Hoy cumplo 54 años y lo único que tengo son estas páginas vacías donde volcar mi arrepentimiento.
Me llamo Javier Fernández. Durante treinta años compartí mi vida con mi mujer, Carmen López. Siempre creí que cumplía con mi deber: yo trabajaba en la empresa, ganaba nuestro sustento mientras ella cuidaba de la casa y los niños. Jamás quise que trabajara fuera; pensaba que su lugar era el hogar.
Nuestra vida transcurría sin grandes pasiones, pero con respeto mutuo. Con los años, empecé a sentirme vacío, atrapado en la rutina. El amor se había convertido en costumbre, y lo acepté como algo normal… hasta aquella noche en el bar de la esquina.
Ahí conocí a Natalia. Veinte años más joven, vibrante, con esa energía que me hizo sentir vivo otra vez. Empezamos a vernos a escondidas, luego vino el romance. A los pocos meses, decidí dejarlo todo por ella. Creí que era mi redención, mi segunda oportunidad.
Cuando se lo conté a Carmen, no lloró, no gritó. Solo un “ya veo” en voz baja. Tal vez por eso no entendí el dolor que le causaba.
El divorcio fue rápido. Vendimos el piso en Madrid. Natalia insistió: “Empezamos de cero, sin ataduras”. Carmen solo pudo comprar un pequeño estudio con su parte. Yo, usando mis ahorros, adquirí un apartamento con Natalia en Valencia.
No pensé en cómo sobreviviría Carmen sin experiencia laboral. Mis hijos, Álvaro y Diego, dejaron de hablarme. Lo merecían, pero yo solo veía mi felicidad: Natalia esperaba un hijo.
Cuando nació Pablo, era hermoso… pero sus ojos verdes no se parecían a los de nadie en la familia. Los rumores crecieron, y tres años después, mi hermano Luis me obligó a hacer la prueba de ADN. El resultado: yo no era su padre.
El divorcio fue inmediato. Me quedé sin trabajo, sin hogar, hundido en deudas.
Hace un mes, compré un ramo de rosas, una tarta de Santiago y una botella de Rioja. Fui al antiguo barrio de Carmen, pero en su portal había extraños. Después de indagar, llegué a su nueva casa en Sevilla. Un hombre abrió la puerta.
“¿Sí?” preguntó, mientras detrás se escuchaba la risa de Carmen.
Supe entonces que tenía un buen empleo en una editorial, que se había casado con un profesor universitario.
La encontré por casualidad en una cafetería de la Plaza Mayor. Al acercarme, quise hablar del pasado, del perdón. Ella me miró como se mira a un fantasma incómodo. Se levantó y se fue sin decir una palabra.
Ahora escribo esto en una habitación alquilada en Málaga, con una pensión escasa y el eco de mis errores. Mis hijos no contestan mis llamadas.
A veces la vida te arrebata hasta el derecho a pedir disculpas. Y el remordimiento, créanme, es el peor de los castigos.





