¿Quién sabe hacia dónde girará el río del destino?
Recuerdo que aquel último mes, Alfonso andaba distraído, reservado, apenas me dirigía la palabra. Yo, Matilde, le observaba preocupada desde la mesa de la cocina en nuestro piso de Salamanca y pensaba:
Seguro que está enfermo, algo le pasa, con lo cerca que está de cumplir los cuarenta y cinco. Que si la fiesta en el mesón con la familia y amigos, que si los preparativos Tendré que arrastrarlo al centro de salud, que allí tengo yo un amigo médico de toda la vida. Que si análisis, que si consulta, por si acaso
Más de una vez compartí mis temores y cavilaciones con mi amiga de toda la vida, Amparo, que de pronto, un día soltó:
Mi Felipe, cuando se enamoró y se lió con otra, también andaba como ausente, como si arrastrara una dolencia.
Venga ya, Amparo corté de inmediato. Cómo puedes comparar a tu Felipe con mi Alfonso.
¿Y qué? ¿Acaso es tu Alfonso mejor que el mío? replicó ella.
Pues, en realidad, no. Aunque mira, tu Felipe siempre fue un rompecorazones, simpático y de buenas palabras. En cambio, Alfonso nunca ha sido muy hablador. Hasta para casarnos fui yo la que le sacó el sí, quiero. Y si no hubiese sido yo quien se mudó con él de recién licenciados, seguiría soltero y desorientado, seguro.
Hace justo un año, Amparo pilló a Felipe con otra mujer. Fui yo quien la consoló entonces.
Déjalo, mujer, ocúpate de ti, sal más, apúntate a algún curso, renueva tu vida, haz deporte, anímate y mándalo a paseo.
Pero Amparo cruzó esa línea a su manera: lo echó de casa, sí, pero pronto llenó su tiempo con copas y charlas en bares, flirteando sin freno, se cortó el pelo cortísimo diciendo a todos he cambiado de estilo, y yo alucinaba. No era eso lo que quería decirle, sino que aprendiera algo nuevo o se apuntara a baile flamenco, por ejemplo.
Al final, Amparo perdonó a Felipe. Yo jamás comprendí aquello.
Yo, a Alfonso, nunca sería capaz de perdonarle una traición pensaba entonces.
Llevábamos Alfonso y yo casi veintiséis años juntos, y nos conocíamos como la palma de la mano. Habíamos criado a dos hijos varones, forjado una vida tranquila en nuestra casa, construida primero con esfuerzo y luego con paciencia. Ahora, ya pensaba en la jubilación y en la calma de los años dorados. Preparaba en secreto su fiesta de cumpleaños; hasta consulté a los primos y tíos, después se lo comunicaría.
Nos casamos justo al acabar la universidad. Nos conocimos en una salida de senderismo por la Sierra de Gredos; él estudiaba Historia y yo, Filología. Vivíamos ambos en Salamanca, aunque entonces no nos conocíamos. La excursión fue conjunta, y en torno al fuego me fijé yo primero en aquel Alfonso tímido, siempre pensativo. Pronto, casi sin darnos cuenta, nos volvimos inseparables. Yo le remendaba la camisa cuando se la rompía entre arbustos y él cargaba mi mochila. Y así, entre paso y paso, nuestra amistad se transformó en algo más profundo. No me corté: fui la primera en declararme. Poco después, él lo reconoció con apenas un susurro:
Matilde creo que yo también me he enamorado de ti.
Pues entonces tocaría empezar a vivir juntos, llevo mis cosas contigo y formalizamos en el registro civil no se opuso.
Y así fue. Me mudé al pequeño piso donde Alfonso vivía con su abuela Carmen. El que más se alegró fui el padre de Alfonso, porque cuidábamos entre los dos de la abuela. Su madre, en cambio, nunca congenió con la suegra y por eso Alfonso decidió vivir con ella y cuidarla. Pero después, toda la responsabilidad cayó en mí.
Alfonsito, hija, qué suerte la tuya con Matilde, la chica más apañada y diligente que he visto. Es lo que te hacía falta. En cuanto os caséis, el piso será vuestro. Cuídala mucho.
Poco después nos casamos. La abuela falleció, y los hijos vinieron uno detrás de otro, criando a Javier y Rodrigo con ese ir y venir de vacaciones y domingos en familia. Toda una vida en común, funcionando como un buen reloj.
Últimamente, sin embargo, Alfonso estaba distinto. Un día, por fin, se atrevió a decir:
Matilde, parece que ha pasado la vida en vano, no hemos visto nada realmente bueno en ella, mi madre.
Salté indignada:
¿Cómo puedes decir eso, Alfonso? Si no hemos pasado un verano en casa, hemos ido al Cantábrico, a la Costa del Sol, por Castilla arriba y abajo, fuimos hasta Galicia, incluso un par de veces a las islas. Hemos criado a los niños, pronto llegarán los nietos
No es eso respondió con gesto vago y se quedó mirando al suelo.
Seguía yo a lo mío:
Oye, Alfonso, ¿y si invitamos a nuestros amigos Tomás y Lucía de Sevilla? Aunque estén lejos, son parte de nuestra historia.
¿A qué los quieres invitar? preguntó extrañado.
Pues a tu cumpleaños, el de los cuarenta y cinco, celebramos en el mesón ya mismo.
Ah, ni me había enterado de que lo habías decidido otra vez esa mirada extraña, como si hubiese un secreto entre nosotros.
Aquel día, llevaba sola horas sentada en el salón, viendo pasar el atardecer sobre los tejados, sin lágrimas pero con un vacío incómodo.
Jamás pensé que me ocurriría algo así me repetía.
Alfonso regresó temprano del trabajo, lo cual era toda una rareza tras meses quedándose hasta tarde. Dejó la cazadora de cuero sin ni siquiera quitarse los zapatos y se dejó caer en la cocina.
Buenas musitó y se sentó pesadamente.
Buenas tardes, hombre, quítate la cazadora, lávate las manos y ven a cenar yo, como siempre, en mi papel.
Pero Alfonso no contestó. Bajó la mirada y, después de un largo silencio, me dijo en voz baja:
Matilde, me voy de casa. Perdóname.
¿Cómo que te vas? ¿A dónde vas a ir? Anda, hombre, quítate la cazadora, que pareces enfermo si sospecho últimamente intenté bromear.
Levantó la cabeza muy serio y me miró a los ojos.
Estoy perfectamente sano, esto no tiene que ver con doctores. Verás, Matilde estoy enamorado, llevo dos años viéndome con una compañera del trabajo.
Así que has encontrado a una jovencita le solté, encendida.
No, no es más joven, ni es una belleza. Es, sencillamente, una mujer de verdad…
¿Y yo qué soy entonces, Alfonso? me dolió en lo profundo.
¿Tú? hizo un gesto raro con la cabeza, como si escapara de sí mismo. Tú eres mi jefa, Matilde. Yo no doy un solo paso sin que tú lo decidas; eliges mis camisas, cómo celebramos el cumpleaños, dónde vamos o qué cenamos. Ni siquiera puedo ir al fútbol con los amigos, porque nunca ves el motivo. Y a mí me gusta.
Pero, Alfonso, yo solo quiero lo mejor, siempre he cuidado de ti…
Todo el dinero que gano lo entrego a tus manos, tú lo repartes y a mí me das para el café y para el tabaco, ni para tomarme una caña con mis compañeros me llega. ¿No comprendes lo humillante que puede ser eso para un hombre? me miraba con una serenidad cortante.
Me arrodillé frente a él, buscando sus ojos.
Si quieres, empezaré a darte más dinero, irás con tus amigos donde desees, iremos juntos a ver el Salamanca o al Bernabéu si hace falta, ¡hasta podrás elegir tú tu ropa!
Volvió a aquel gesto distante.
Matilde, no es eso. No entiendes nada alzó la voz. Nunca le había visto así. Quiero respirar, elegir, existir sin el peso de tus manos en mi vida. No quiero que todo esté decidido antes de abrir la boca. Tu amor es como una jaula buena, pero jaula al fin. Quiero recuperar mi sitio, mi espacio. La otra mujer ella deja que la cuide, me permite ser quien soy.
Yo nunca había visto a Alfonso así. Se le iluminaban los ojos de la vida que había perdido. Comprendí, entonces, que estaba enamorado como en nuestra juventud.
Pero esto no puede ser, Alfonso ¿A nuestra edad? Qué vergüenza pasaría yo si se supiera. ¿Qué va a decir la gente? dije, quizá más para convencerme a mí misma.
¿La gente? ¿Cuál gente? ¿Qué familia feliz, Matilde?
De pronto supe que aquello era una rebelión en toda regla, y supe que nunca podría hacer nada para retenerlo. Lloré, aunque nunca lo había hecho antes así.
¿Estás llorando, Matilde? me sorprendió Alfonso.
Le abracé, buscando retener algo de lo que se iba. Pero él, firme, apartó mis manos, recogió un par de camisas y el neceser, y salió del piso con una maleta. Me quedé sola, rodeada por ese extraño silencio de las casas donde ya no vive nadie más.
Jamás imaginé, pensaba, que la vida podía dar semejante giro. Que, después de tanto, una mujer con buena vida y familia pudiera de pronto ver ante sí el futuro como un páramo helado. ¿Qué haré ahora, si ya ni siquiera tengo a quién cuidar, para quién decidir, a quién dar una orden?
Llamé a Amparo, que vino enseguida a consolarme.
Venga ya, Matilde, ¿pero qué años tenemos nosotras? Si aún nos queda vida. Sabes, recuerdo cuando me insistías en que me apuntara a cursos, y jamás los usé al final mi Felipe volvió a mi lado, era solo una tontería. Quizá Alfonso también regrese, ¿quién sabe? aunque en su voz faltaba convicción; ella bien sabía que Alfonso no era como Felipe.
No, Amparo. El mío no vuelve. Lo conozco demasiado. Se ha marchado de verdad.
Cuando Amparo se fue, me quedé mucho rato con la mirada perdida. No sabía qué hacer con mi tiempo, ni a quién dedicarlo. Tendría que acostumbrarme a estar sola O quién sabe, quizá el río de mi vida aún diera otra vuelta y me llevase a alguna otra orilla.




