¿Quién sabe hacia dónde girará el río del destino?

Quién sabe a dónde nos llevará la corriente del destino

Durante el último mes, he notado en mí un aire distraído, reconozco que me costaba hablar con mi esposa Asunción. Ella me miraba de reojo y pensaba:

Seguro que está enfermo, se nota que algo no va bien, y pronto cumple cuarenta y cinco años. Íbamos a celebrar el cumpleaños en un restaurante. Tendría que llevarle de la mano al médico, tengo un amigo que es especialista. Habrá que hacerle análisis, lo que toque…

Asunción compartía sus preocupaciones con su amiga de toda la vida, Rosario, y ésta soltó de pronto:

Cuando mi Santi se enamoró de otra, se puso igual de raro y ausente.

¡Ay, no digas tonterías, Rosi! No puedes comparar a tu Santi con mi Eugenio se defendía Asunción.

¿Y qué tiene tu Eugenio que no tenga el mío?

Pues eso, que no tiene. Tu Santi es un conquistador, siempre de cachondeo y haciéndose el interesante, ¿o no? En cambio, Eugenio no es capaz de hilar dos frases seguidas, hasta fui yo quien le pidió casarse conmigo. Y si no llego a mudarme a su casa por mi cuenta, seguro que aún seguiría soltero.

El año pasado, Rosario pilló a Santi con otra mujer. Asun le animaba:

Déjale ya, céntrate en ti misma, vete a hacer cursos o bailes, haz deporte, espabila y deja de llorar. Saca ese traidor de tu vida.

Pero Rosario se lanzó a la juerga. Echó a Santi, se fue de bares y discotecas, flirteando con hombres a derecha e izquierda, se cortó el pelo y a todo el mundo decía: He cambiado de imagen. Asun la miraba horrorizada, no era eso lo que le quería decir cuando hablaban de cuidarse. Ella pensaba más en cosas como apuntarse a un curso, aprender cocina, algo de yoga.

Pero Rosario acabó perdonando a Santi. Asunción nunca lo comprendió del todo.

Yo a Eugenio jamás se lo perdonaría pensaba.

Llevábamos juntos casi veintiséis años. Nos conocemos de sobra, hemos pasado por mucho, criado a dos hijos, y casi tocamos ya la jubilación. Aunque aún nos sentimos jóvenes, había que preparar ya la celebración del cumpleaños con la familia, y a él se lo comentaría más adelante.

Nos casamos justo al terminar la universidad. Nos conocimos en una acampada. Estudiábamos en facultades diferentes, pero curiosamente vivíamos en el mismo Madrid. El viaje surgió al final del cuarto curso, y aunque no fuimos muchos, allí fue donde reparé en el tímido Eugenio. Al principio me daba vergüenza, pero al final nos fuimos acercando poco a poco, hasta adopté cierto aire protector con él, llegué incluso a coserle la camisa cuando se enganchó en una rama.

Eugenio llevaba mi mochila pesada como un caballero, y así, entre paseos y cenas, nació el cariño y luego el amor. Yo di el primer paso, le confesé mis sentimientos. Él, tras un tiempo, me soltó:

Asun, creo que yo también siento lo mismo por ti.

Pues entonces deberíamos vivir juntos. Me traigo mis cosas y vamos al Registro Civil él no puso pegas.

Así trasladé mis cosas al piso donde vivía Eugenio con su abuela Carmen, que estaba muy mayor. El padre de Eugenio fue el más contento cuando me instalé, porque la madre y la abuela nunca se llevaron bien, y ella no quería cuidar de la suegra. Eugenio, buena persona, se mudó con su abuela para atenderla, y yo terminé encargándome de ella.

Eugenio, tu Asunción me gusta mucho, es muy apañada, lo tiene todo controlado, así es como debe ser una mujer decía la abuela Carmen. Cuando os caséis, os dejo el piso. Cuídala bien.

Al poco tiempo nos casamos. Después falleció la abuela. Vinieron los hijos, uno tras otro. Hoy el mayor tiene veintitrés, el pequeño veintiuno. Nuestra vida fue tranquila: vacaciones por la Costa del Sol, escapadas a Galicia, algún que otro viaje a Tenerife e incluso cruzamos una vez a Marruecos. Los niños siempre con nosotros. Pero últimamente yo ya no era el de antes. Y hace poco me noté diciendo en voz alta:

Asun, parece que hemos pasado la vida sin nada grandioso, solo rutinas ella se enfadó conmigo.

¡Cómo que nada, Eugenio! Nunca pasamos un verano encerrados en casa, estuvimos en la sierra, en la playa, de aquí para allá; criamos a los chicos, en nada llegan los nietos.

No hablo de eso, Asun le contesté con desgana, y ella ni le dio importancia.

Ella andaba a sus planes.

Eugenio, ¿qué te parece invitar a Luis y a Martita a tu cumpleaños? Aunque están en Barcelona, son de la familia.

¿Qué cumpleaños? me sobresalté.

¡El tuyo! ¡El de los cuarenta y cinco! Que lo vamos a celebrar en un restaurante chulísimo.

Ah, ¿y yo no sabía nada de eso? volví a mirarla raro.

Y así, Asunción llevaba ya horas sentada en el sofá, absorta, sin lágrimas.

Nunca pensé que esto me pudiera pasar decía para sí.

Hoy he regresado antes de trabajar, ni ella lo esperaba, últimamente siempre volvía tarde, estaba acostumbrada.

Hola entré en la cocina, ni siquiera me quité la chaqueta.

Buenas, Eugenio. Quítate ya la cazadora, lávate las manos y a cenar dijo, como siempre.

Yo me quedé sentado, la cabeza gacha.

Asun, me voy de casa, perdóname dije en voz baja.

¿Cómo que te vas? Vamos, quítate esa chaqueta ya. ¿Te encuentras mal? Yo lo sospechaba últimamente… Mira, mañana pedimos cita al médico…

Le levanté la mirada.

No es eso. Estoy bien. Verás, hace dos años que estoy enamorado de una compañera del trabajo.

¿Te has buscado una niña? preguntó de golpe Asun.

No, no es más joven, es una mujer como cualquier otra… ni guapa ni nada, solo una mujer una mujer de verdad.

¿Y yo qué soy, Eugenio? me espetó.

¿Tú? hice un gesto como apartando un peso de encima. Tú tú eres mi jefa, y yo he sido como tu perro atado. No puedo dar un paso fuera de ti. Decides tú siempre: dónde viajo, qué ropa visto, si puedo salir a tomar algo, hasta el fútbol me prohibiste porque decías que era una pérdida de tiempo, y a mí me encanta el fútbol.

Pero, Eugenio, si yo solo quiero lo mejor para ti, si todo lo hago por ti intentó defenderse.

La interrumpí.

Todo el sueldo va a tus manos, y tú decides qué hago con él. Me das dinero justo para cigarros y café. ¿Nunca te has planteado lo humillante que es eso para un hombre? No puedo ni irme a tomar una caña después del trabajo porque nunca tengo ni un euro en el bolsillo.

Asunción se agachó delante de mí, buscándome la mirada.

Eugenio, así ha sido siempre, ¿por qué te rebelas ahora? Si de verdad quieres, te aparto un dinero para tus viernes, vamos juntos al fútbol, y nos vamos de compras para que elijas tu ropa.

Volví a mirarla extraño.

Asun, sigues sin entenderlo levanté la voz por primera vez, ella se quedó pasmada. Yo quiero respirar tranquilo, decidir por mí mismo, comer lo que me gusta, tener mi espacio. Nunca estoy solo, siempre bajo tu supervisión, tú impones tus ideas y deseos y yo he ido cediendo. Pero todo tiene un final. He sido como un incapaz, y tú como mi tutora, decidiendo por mí.

¿Y esa mujer no hace lo mismo? preguntó con voz temblorosa.

No, ella es una mujer de verdad Asun lo notó en mis ojos, cómo brillaban al hablar de Sara. Ella me deja cuidarla, me hace sentir hombre, ¿comprendes?

Nunca me había visto así, tan sereno y decidido. Me sentía ilusionado, como en la juventud.

Pero, por Dios, Eugenio, eso no es propio de nuestra edad ¿Qué haces? ¿Qué dirán de nosotros? ¡Todos piensan que somos la pareja ideal!

¿Qué más da el qué dirán, Asunción? ¿Qué familia ideal?

Ella entendió de repente que yo me había revelado contra mi destino, que mi revolución era verdadera. Y se echó a llorar, algo que nunca había hecho.

¿Lloras, Asun? quedé perplejo.

Me abrazó. Pero yo fui frío, le aparté los brazos, entré en nuestra habitación, metí en una maleta algunas cosas y salí con ella por la puerta. Asun se quedó sola en el silencio.

Jamás me imaginé que el destino giraría de tal forma que, siendo una mujer casada y estable, acabaría sola ante la vejez, pensaba para mí. Quién iba a decir que tendría que aprender a vivir en soledad

Llamó a Rosario, que vino enseguida y la intentó animar.

Anda, Asun, que aún tienes mucho camino por delante. ¿No te acuerdas de lo que me decías? Los cursos al final no me sirvieron, Santi tuvo su lío pero volvió conmigo porque no va a encontrar otra mejor. Igual el tuyo regresa, nunca se sabe.

No, Rosi, Eugenio se ha ido y no volverá Lo que me ha dicho hoy no tiene vuelta atrás, tienes que conocerlo para saberlo.

Tras irse la amiga, Asun se quedó mirando el suelo, sin saber a qué agarrarse ni en qué ocuparse. ¿A quién iba a cuidar ahora, a quién mandar, a quién organizarle la vida? Le tocaría acostumbrarse a la soledad. Tal vez la vida le depare otro rumbo, quién sabe en qué orilla acabará la corriente de su destino.

Hoy me llevo una lección. Jamás hay que olvidar que todos nuestro caminos, por más rectos que parezcan, están llenos de curvas imprevisibles y el respeto y la libertad son más importantes, incluso, que la costumbre o el cariño.

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