11 de febrero
Hoy escribo sintiendo ese peso en el pecho una vez más. Mamá ya se ha disgustado conmigo tras enterarse de que la familia de mi marido nos ha invitado a pasar el verano en su casa, al lado del mar Mediterráneo, en Alicante. Me hace mucha ilusión pensar en esos días largos junto a mi hija, respirando la brisa marina. Además, la pediatra nos ha dicho que le vendría de maravilla a la niña, que así enfermaría menos durante el año.
Pero claro, mamá no lo entiende. Dice que es impensable porque el verano en el pueblo es tiempo de mucho trabajo en el huerto y que sola no puede con todo. Ella cuenta demasiado con mi ayuda, y me recuerda constantemente que el año pasado tampoco estuve muy pendiente. No le falta razón, la verdad. Entonces la niña era aún un bebé y apenas tenía manos ni tiempo para nada más que cuidarla.
Recuerdo aún cuando estaba en el instituto y ya estaba harta del dichoso huerto de mamá. Mientras las demás chicas de mi edad aprovechaban la libertad del verano, yo tenía que ir casi todos los días con una lista interminable de tareas: quitar hierbas, regar, cosechar… Mis padres trabajaban fuera y no podían venir más que algunos sábados y domingos, así que, como yo tenía tiempo libre, pues me tocaba pringar.
Mientras los demás niños del barrio iban de excursión, a la piscina o jugaban en la plaza, yo batallaba con las tomateras y los calabacines. Todo para que mamá pudiera criticarme el finde que todo lo hago mal, incluso cuando le dedicaba horas. En la universidad, quise buscarme un trabajillo en verano para tener algo de dinero. Por supuesto, eso también provocó sus lamentos.
Cuando me casé, intento enganchar a mi marido en el huerto. Pero él fue un par de días, se dio cuenta enseguida de que aquello no acababa nunca, y dijo que prefería comprar en el supermercado. Se llevó una bronca monumental, porque según mamá, todo eso no lo hacía solo para ella, también era para nosotros. Pero mi marido tenía claro que era más rápido y barato pasarse por el Mercadona, que pringarse domingo tras domingo en el huerto.
Yo tampoco iba tanto ya, pero la distancia emocional que me generaba esa obligación me dolía kilómetros. Luego, durante el embarazo, la excusa fue perfecta. No podía pasar calor, ni tampoco agacharme.
El año pasado, con la recién nacida, no pasé ni un día por el huerto. Por mucho que mamá me insinuara que quizá podríamos organizarnos, ella misma reconoció que con un bebé así imposible. Pero ya hacía planes para el verano siguiente.
Su razonamiento era que, para entonces, la niña estaría más crecida y podríamos ir turnándonos para cuidarla mientras yo ayudaba con el huerto. Y la cría estará mucho mejor. En la ciudad todo está contaminado, la hierba y los árboles llenos de polvo, pero aquí en el pueblo, el aire es limpio, el sol brilla y podemos comprarle una piscinita, ponerle una sombrilla y dejar que chapotee feliz, soñaba en voz alta.
A mí esas perspectivas me dejaban más fría que un helado, pero no se lo dije para no liar la cosa aún más. Yo tenía otros planes en mi cabeza.
Durante las fiestas de Año Nuevo, mi suegra recibió la visita de su hermana, mi tía política, a la que mi marido adora, y que para él es casi una segunda madre. Ella y su marido viven a unos pasos de una playa preciosa en Alicante, en una casita que ahora les queda enorme porque el hijo ya trabaja en el extranjero y están solos con sus recuerdos.
Nos invitaron con mucha ilusión a pasar el verano con ellos, sin cobrar nada, que os venís cuando queráis, dijo. Al principio pensé que sería por compromiso, pero luego la tía llamó varias veces a mi marido recordándonos que nos esperan con los brazos abiertos. Él, claro está, no puede pillar las vacaciones para toda la temporada, pero sí se las arreglará para llevarnos una semana en junio y recogernos en septiembre.
Tanto mi marido como yo queremos ir. La doctora, además, nos aconseja sol y mar para la nena; que la piel y la salud lo agradecerán. Así que, aunque mamá se enfade, yo ya lo tengo claro. Y aquí empieza el drama.
En cuanto se enteró, para mamá el sol ya era peligroso, la casa de los extraños, el mar peor que su huerto para la salud de la niña, y además me recordó lo mal que lo pasó el verano pasado sin ayuda. Mi decisión de ir solo la cabrea más.
Pero sinceramente ¿quién en su sano juicio elegiría el huerto antes que el mar, sobre todo si no tienes interés especial en el huerto? Nosotros compramos las verduras, y las conservas de mermeladas y encurtidos que tanto trabajo le dan a mi madre llevan años acumulándose en la alacena porque ni siquiera las comemos. No somos de esos.
Sé que hay cosas que nunca cambiarán, pero este verano elijo la brisa y el mar, aunque a mamá le pese.






