¿Quién sabe hacia dónde doblará el río del destino?
El último mes, Ramón había estado ausente, con la mirada perdida y las palabras contadas. Isabel, su mujer, lo observaba con preocupación, preguntándose en silencio:
Seguro que está enfermo, algo tiene que pasarle. Pronto cumplirá cuarenta y cinco, y hemos planeado celebrárselo en una taberna. Voy a tener que llevarle al médico, conozco a uno que nos miraría bien. Le harán unas pruebas… y lo que haga falta
Isabel compartía sus inquietudes con su mejor amiga, Inés, quien, de repente, le soltó:
Cuando mi Pablo se enamoró de otra, iba como un alma en pena. Como si estuviera enfermo también.
No digas tonterías, Inés. No compares a tu Pablo con mi Ramón le replicó Isabel, intentando zanjar el tema.
¿Y qué tiene el tuyo que no tenga el mío?
Precisamente, nada. Tu Pablo es guapo, un donjuán, tan simpático… ¿Pero el mío? Ramón es callado, torpe para las palabras. Hasta fui yo quién le propuso casarnos, y si no me llego a mudar con él, seguiría siendo un soltero solitario.
El año pasado, Inés encontró a Pablo con otra mujer. Isabel, entonces, intentó consolarla:
Déjalo y cuida de ti, olvídate de ese ingrato y empieza de nuevo.
Inés, cegada por la rabia, lo echó de casa, comenzó a frecuentar bares y tabernas, coqueteaba con todos, se cortó el pelo y contaba que era por cambiar de imagen. Isabel la miraba horrorizada, no era lo que le había aconsejado. Pensaba en algo más tranquilo: apuntarse a clases de baile, o aprender inglés, o ir al gimnasio.
Pero al final, Inés perdonó a Pablo. Isabel no comprendía esa reacción.
Yo a Ramón nunca se lo perdonaría pensaba.
Ramón y ella llevaban casados casi veintiséis años. Se conocían a la perfección, compartían una vida entera junto a sus dos hijos. Isabel sentía que pronto les esperaba una vejez tranquila. Si aún no eran mayores, total, ya estaba todo planeado para el cumpleaños, incluso hablado con la familia. Lo demás, se lo contaría luego.
Se conocieron poco antes de acabar la universidad, durante una excursión de senderismo. Aunque estudiaban en facultades distintas, vivían en el mismo barrio de Madrid. Aquella noche, junto a la hoguera, Isabel reparó en ese muchacho tan humilde. Al principio, le costó acercarse, pero pronto se volvieron inseparables: Ramón cargaba su mochila, Isabel le cosía los botones y cuidaba de él.
Pronto, la amistad se convirtió en algo más. Fue Isabel la valiente que confesó primero su amor, y Ramón, tímido, respondió:
Isabel, creo que yo también estoy enamorado de ti.
Pues entonces, vamos a vivir juntos. Llevaré mis cosas a tu casa, y pedimos hora en el registro civil y él, sin dudar, aceptó.
Así, Isabel se mudó al piso donde Ramón vivía con su abuela Pilar. Quien más lo celebró fue el padre de Ramón, pues la madre y la abuela nunca se llevaron bien. Al negarse a cuidar a la suegra, la madre se alejó, dejando a Ramón al cuidado de doña Pilar. Pero pronto Isabel se encargó de todo.
Ramoncito decía la abuela, tu Isabel es un tesoro. Trabajadora y resuelta, hace que todo funcione. ¡No la dejes escapar! Cuando os caséis, el piso será vuestro. Cuida bien de Isabel.
Pronto se casaron. La abuela falleció, y nacieron los dos hijos: el mayor ya tenía veintitrés, el pequeño veintiuno. Sus vidas eran serenas, las vacaciones siempre juntos: veranos en la costa de Valencia, excursiones a Galicia e incluso viajes a Mallorca y dos veces a Tenerife. Pero últimamente, Ramón parecía apagado. Y días atrás, dijo sin avisar:
Parece que hemos vivido una vida entera y, sin embargo, no hemos hecho nada realmente memorable, Isa.
Isabel protestó:
Pero Ramón, ¿de qué hablas? ¡Si nunca hemos estado parados! Fuimos a Barcelona, a Sevilla, al norte, hasta cruzamos el charco. Hemos criado a nuestros hijos, pronto llegarán los nietos.
Él, resignado, sólo movió la mano y cayó en silencio, con una expresión que a Isabel le resultó extraña, pero no le dio más vueltas.
Ella tenía la cabeza en los preparativos.
Ramón, ¿y si invitamos a Jorge y Carmen a la fiesta? Aunque viven ya en Burgos, son amigos de toda la vida.
¿Qué fiesta? preguntó Ramón, desconcertado.
Tu cumpleaños, hombre, ¡el de los cuarenta y cinco! Lo vamos a celebrar por todo lo alto.
¿Sí? No sabía yo que eso estaba ya decidido respondió con la misma mirada extraña.
Ya llevaba Isabel horas sentada sola, mirando al suelo. No le caían lágrimas, pero por dentro sentía una tormenta.
Jamás pensé que esto pudiera pasarme rumiaba.
Ramón llegó más temprano de trabajar aquella tarde, algo inusual, pues se había acostumbrado a verle llegar siempre tarde el último año y medio.
Hola saludó desde la cocina, ni se quitó la cazadora.
Hola, Ramón. Anda, deja la chaqueta, lávate las manos y vente a cenar le dijo ella con misma rutina de siempre.
Ramón bajó la cabeza, mudo.
Isabel, me voy de casa. Perdóname.
¿Cómo que te vas? Anda, venga, deja el drama. Si no estás bien, vamos al médico. Ya sabes que llevo tiempo pensándolo…
Ramón la miró a los ojos, más firme que nunca.
Estoy sano, es otra cosa. Me he enamorado, Isabel. Llevo dos años viéndome con una compañera de mi oficina.
Te has buscado una jovencita saltó Isabel, cortante.
No, ni es joven ni es una belleza, pero es una mujer, una mujer de verdad…
¿Y yo qué soy entonces? preguntó Isabel, herida.
Tú eres hizo una pausa como quitándose un peso mi ama Yo sólo sigo tus órdenes. No puedo dar un paso sin tu permiso. Tomas todas las decisiones: la ropa, las vacaciones, la comida, cómo celebrar el cumpleaños… Ni me dejas ir a ver un partido de fútbol, porque dices que es una pérdida de tiempo, y yo adoro el fútbol.
Pero Ramón, si sólo quiero lo mejor para ti… yo sólo me ocupo de ti.
Él la interrumpió.
Todo lo que gano va a tus manos, tú dispones de los euros. Cuando necesito para un café o unos cigarrillos, me los das tú. ¿Te has parado a pensar lo que eso significa para un hombre? No puedo quedar con mis compañeros en un bar, ni tomarme una caña después del trabajo. Porque nunca llevo dinero, Isa lo decía bajo y calmado, sin gritar.
Isabel se arrodilló a su lado, buscando sus ojos como si pudiera leerlos.
Si todo esto te molesta, empezaré a darte dinero para que salgas los viernes con tus amigos, iremos juntos al fútbol, comprarás tú mismo tu ropa. Ramón, podemos cambiar…
Él la miró como si ya estuviera a años luz de allí.
No, Isabel, no entiendes nada alzó la voz y ella se sobresaltó. Yo quiero respirar, vivir mi vida, tomar mis decisiones, ser yo quien elija. Nunca voy a ningún sitio sin ti. No tengo espacios propios, ni tiempo para mí. Te impones y yo no puedo rebelarme. Pero basta, todo tiene un final. Me siento inválido, eres mi tutora y yo sólo obedezco.
Dios mío, Ramón ¿y ella no es así? preguntó Isabel con un nudo en la garganta.
No, no lo es. Ella deja que la cuide, que sea hombre, ¿entiendes? Isabel nunca había visto a Ramón así, tan encendido, tan vivo recordó su mirada adolescente, lo comprendió: realmente estaba enamorado, como hacía treinta años.
Esto no puede ser, pensaba Isabel, a nuestra edad… ¿Qué se ha creído? ¡Dios! pero sólo susurró: Por un capricho pasajero vas a romper una familia. ¿Qué dirá la gente? ¡Despierta, Ramón! Todos creen que somos la pareja perfecta.
¿La gente? ¿Qué pareja perfecta, Isa?
De repente, comprendió que su marido se le había rebelado. Rompía todas sus seguridades, y ella no encontraba forma de recuperarlo. No pudo evitarlo: rompió a llorar por primera vez en su vida adulta.
¿Estás llorando, Isa? se sorprendió él.
Ella lo abrazó, suplicante, pero Ramón le apartó las manos, fue al dormitorio, metió cuatro cosas en una maleta y salió sin mirar atrás. El silencio se adueñó de la casa.
¿Cómo iba a imaginar que la vida me golpearía así, que pasaría de ser una mujer casada y tranquila, a una soledad desgarradora, con la vejez a la vuelta de la esquina?
Isabel llamó a Inés, que llegó corriendo a consolarla.
Isa, aún somos jóvenes. ¿Recuerdas lo que me decías tú? Que me apuntara a clases, pues mírame, no me hizo falta. Pablo volvió porque sólo fue un desliz y me quiere de verdad. ¿Y sabes qué? Quizás Ramón regrese,… Aunque, bueno, él siempre fue diferente, más serio que mi Pablo.
No, Inés, Ramón no volverá jamás. No después de todo lo que me ha dicho hoy. Hay que conocerle para saberlo.
Cuando su amiga se fue, Isabel se quedó sola mucho rato, mirando al vacío. No sabía qué hacer, ni a quién cuidar ahora, ni a quién mandar. Le tocaría acostumbrarse a la soledad. O quizás, quién sabe, el río del destino la arrastraría hacia una nueva orillaLas semanas pasaron, lentas y vagas como una nube baja. Isabel dormía poco y comía menos; andaba por la casa en bata, recogiendo tazas, pasando la mano por el respaldo de sillas vacías. Al principio, mantenía la puerta abierta por las tardes, como si alguien fuera a aparecer de improviso. Luego la cerró y dejó de esperar.
Una mañana, mientras ordenaba el armario de Ramón y encontraba una vieja camiseta de fútbol, Isabel se sentó en el suelo y sostuvo la prenda entre las manos. Lloró, pero ya no por él, sino por sí misma, por todo lo que nunca se había permitido sentir, por cómo se había construido una vida de rutinas y certezas. Recordó, de golpe, las tardes en que soñaba con ir a conciertos, aprender a pintar, perderse después de una tormenta en algún bosque, nada de eso vivido.
En la soledad inmensa, las voces de sus hijos la sacaron del letargo, llamaron preocupados, organizaron visitas, le insistieron: Mamá, ¿por qué no sales con tus amigas? ¿O apúntate al gimnasio como querías? La idea le parecía ajena, ridícula, pero una noche se miró en el espejo: el rostro cansado, pero no vencido; los ojos, como brasas bajo cenizas.
Aquel viernes, se puso un vestido azul, el que siempre dejaba para ocasiones especiales. Abrió la ventana y dejó entrar el aire fresco. Sin pensarlo mucho, llamó a Inés. Fueron juntas a aquel bar nuevo del barrio. Isabel pidió una copa de vino, y mientras la música sonaba, miró alrededor. Había vida. Había hombres y mujeres solos y juntos, todos un poco perdidos y un poco buscando.
Inés reía a carcajadas contando anécdotas. Isabel, sin darse cuenta, se reía también. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligera, sin el peso de cuidar, controlar, planear para otro. Sólo ella y su risa nueva, apenas un esbozo titubeante de libertad.
Aquella noche, ya en la cama, sintió miedo, pero también algo parecido a esperanza. La casa vacía respiraba profundo, y en el silencio Isabel, como si se hablara a sí misma, musitó: “Quizás el río del destino doble para mí también. Quizás aún pueda aprender a bailar bajo la lluvia.”
Y, con los ojos cerrados, dejó que el sueño la envolviera, sin pasado ni futuro, sólo un presente abierto y brillante, listo para ser vivido.




