El verano pasado, nuestro hijo viajó a pasar las vacaciones con su abuela en un pequeño pueblo de Castilla. Esperaba ese viaje con muchísima ilusión, tanto que preparó la maleta con días de antelación y salió sin fecha de regreso, con el corazón lleno de expectativas y el deseo de libertad.
Su abuela, Carmen, siempre ha sido muy generosa con él, le dedica toda su atención y le permite prácticamente todo, sin apenas normas. Cuando Diego llegó a la casa de la abuela, sintió de inmediato esa sensación de libertad absoluta. Se notaba feliz, se pasaba el año entero soñando con aquellas escapadas. Sus padres quedaban lejos, sin autoridad sobre él. Pero esa vez no fue como imaginaba.
Coincidiendo con la llegada de Diego, también volvió a la casa la tía Lucía, la segunda hija de la abuela Carmen. Lucía era una mujer inquieta, que no tenía marido y siempre se encontraba viajando por toda España por motivos de trabajo. Vacaciones tenía pocas, y rara vez podía pasar tiempo en el pueblo. Diego apenas la conocía cara a cara; a veces hablaban por videollamada, y para él, la tía Lucía era esa especie de hada que aparecía trayendo regalos, pero nunca se involucraba demasiado en su vida.
Pero ahora, obligados a compartir techo unos días, todo cambió. Lucía empezó a señalarle a Diego sus manías: no le gustaba cómo daba portazos, cómo dejaba la ropa tirada ni tampoco que estuviera pegado al móvil tantas horas. En resumen, vigilaba y corregía cualquier cosa que hiciera. Diego, molesto y sintiéndose acorralado, buscó refugio en su abuela y le dijo indignado: ¡Abuela, Lucía es muy pesada! ¿Cuándo se va a ir?
La abuela Carmen le contestó que su tía no era mala, simplemente tenía una manera diferente de educar. Le recomendó que prestara atención y mostrara respeto. Pero Diego seguía en sus trece. Cuando Lucía volvió a llamarle la atención por algo, él se plantó y, con valentía, le soltó que allí quien mandaban eran los abuelos y que ella no tenía por qué decir nada.
Lucía sonrió con paciencia, y, muy seria, le explicó durante largo rato que esa también era su casa, que tenía el mismo derecho que los demás. Aquellas palabras calaron en Diego, que, a los pocos días, decidió pedirle perdón. Desde entonces, no han vuelto a discutir.
Ahora, cuando recordamos aquella historia, nos reímos juntos. Al final, Diego entendió que en todas partes hay normas y límites, incluso en la casa de la abuela en Castilla. Y a mi hermana Lucía le recordamos, entre bromas, que sería bueno que volviera más a menudo a casa.




