¿Quién sabe hacia dónde girarán las aguas del río del destino?

¿Quién sabe hacia dónde virará el río del destino?

Durante el último mes, Rodrigo andaba sumido en sus pensamientos, más callado que de costumbre con su mujer, Asunción. Ella lo observaba inquieta y pensaba:

Seguro que está enfermo, algo le pasa Si es que dentro de unos días cumple ya cuarenta y cinco años. Y queremos celebrarlo en un restaurante. Debo llevarlo al médico, allí tengo un conocido. Mejor que se haga unas pruebas, y lo que haga falta

Compartía sus preocupaciones con su amiga de toda la vida, Pilar, quien de repente le soltó:

Mi Fede, cuando se lió con otra, también estaba raro, como si estuviera enfermo.

¡Ay, Pilar! No compares a tu Fede con mi Rodrigo le contestó Asunción, restándole importancia.

¿Y por qué no? ¿Acaso es tu Rodrigo mejor que el mío?

Pues no, la verdadsuspiró Asunción, no es mejor. Tu Federico es guapo, divertido, encantador con las mujeres, ¿o no? Pero mi Rodrigo no sabe hilar dos frases seguidas, y fui yo la que le pidió casarse cuando éramos jóvenes. Hasta me mudé yo a su casa. Si no, seguiría soltero todavía.

El año pasado, Pilar pilló a Federico con otra mujer. Asunción entonces intentó animarla:

¡Mándalo lejos y preocúpate por ti! Déjate de lágrimas y olvídate de ese traidor.

Pilar, desaforada, se soltó la melena. Expulsó a Federico de casa, se echó a los bares y terrazas de Madrid, coqueteando con todo el mundo, se cortó el pelo muy corto y repetía a todos: “He cambiado de imagen”. Asunción la miraba escandalizada. Ella sugería otras cosas: apuntarse a clases de baile, leer, aprender algo, hacer ejercicio. Pero Pilar acabó perdonando a su Fede. Eso Asunción nunca lo entendió.

Yo a Rodrigo jamás lo perdonaría se repetía Asunción a sí misma.

Asunción y Rodrigo llevaban casados casi veintiséis años. Se conocían perfectamente, habían pasado tantas cosas juntos, habían criado a sus dos hijos, y ya se acercaba la tranquila vejez. Aún no eran viejos, por eso quería organizar el gran cumpleaños de Rodrigo. Ya había hablado con la familia, pero al marido se lo diría luego.

Se casaron justo antes de acabar la universidad, se habían conocido en una acampada de estudiantes; él estudiaba Filología, ella Historia del Arte, en facultades diferentes. Descubrieron que vivían los dos en Valladolid. Casualmente, en cuarto hicieron una acampada conjunta y coincidieron junto a la hoguera. Fue Asunción la que, tras observar la timidez de Rodrigo, empezó a acercarse. Le terminó cogiendo cariño y hasta le cosía la ropa cuando se rompía. Rodrigo, por su parte, la ayudaba con la mochila. Así, poco a poco, nació la complicidad, luego el amor. Asunción tomó la iniciativa: le confesó que lo quería, y él, bajando la voz, respondió:

Asun, creo que me estoy enamorando de ti.

Pues entonces, nos vamos a vivir juntos. Yo me traigo mis cosas, y vamos al Registro Civil.

Rodrigo no protestó. Así que ella se cambió a la casa donde él vivía con su abuela Lucía. Nadie se alegró más que el padre de Rodrigo, porque su madre nunca se había llevado bien con Lucía. La abuela estaba enferma, Rodrigo se mudó con ella por compasión y ahora Asunción la cuidaba.

Rodrigo, hijo, tu Asun es un tesoro, muy apañada. Es justo lo que necesitas de mujer. Cuando os caséis, os dejo la casa le decía la abuela, contenta.

Él y Asunción se casaron pronto. Murió la abuela, nacieron sus hijos seguidos. Hoy el mayor tenía veintitrés años y el pequeño veintiuno. Su vida había pasado tranquila: veranos en Benidorm, excursiones al Pirineo, escapadas a Cádiz, alguna vez incluso a Tenerife. Sus hijos siempre iban con ellos. Pero últimamente, Rodrigo estaba ausente. Hace poco le dijo algo raro:

Asun, parece que la vida se nos ha ido y no hemos vivido nada especial.

¿Pero qué dices? replicó Asunción. ¡No hemos pasado ni un verano en casa! Hemos visto media España, incluso hemos hecho un par de viajes a Grecia. Criamos a nuestros hijos, pronto tendremos nietos

Rodrigo hizo un gesto, bajó la cabeza, y se quedó en silencio, mirándola con una expresión extraña.

Asunción seguía adelante con sus planes.

Rodrigo, ¿qué te parece si invitamos a Sergio y Carmen a tu cumpleaños? Aunque viven en Salamanca, siguen siendo nuestros amigos.

¿Cumpleaños de qué? se extrañó Rodrigo.

¡El tuyo! Dentro de nada cumples cuarenta y cinco, lo celebraremos en un restaurante.

Vaya, ni sabía que ya lo tenías organizado comentó él, otra vez con esa mirada perdida.

Ahora, sentada en su salón, sola durante horas, Asunción miraba al suelo. Ya ni lágrimas tenía.

Jamás pensé que me podía pasar esto murmuraba con angustia.

Rodrigo aquella tarde llegó pronto del trabajo, cosa rara. Últimamente se quedaba hasta tarde, y ella ya estaba acostumbrada.

Hola dijo él, sentándose en la cocina sin quitarse la cazadora de cuero.

Hola, Rodrigo. Anda, quítate la chaqueta, lávate y nos sentamos a cenar le dijo ella, con ese tono cotidiano.

Él no respondió. Bajó aún más la cabeza y susurró:

Asun… me voy de casa. Perdóname.

¿Cómo que te vas? Anda, quítate ya la chaqueta y vamos a cenar. ¿Tienes fiebre? De verdad, últimamente te noto raro No pasa nada, vamos al médico.

Rodrigo la miró a los ojos, firme.

Estoy perfectamente, Asunción. No es una cuestión médica. Es… que me he enamorado. Llevo dos años viéndome con una compañera del trabajo.

¿Una cría? saltó de pronto Asunción con amargura.

No, no es más joven. Es diferente no es una belleza, simplemente es mujer, una mujer de verdad

¿Y yo qué soy entonces para ti, Rodrigo?

Eres mi gerente, mi jefa. Actúo como tu perro, no doy un paso sin tu permiso. Me controlas en todo: desde mi ropa hasta las vacaciones, lo que como y bebo, el cumpleaños, si puedo ir a ver al Real Madrid… Tú decides por mí. Yo sólo obedezco, nunca puedo hacer nada solo, ni pensar. Llevo años sin un espacio propio, sin aire. Eso no es vida, Asunciónalzó la voz de repente, y ella se sobresaltó.

Rodrigo, siempre he querido lo mejor para ti. Me desvivía por ti intentaba ella justificarse. Pero él la cortó.

Cada euro que gano va a tus manos. Me das la paga justa para tabaco y café. Debo pedirte para invitar una caña a mis compañeros. ¿No te das cuenta de lo humillante que es eso? No puedo invitar a nadie a tomar una Estrella Galicia al salir de la oficina porque no tengo un euro encima.

Ella, casi de rodillas, lo miraba suplicante.

Rodrigo, siempre lo hemos hecho así Si quieres, cambiaremos. Podrás ir al bar los viernes, iremos juntos a fútbol, elegiremos la ropa juntos.

Él la miró con tristeza.

No entiendes nada, Asun. Lo que yo quiero es vivir de verdad, decidir por mí mismo, volver a sentirme un hombre. Esa otra mujer deja que la cuide, deja espacio para mí. Tú nunca lo hiciste.

Por primera vez, Asunción veía a Rodrigo casi rejuvenecido, como si despertara de un letargo. Supo en ese instante que de verdad estaba enamorado otra vez, como a los veinte años.

Pero no puede ser Esto no corresponde a nuestra edad ¿Qué dirá la gente? ¡Piensa en lo que dirán! Todos creen que tenemos una familia modélica balbuceó ella con la voz rota.

¿Qué gente? ¿Modélica, dices? respondió Rodrigo, sin fe en sus palabras.

De pronto, Asunción sintió que su mundo se desmoronaba, todo su sistema de vida aplastado de golpe. Ella, que no lloraba nunca, rompió en sollozos.

¿Lloras, Asun? preguntó él, perplejo.

Ella lo abrazó en un último intento. Rodrigo apartó sus brazos y, sin decir nada más, entró al dormitorio, cogió una bolsa, metió unas pocas cosas y se marchó de la casa. Asunción se quedó sola, en silencio.

Jamás imaginé terminar así, pensó. De esposa segura y acompañada, a la soledad absoluta. Y la vejez por delante…

Llamó a Pilar, quien llegó enseguida e intentó animarla.

Asun, que aún somos jóvenes. ¿Te acuerdas cuando tú me decías que hiciera cursos, que pensara en mí? Pues mira, a mí no me valieron de nada los cursos. Fede sólo tuvo una aventura, me pidió perdón y volvió. Puede que Rodrigo también vuelva, quién sabe…

Pero en el fondo Pilar no se lo creía. Rodrigo era otro tipo de hombre, nada que ver con Fede.

No, Pilar, Rodrigo no va a volver. Me ha dicho cosas muy duras. Y yo lo conozco: si se va, es para siempre.

Cuando su amiga se fue, Asunción se quedó sentada, largo rato, mirando al suelo. No sabía dónde meterse, ni cómo llenar ese hueco infinito. ¿A quién iba a cuidar ahora, a quién organizarle la vida, a quién dar órdenes? Tendría que aprender a vivir sola. O quizá el río del destino aún la llevase algún día a la orilla de una nueva vida. ¿Quién sabe?

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¿Quién sabe hacia dónde girarán las aguas del río del destino?