«¿Quieres a mi marido? ¡Es todo tuyo!» dijo la esposa con una sonrisa dirigida a la desconocida que apareció en la puerta de su casa.

¿Quieres a mi marido? ¡Tuyo es! dijo la esposa, con una sonrisa torcida, a la extraña que se presentó ante su puerta en una mañana envuelta en un aire irreal, como si el mundo fuese un cuadro de Dalí.

Espera un segundo, Lucía. Alguien está llamando al timbre. Te llamo en cuanto descubra quién es y qué demonios quiere murmuró Carmen, cerrando la conversación con su amiga de toda la vida. Lucía le había contado, entre carcajadas, las excentricidades del cumpleaños de su suegra, y Carmen no paraba de reír, como si estuviera viendo una película absurda de Berlanga.

Caminó hacia la puerta con la ligereza del que flota en una siesta de verano. Miró por la mirilla, y un escalofrío la atravesó. Esperaba toparse con algún vecino, pues rara vez los extraños conseguían acceder a su bloque vigilado en el corazón de Salamanca. Pero allí estaba una mujer joven, de rostro tan excéntrico que parecía sacado de un sueño olvidado, completamente desconocida para Carmen.

Decidió que lo mejor sería ignorar a la visitante; nunca se puede confiar en los forasteros esa era su máxima en estos tiempos de engaños sofisticados. Levantó el móvil para retomar la charla con Lucía, cuando el timbre volvió a sonar, penetrando la atmósfera y retumbando como campanas en la niebla.

Carmen estaba sola en el piso su esposo, Pablo, había salido a ayudar a un amigo con unas cosas en el patio trasero. Volvió a mirar por la mirilla y escudriñó a la extraña con más atención.

Algo en su porte era penoso y extravagante a la vez, pero Carmen no sintió miedo, sólo curiosidad.

“¿Qué es lo peor que puede pasar si abro, le digo que se vaya, y sigo mi domingo de rosquillas y café con leche?” meditó, viendo cómo la realidad ondulaba a su alrededor. Seguramente estaría perdida o, peor aún, quería venderle enciclopedias o sueños enlatados.

Inspiró hondo y abrió la puerta. La mujer con paso etéreo se incorporó, jugueteó con su pañuelo turquesa y sonrió.

¿Es usted Carmen? Bueno, claro que lo es ¿para qué pregunto? musitó, como si las palabras no hubieran pasado por su mente antes.

“Vaya, los timadores ya no se conforman con cambiar de cara; ahora hasta saben mi nombre”, pensó Carmen mientras el pasillo se alargaba y se acortaba a la vez.

¿Quién es usted y qué quiere? Lleva ya cinco minutos aquí. No la conozco de nada, así que diga lo que tenga que decir y después márchese ordenó Carmen, firme como un roble.

¿Está Pablo en casa? inquirió la mujer, dejando caer la pregunta como si fuera una llave dorada en mitad del silencio.

“Esto se pone raro”, pensó Carmen. “Sabe hasta el nombre de mi marido.”

¿Viene por Pablo? preguntó Carmen, aunque en realidad quería decir cualquier otra cosa.

No, he venido a hablar con usted. Pero si Pablo está, sería mucho más complicado para mí respondió la mujer, con una naturalidad desarmante.

¿Más complicado para usted? ¿Se puede saber de qué va esto? Carmen sentía que el corredor del bloque giraba a su alrededor como una noria.

No está en casa. ¿Qué desea?

Quizá deberíamos entrar. Es raro hablar de ciertas cosas aquí, bajo los ojos curiosos de los vecinos insistió la visitante, con una aventurada familiaridad.

¡Ni lo sueñe! No la conozco y no meto desconocidos en mi casa. Diga lo que tenga que decir desde aquí y rápido zanjó Carmen.

¿De verdad quiere hablar sobre los detalles íntimos de mi relación con Pablo aquí, en el rellano, donde los susurros se convierten en ecos de otro mundo? dijo la mujer, sonriendo como si la situación fuese una broma privada del subconsciente.

¿Qué? ¿Qué relación? soltó Carmen, más alto de lo que pretendía, como si el eco pudiera cambiar la ensoñación.

¿Carmen, todo bien? ¿Por qué gritas? apareció la voz de la señora Sáenz, la vecina, deslizándose suavemente al salir del ascensor, como si flotara entre las nubes.

Ay, buenos días, señora Sáenz Nada, cosas mías. ¿Qué tal el tiempo ahí fuera? farfulló Carmen, intentando que la realidad volviera a encajar como un puzle bien armado.

Tiene pinta de que va a llovercontestó la vecina, aunque no hizo amago de entrar, curiosa ante aquel teatro surrealista.

Pase, si es tan amable dijo Carmen de mala gana.

La mujer entró en el piso y sus ojos viajaron por los muebles flotantes, las fotos que giraban y los relojes que escapaban de las paredes.

Cinco minutos. Y no más. No estamos en el Prado advirtió Carmen, cortándole el paso hacia el salón.

Me llamo Marta se presentó la mujer, quitándose el abrigo como quien se desprende de una sombra. Pablo y yo estamos enamorados.

Lo de siempre, ¡qué poco original! ¿No se le ocurrió otra trama? la interrumpió Carmen, sarcástica como un cuadro cubista.

Lo común no deja de ser real. La gente se enamora, pasa. No es usted la primera cuya vida se convierte en un cuadro abstracto replicó Marta, queriendo adentrarse más en la casa.

¿Y está usted segura de que él sólo le quiere a usted y no a mí? preguntó Carmen, dibujando una sonrisa invertida, como la línea de Gaudí.

Absolutamente. Si no, no estaría aquí, atravesando este sueño raro afirmó Marta, desafiando la lógica y el sentido común.

Grave error. Mi marido no sabe amar, no a usted ni a mí ni a nadie. Es una lección que aprendí hace mucho sentenció Carmen con serenidad.

Antes de que Marta pudiera replicar, la puerta se abrió como por arte de magia y Pablo apareció, trayendo con él un aroma a tierra mojada y a tardes eternas en la Gran Vía.

¿Marta? ¿Qué haces aquí un sábado? ¿Ha sucedido algo en el trabajo? preguntó Pablo, como si hablara con una estatua a la que esperaba no tener que restaurar.

No, ha venido a por ti dijo Carmen, disfrutando el absurdo del momento.

¿Por mí? ¿A qué te refieres? ¿Ha pasado algo grave? la confusión de Pablo era casi musical.

Nada de eso, cariño. Ha venido a llevarte lejos de mí, como si fueras un maletín de cuero bien pulido respondió Carmen, irónica, saboreando la escena como un churro mojado en chocolate.

Marta, ahora descompuesta, se colocó el abrigo y retrocedió hacia la puerta, casi levitando.

¿Te vas tan pronto? ¿No venías a por Pablo? Te lo entrego con lazo de regalo bromeó Carmen, dejando que la lógica del sueño hiciera el resto.

Pero Marta ya se había evaporado, tragada por el pasillo que se estiraba hacia el infinito.

¿Qué ha sido todo este sainete? preguntó Pablo, sacudiendo la cabeza, tratando de despertar.

Eso dímelo tú, querido mío. ¿Por qué aparece una mujer, exige divorcios y dice que te mudas con ella a una nueva dimensión? Carmen cruzó los brazos, flotando entre la resignación y una risa contenida.

¿Vas en serio? Te juro que no entiendo nada. En la oficina todos se comportan raro últimamente, pero no he hecho nada para provocar esto. Estoy harto de historias imposibles. Te prometí lealtad, ¿no lo recuerdas? afirmó Pablo, sus palabras perdiéndose como hojas en el Manzanares.

Bien. Porque me conoces, Pablo. Yo no tolero estas funciones de teatro del absurdo. Pero, sinceramente, las mujeres de hoy serían capaces de cualquier cosa por arreglar sus dramasdijo Carmen, negando suavemente con la cabeza, como si estuviera sopesando aceitunas en el mercado.

Pablo se quitó los zapatos y desapareció rumbo a la cocina, mientras Carmen permanecía un instante suspendida en la frontera entre vigilia y ensueño. Se prometió no dejar que los incidentes improbables perturbaran la paz de su casa. Sin quererlo, esbozó una sonrisa al pensar lo mal diseñado que había estado el “plan” de Marta.

Está claro que, por mucho que otros lo intenten, su relación flotaba sólida sobre el surrealista escenario de la vida en España, más firme de lo que nunca hubiera imaginado.

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«¿Quieres a mi marido? ¡Es todo tuyo!» dijo la esposa con una sonrisa dirigida a la desconocida que apareció en la puerta de su casa.