubiera dicho que acabaríamos con una jauría confiesa Ana, apoyándose contra su marido. Recuerda aquel otoño en que todo comenzó. Da miedo imaginar lo que habría pasado si no hubiera intervenido el perro.
Nos salvó dice en voz baja. No sólo del ladrón, sino a toda la familia.
¿Cómo?
Piensa. Celia se volvió más responsable, cuida a los perros y los saca a pasear. Tú ya no te quedas hasta tarde en la oficina porque sabes que en casa te esperan. Yo he comprendido lo que es el amor incondicional.
Trueno parece haber escuchado; levanta la cabeza y mira por la ventana. Sus ojos castaños, ya sin tristeza, reflejan serenidad y confianza en el futuro.
¿Sabes qué es lo más sorprendente? continúa Ana. Todavía se aparece cada tarde a la puerta, como al principio.
¿Crees que realmente nos fue enviada? pregunta Sergio.
Ana se vuelve hacia él.
¿Tú qué opinas? Una perra callejera se sienta tres semanas en una puerta ajena, luego protege a su dueña del ladrón y, un mes después, trae una camada al sótano del vecino.
Suena a fantasía contesta él.
Exacto, eso es lo que la hace una fantasía. Un pequeño milagro que ocurre con quienes están dispuestos a aceptarlo.






