Quién pudiera recibir ayuda así: una historia sobre suegras, madres, y aprender a poner límites en familia en España

Olaya, que hoy voy para tu casa, te echo una mano con los peques.

Olaya sujeta el móvil con el hombro mientras intenta calmar a un Darío que no deja de llorar.

Doña Teresa, gracias, pero de verdad que nos apa…

Tonos cortos. Su suegra ya ha colgado.

En el salón, se oye un estruendo: Nico acaba de volcar la caja de construcciones y Lucía empieza a reír a carcajadas lanzándolas por el aire. Darío berrea como si llevara horas sin comer… aunque acabó el biberón hace apenas veinte minutos.

Olaya lanza una mirada a Ricardo, sentado en el sofá totalmente absorto en el móvil, fingiendo mucho interés por la pantalla. Demasiado.

Has llamado a tu madre.

No es una pregunta. Es una afirmación.

Ricardo se encoje de hombros, sin levantar la vista.

Bueno… sí. Es que te veo agotada, y mamá nos puede ayudar…

Olaya quiere decir que puede con todo, que no necesita ayuda, que en los tres meses desde que nació Darío ha conseguido mantener la casa, alimentar a los tres niños e incluso dormir a ratos. Pero Darío rompe a llorar de nuevo y ella solo se retira al dormitorio a mecer al niño y mentalizarse para la inminente llegada de Teresa.

La suegra aparece justo antes de la comida, con dos maletas enormes y cara de quien viene a salvar un naufragio.

Pero Olaya, ¡si hasta la cara tienes mala! exclama Teresa pasando revista a la casa con una mirada implacable. Y este desorden… No pasa nada, ahora que estoy aquí vamos a poner todo en orden. Todo va a ir bien.

Al final del primer día Olaya ya lamenta no haber cerrado la puerta con llave.

¿Eso qué es? Teresa observa con desconfianza la tabla de cortar donde Olaya trocea calabacín.
Pisto. A los niños les encanta.
¿Pisto? pronuncia la palabra como si fuese veneno. No, no, no. A Ricardo le gusta el cocido, el de mi receta. Anda, quítate, que lo hago yo.

Olaya retrocede de la encimera, apretando el cuchillo en la mano.

A la mañana siguiente, Teresa despierta a Olaya a las siete, aunque Darío se durmió a las cinco.

¡Olaya! ¿Así vistes a los niños? ¿Esto qué es, el circo?

Nico y Lucía, en sus monos favoritos uno amarillo chillón, el otro rojo. Olaya los eligió precisamente para poder ver a los mellizos desde lejos en el parque.

Están bien vestidos.
¿Bien? ¿Eso crees? Teresa ya ha desenterrado de su maleta unos pantalones grises y unas sudaderas beige. ¡Parecen loros! Además, en la calle hace fresco, se van a constipar. Les he traído ropa de abrigo.
Están cómodos con…
Olaya Teresa se irguió, brazos cruzados y lágrimas en los ojos. He venido a ayudar y tú solo me llevas la contraria. Yo he criado a Ricardo, sé cómo se hace. Pero tú… no me respetas, no aprecias nada.

Teresa da un respingo fingiendo el mayor de los desprecios.

Ricardo asoma la cabeza por la puerta de la habitación, mira a su madre y luego a Olaya.

Mujer, ¿otra vez? susurra a su esposa. Mi madre solo quiere lo mejor. Ojalá todos tuviésemos esa ayuda.

Olaya calla. Cambia a los mellizos, les pone los colores neutros, sonríe a Teresa… y se rompe un poco más por dentro.

Al final de la semana, el piso es territorio de Teresa. Ha cambiado la cuna de sitio en la habitación así está mejor, los horarios de los niños giran ahora en torno al de la suegra, y Olaya da los biberones bajo la mirada escrutadora de Teresa y sus comentarios sobre el ángulo correcto. Ricardo desaparece al balcón cada media hora, mirando al jardín como si nada ocurriera.

Olaya no duerme. Por la noche, boca arriba, cualquier sonido del pasillo la pone en tensión: ¿Será la suegra, vendrá a controlar si duermen rectos los nietos?

Por la mañana se levanta temblando, el café no le sirve de nada.

El jueves por la noche, Olaya abre el armario de la comida infantil y se queda bloqueada. Está vacío.

Teresa sale a la cocina, donde la suegra corta repollo para otro cocido, ¿dónde está la leche de Darío?
Esa porquería la tiré dice Teresa sin mirar. Eso es química, leí que es fatal. He comprado una buena, de verdad.

Señala el bote en la mesa.

En la mesa hay una lata barata, justo esa que le dio una reacción alérgica a Darío hace un mes.

Mi hijo es alérgico a esa marca.
Bobadas zanja Teresa. Fue porque tú no le dabas bien de comer. Esta vez va a estar bien ya lo verás.

Olaya mira la lata, a la suegra que sigue picando verdura, y piensa en Ricardo, que seguramente sigue en el balcón. Algo hace clic dentro, suave, pero definitivo.

Cuarenta minutos después Olaya está en un taxi, con Darío en su regazo. Nico y Lucía, con sus monos coloridos sacados a escondidas bajo la ropa impuesta por la suegra, miran por la ventanilla. En el maletero, una sola bolsa con lo imprescindible.

Nada más llegar a casa de su madre, Olaya se derrumba en el portal.

Mamá, no puedo más. No puedo seguir viviendo así…

Su madre la abraza y la lleva a la cocina, le sirve una taza de té, le acaricia el pelo mientras Olaya llora, ahogando las lágrimas en la bebida.

Tranquila, hija. Aquí vais a estar bien. Os quedáis conmigo el tiempo que haga falta.

El móvil vibra desde las once de la noche hasta las tres de la mañana.

¡Olaya, pero qué te pasa! grita Ricardo al teléfono. ¡Mi madre está histérica! Solo quería ayudar, ¡si todo lo hace por nosotros!
¡Yo solo quiero poder vivir tranquila! Olaya le contesta a media voz para no despertar a los niños. ¡Tiró la leche! ¡Darío no puede tomar eso que tu madre considera bueno!
¡Eso son exageraciones tuyas! ¡Mi madre sabe mejor que nadie, siempre lo ha hecho!
Pues que se mude contigo entonces.
¡Eres una desagradecida! Ricardo masculla. Sin mi madre no podrías con todo. Vuelve a casa, ahora mismo.
Hasta que esa mujer no se vaya, no pienso regresar.

Silencio al otro lado. Luego, Ricardo remata:

Haz lo que quieras y cuelga.

A la mañana siguiente, Olaya acude al Registro Civil y pide el divorcio.

A los tres días vuelve a por sus cosas. Sola, sus hijos se quedan con su madre. Teresa la recibe en el recibidor.

¡Olaya, no puedes hacernos esto! ¡Cómo separas a los niños de su padre y de su abuela! ¡Qué crueldad, de verdad! ¡He hecho tanto por vosotros, ojalá a todo el mundo le ayudasen como yo os ayudo!

Olaya la mire, a esta mujer que le ha destrozado la vida bajo el pretexto de ayudar. Que tiró la leche adecuada para Darío y le compró otra que le daba alergia, que reorganizó la casa, vistió a los niños, la apartó de la cocina y la llevó al borde del colapso.

Ya os apañaréis. No os va a pasar nada escucha su propia voz, fría, desconocida.

Teresa se tambalea, busca el aire. Ricardo sale de la habitación y le aprieta el brazo.

¿Pero se puede saber cómo hablas a mi madre?

Olaya se suelta, mira al hombre que, aun siendo adulto, sigue corriendo a los brazos de mamá para que le arregle la vida.

No me toques.

Pasa junto a él, recoge lo que le queda en el dormitorio, mete todo en la maleta y se va, sin mirar atrás.

El divorcio se firma dos meses después. Ricardo intenta llamar durante un par de semanas, luego se rinde. Teresa manda un mensaje larguísimo reprochando a Olaya que ha destrozado la familia y arruinado la vida de su hijo. Olaya ni lo acaba de leer y lo borra.

En casa de su madre no hay mucho espacio, pero sí mucha paz. Por las noches, Olaya se levanta para mecer a Darío en la cocina, mirando las luces de la calle. De día, pasea con Nico y Lucía por el parque, les prepara pisto, los viste con ropa alegre y brillante.

Seis meses después, Nico y Lucía empiezan en la escuela infantil. Olaya encuentra trabajo remoto: corrige textos por las noches, mientras los niños duermen. El dinero alcanza. No hay lujos, pero pueden permitirse lo esencial.

Por las tardes, Olaya se sienta en el sofá, Darío duerme en la cuna y los mellizos se acurrucan a su lado, pidiéndole cuentos. Olaya les lee a los tres cerditos, cambiando la voz, Lucía ríe y Nico asiente muy serio en cada página.

En esos momentos, Olaya se echa hacia atrás, mira a sus hijos y sabe que ha hecho lo correcto. Le esperan años difíciles, criar a tres sola no es fácil. Es duro, a veces se siente sola, a veces asustada. Pero está bien. Está bien.

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MagistrUm
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