¿Quién te va a querer con un hijo a cuestas?

¿Estás segura, hija?

Clara posó suavemente su mano sobre la de su madre y le regaló una sonrisa serena.

Mamá, le quiero. Y él me quiere a mí. Nos vamos a casar, todo irá bien. Seremos una familia, ¿lo entiendes?

Su padre apartó el plato de cocido madrileño sin terminar y se quedó mirando, ceñudo, a través de la ventana. Su silencio duró apenas unos segundos, pero a Clara le parecieron siglos enteros.

Solo tienes diecinueve años musitó al fin. Tendrías que pensar en la carrera, en una profesión, no en bodas.

Papá, de verdad que puedo con esto. Clara hablaba calmada, aunque por dentro ardía en ansias de convencer, de demostrarles lo que ella veía con tanta claridad. Samuel trabaja, yo estudio. No os pedimos ayuda, solo estar juntos. Queremos nuestra familia, nada más.

El padre negó despacio, pero no respondió.

Desaprobaban, era evidente: su boca apretada, la forma en que su madre doblaba y desdoblaba el servilleta nerviosamente. Pero tampoco se oponían con fiereza; tal vez porque recordaban cómo fueron ellos a esa edad, tal vez porque sabían que prohibir solo animaría a actuar a escondidas.

La boda fue en mayo, pequeña, modesta, pero tan acogedora que Clara aún la evocaba con alegría dorada. No hubo restaurante de lujo, ni coche de alquiler ni palomas blancas. Pero ambos estaban radiantes.

La luna de miel fue una semana en Benidorm; Samuel no podía más días fuera del trabajo, y tampoco sobraba el dinero. Aquellos siete días fueron para Clara como una burbuja mágica, flotando lejos de lo real. Despertaban tarde, desayunaban en la diminuta terraza mirando el mar, paseaban por el paseo marítimo hasta que encendían las farolas, comían bocadillos de calamares de un kiosco y se besaban como si el mundo fuera a acabarse en cuanto saliera la luna.

Luego empezó la vida. La auténtica, sin filtros románticos. Un estudio alquilado donde en invierno entraba corriente por las ventanas, y los vecinos pisaban tan fuerte arriba que las lámparas tintineaban. Samuel salía a las siete para el curro, Clara iba a clases, y por las noches se encontraban cansados, calentar alguna sobra y caer como piedras en la cama.

Pero incluso en esa rutina, entre bostezos y ojeras, había verdad, algo cálidamente definitivo.

A los seis meses llamaron sus padres, pidiendo que fueran el fin de semana. Clara rumió posibilidades: desde catástrofes a tonterías. Pero les sentaron en la cocina, sirvieron té, y deslizaron hacia ellos un sobre voluminoso.

Es para vosotros dijo su padre, mirando a la pared. Para que tengáis piso propio. Aunque sea pequeño, vuestro. Ya basta de pagar alquiler por nada.

Clara miró el sobre, incapaz de tocarlo. Tenía un nudo en la garganta y los ojos húmedos de agradecimiento.

Papá… empezó, pero él solo hizo un gesto.

Cógelo, anda. Considéralo nuestro regalo de boda. Con retraso, pero regalo.

Encontraron el piso al cabo de un mes: veintiocho metros en una finca de ladrillo visto en Carabanchel, tercer piso, ventanas al patio interior, cocina mínima y baño compartido. Nada extraordinario para la mayoría; para Clara era un universo entero a su disposición. Ella eligió los colores de las paredes, contrató a los fontaneros, colgó cortinas y llenó de macetas con flores el alféizar.

Un año después, en tercero de carrera, un malestar extraño la rodeó, flotando entre la desgana y el desconcierto. Pensó en una intoxicación, luego en el cansancio propio de los exámenes. Se hizo un test de embarazo, más por descartar lo obvio.

Dos rayas aparecieron nítidas, incuestionables.

Clara se sentó en el borde de la bañera, mirando al trocito de plástico como si fuese un portal hacia otro universo. Tercer curso. El título tan cerca. Acababan de estabilizarse. ¿Por qué ahora? ¿Cómo?

Samuel llegó tarde de la oficina; apenas la miró y supo que algo pasaba. Sin hablar, ella le entregó el test. Él lo contempló durante un tiempo que parecía ajeno al reloj, y luego levantó los ojos: los de Clara casi se detuvieron a mirar el tiempo dentro de ellos.

Tendremos al niño dijo, sereno, convencido.

Samuel, estoy en tercero… ¿y si…?

Lo tendremos insistió, asegurando sus manos. Puedes pedir la excedencia. Yo trabajo. Salimos adelante, Clara. Es nuestro hijo.

Lloró, apretada contra su pecho. De miedo, de no saber, de pura química tal vez. Y de esa felicidad inmensa que brota por la grieta más pequeña, como la hierba en el asfalto negro.

El trámite académico fue sencillo.

Mateo nació en marzo, cuando seguía quedando barro con nieve por las aceras, pero ya olía limpia la brisa de Madrid como si la primavera estuviera llamando en los parques. Tres kilos doscientos, cincuenta y un centímetros.

Clara miraba ese bultito envuelto en manta, la cara arrugada, roja, y apenas podía creerlo: era suyo, de ambos.

La felicidad le rebosaba del pecho, parecía que iba a saltársele por las costuras.

Pero los cambios llegaron silenciosos, insidiosos, como el primer frío que empaña el aire: ayer fue verano, hoy ves escapar tu vaho.

Samuel empezó a llegar cada vez más tarde. Primero media hora, luego una, luego Clara dejó de mirar el reloj. Entraba, colgaba el abrigo, esquivaba la cuna. Antes lo primero era alzar a Mateo y hacerle cosquillas, ahora apenas una sombra pasaba por el salón.

Podrías saludar a tu hijo, al menos no pudo más Clara, cierto día.

Samuel frunció el ceño, como si le hablara en otro idioma.

Está dormido. No pienso despertarle.

Mateo no dormía. Miraba con ojos grandes, oscuros, igual que su padre. Pero Samuel ni lo veía, ni parecía querer verlo.

Comenzaron los reproches. Al principio, disfrazados de comentarios casuales. Clara forzaba en su mente la posibilidad de que estaba exagerando, de que no quería entenderlo.

¿Vas a salir a la calle vestida así? le lanzó Samuel una mañana, escaneándola de arriba abajo.

Vaqueros corrientes, un jersey. Nada extraño.

¿Qué pasa?

Nada… farfulló él, poniendo una mueca.

Cada día, peor. Ya no había disimulo.

¿Has visto cómo te has puesto? soltó una noche, mientras ella se cambiaba para dormir. Hinchada y floja, como si tuvieras cincuenta y no veintidós.

El dardo le vació los pulmones. Clara se quedó en la mitad del cuarto, con un camisón viejo, incapaz de moverse. Había engordado tras dar a luz, claro, no había podido cuidar su figura ¿pero hacía falta tanta crueldad?

Samuel, acabo de tener un bebé susurró, débil.

¡Hace un año! escupió él. Otras en tres meses están como nuevas, y tú…

No terminó, palmoteó el aire y se fue. Mateo lloró en la cuna, asustado por las voces.

¡Hazle callar! gritó Samuel desde la cocina. ¡No hay quien duerma con tanto grito!

Clara tomó entre brazos a su hijo, lo meció, se sumergió en su olor tibio. Lloró bajito, lágrimas mojando los rizos del niño, los zwei danzando juntos bajo la luz apagada en la habitación.

No podía contárselo a nadie. Bueno, podría, a sus padres. Pero siempre que cogía el móvil, veía la cara de su padre. Cuida la universidad, hija. Le advirtieron, lo sabía. Ella creyó tener razón, creyó en el amor total.

¿Y ahora? ¿Llamar y confesar que se equivocó? ¿Que tenía razón el viejo? No podía imaginar las lágrimas de mamá, el silencio férreo de su padre, y cada vez devolvía el móvil a la mesa. Lo había elegido. Aguantaría.

Aquel día salió a pasear con Mateo como siempre. Dio la vuelta al bloque, se detuvo en un parque diminuto rodeado de castaños pelados. Registrando el bolso, buscando las toallitas, se dio cuenta de que se había dejado la merienda de Mateo en casa.

Volvió corriendo.

Abrió la puerta. Pensó en entrar, cogerlo y marcharse rápido. Pero en el recibidor había unos zapatos de tacón, de charol rojo, impares en su casa.

Sus pies la llevaron hacia el interior, aunque su cabeza quería huir.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta.

Vio suficiente. Demasiado. Una mujer, medio cubierta por la sábana. Y Samuel, que ni fingió sorpresa ni sentido.

La miró con fastidio, como si ella fuera una mosca molesta.

¿Y qué esperabas? escupió. Te has dejado. ¿Crees que tengo que soportar esto? Tengo veinticinco, soy un hombre hecho y derecho, y la que tengo en casa da pena.

Clara se sostuvo del marco; las piernas temblaban. La mujer en su cama recogía prendas a toda prisa.

Fuera de mi piso. Ahora mismo.

La mujer escapó sin una palabra. Samuel sonrió de medio lado.

Deja el drama. Todos lo hacen. Así se vive. No pasa nada.

¿No pasa nada?

¿De verdad piensas que tu abuelo no engañó a la abuela? Esto lo hace media España. Y las esposas aguantan, sobre todo con un hijo. ¿A dónde vas a ir, Clara, con el lastre del crío? Anda, ahórrate la tragedia.

Clara no recordaba cómo salió al recibidor. Ni cómo abrochó el abrigo a Mateo, llamando a un taxi. Miraba la calle por la ventanilla y acariciaba distraídamente la espalda de su hijo, toda ella como quemada por dentro.

La abrió la puerta su madre. Con verle la cara, bastó. La abrazó fuerte, como cuando de niña volvía lastimada al hogar.

Mamá, yo…

Luego. Ahora entra.

Su padre salió y al verlas, frunció el ceño en silencio.

¿Qué ha pasado?

Clara lo contó, entrecortada, ahogada entre lágrimas. Los reproches, el desprecio, los tacones rojos en casa. El ¿quién te va a querer, y encima con el lastre?.

El padre escuchó, en silencio. Luego tomó la chaqueta.

Vamos.

¿A dónde?

A verle.

Papá, no hace falta

Deja a Mateo con tu madre y ven.

Samuel abrió la puerta como si no esperase nada.

El padre de Clara entró, paseó la vista, habló bajísimo, voz de trueno rugiendo en la calma.

Ahora mismo haces tu maleta y te largas de la casa de mi hija. El piso lo pagamos su madre y yo. Aquí ya no eres bienvenido.

Samuel trató de reclamar derechos, bienes. El padre levantó la mano.

¿Derechos? ¿Tú también crees en los derechos? Hablemos entonces del daño, de la humillación, de las visitas de extrañas. Acercó medio paso; Samuel retrocedió. Si en media hora no te has ido, llamo a la policía. Ten por seguro que yo sí podré pagar buenos abogados, mejor no pruebes mi paciencia. Largo.

Samuel se fue, sin una palabra.

¿Por qué no viniste antes? dijo el padre, ya solos.

Pensé… Dijisteis que era mala idea. Supuse que diríais que me lo había buscado.

Su padre la volteó con un gesto. En sus ojos, Clara vio algo que la derritió por dentro.

Eres mi hija. Mi niña. Puedes venir siempre. Siempre. Pase lo que pase.

Y Clara se aferró a él y lloró, largo y hondo, dejando resbalar toda la pena de aquel tiempo.

Dos años después, Clara estaba sentada en el suelo de ese mismo piso, observando a Mateo construir una torre de cubos de colores. El diploma universitario superado a distancia, con matrícula de honor descansaba cerca. El móvil vibró con la notificación de la pensión de alimentos: euros caían, el futuro seguía.

Mateo la miró y sonrió, esa media luna que tanto recordaba al padre, pero ya no dolía.

¡Mamá, mira!

Ya veo, cariño. Qué castillo más bonito.

Por la ventana, el sol caía, tiñendo la habitación de un naranja cálido. Clara miró a su hijo y sonrió. Al final, lo consiguió. No como lo soñó, pero lo consiguió.

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¿Quién te va a querer con un hijo a cuestas?