¿Quién estuvo tumbado en mi cama y la dejó arrugada…? Relato sobre una amante veinteañera, una hij…

¿Quién se ha tumbado en mi cama y la ha dejado hecha un desastre…? Te voy a contar lo que me pasó.

La amante de mi marido era apenas un poco mayor que nuestra hija: con las mejillas todavía redondas de niña, una mirada ingenua y hasta llevaba un piercing en la nariz cuando nuestra hija quiso hacerse uno, él se puso como loco y se lo prohibió rotundamente. No era posible enfadarse de verdad con una criatura así. Mirando sus piernas azuladas, sin leotardos, y la chaquetita corta, me daban ganas de soltarle algo mordaz: Si planeas traerle hijos a este memo, cómprate un buen abrigo y ponte medias bajo los vaqueros. Claro, al final no dije nada. Simplemente le entregué las llaves a Alba, recogí dos maletas con las pocas cosas que me quedaban y me fui directa a la parada de autobús.

Doña Elena, ¿qué es esa cosa bajo la encimera de la cocina? me gritó la chica, mientras yo ya salía. ¿Ahí se guardan los platos?

No pude evitar contestarle antes de irme:

Normalmente ahí escondía los cadáveres de las amantes de Sergio, pero tú puedes lavar platos si así te apetece.

Sin esperar respuesta ni mirar su cara, que seguro que era un poema, bajé las escaleras satisfecha conmigo misma. Bueno… ya está, veinte años tirados a la basura, como quien dice.

La primera en enterarse de la amante fue nuestra hija. Había decidido faltar a clase, regresó a casa creyendo que estaría sola y se topó con la jovencita tomando cola-cao en su taza favorita. Y encima, con muy poca ropa y Sergio dando vueltas en la ducha. Nuestra hija Vera, que tiene mucha cabeza, lo pilló todo al vuelo, me llamó y soltó:

Mamá, creo que papi tiene una amiga… lleva mis zapatillas y mi taza, ¿te das cuenta?

Aquello parecía un cuento, ¿sabes? Me hizo reír, porque al final Vera se molestó más por sus cosas invadidas que por la traición del padre. Quién se ha tumbado en mi cama y la ha arrugado…

Aunque Vera se lo tomó fatal, yo la verdad lo afronté mucho más sencilla. Obvio que me dolió el orgullo la chica era jovencísima, guapísima, y yo ya tengo barriga, celulitis y demás recuerdos de los cuarenta, pero sentí alivio. Años de llamadas raras a deshoras, horarios indecentes, tickets de cafetería donde nunca me llevaba… Jamás logré pillarle in fraganti; Sergio era maestro en hacerse la víctima si le sospechaba algo.

Es la primera vez mentía Sergio descaradamente. No sé, ha sido como un eclipse, como si un cometa me cayera en la cabeza…

El “cometa” era una recepcionista del hotel donde Sergio se alojó en un viaje de trabajo. Ella tenía veinte años, y aparte de carita mona y poco más. También de cabeza iba floja, porque se vino siguiendo a Sergio a Madrid, alquiló una habitación cutre con lo que había ahorrado. Se veían en nuestro piso, claro, para ducharse y lavar la ropa. Yo no entendía por qué el programa de la lavadora se ponía siempre en rápido en vez del habitual mixto.

El piso era de Sergio, lo heredó de su padre antes de casarnos. Así que, al pedir yo el divorcio, me fui con la niña a mi propia casa en la periferia de Madrid, que era de mi abuela. Vera se indignaba, ¡cómo iba a ir al cole desde allí!

Vente a vivir con nosotras le ofreció su padre. Vera le mandó a paseo, y con razón. Al menos ella sí sabe decirle lo que piensa.

Los primeros meses fueron duros: nuevas rutas, nuevos supermercados, tardábamos una hora para llegar al trabajo y al cole. Pero te acostumbras. Elena encontró otro empleo, Vera entró al instituto que, para colmo, quedaba incluso más cerca. No quedaba tiempo para el drama, las preocupaciones cotidianas y los exámenes finales nos tenían ocupadas, y cuando ya nos asentamos, la tristeza ni se notaba.

Alba llamó varias veces para preguntar en qué modo horneaba yo las empanadas, dónde se metía la pastilla del lavavajillas… Incluso apareció un día para traer unas fotos que Vera necesitaba urgentemente para la orla. Sergio no podía o no quería ir él, yo estaba con fiebre, y Vera se negó rotunda a pisar el antiguo piso, que según ella le provocaba ansiedad justo antes de su examen de informática.

Qué acogedor tenéis esto balbuceó Alba, mirando el papel pintado descolorido y las lámparas de otra época.

Le sonreí de lado… acogedor, ya ves tú. Eso sí, allí tenía todo moderno y bonito, ¡veinte años llevé arreglándolo! Bah, que lo disfruten.

Pero aquel evento me jugó una mala pasada, porque un año después, ya de noche, sonó el timbre.

¿Esperas a alguien? pregunté a Vera.

Ella abrió los ojos como dos platos.

En la puerta estaba Alba, llorando a mares, con los ojos corridos de rímel y purpurina. Traía una bolsa de deporte.

¿Le ha pasado algo a Sergio? me alarmé.

¡Desde luego! sollozó Alba. Lo pillé con la secretaria. Quería darle una sorpresa porque decía que iba a trabajar muy tarde y…

Se echó a llorar como una cría, escondiendo la cara entre las manos.

¿Y qué quieres de mí? le pregunté, intuyendo la petición por lo repleto de la bolsa.

¿Puedo quedarme aquí esta noche? No tengo ni un euro. Mañana me voy a Burgos con mi madre en tren.

¿Y cómo vas a ir si no tienes dinero?

Pensé que usted me podría prestar.

Te juro que no sabía si reírme o ponerme a llorar.

Vera decidió por mí.

¡Que te largues! le espetó, y añadió una ristra de palabrotas que jamás le había oído.

La miré con reproche.

Pasa, Alba le dije, ya es de noche, y tampoco te voy a echar a la calle.

Y luego, peor.

Vera se enfadó tanto que dijo: O yo o ella. Levanté las manos, que hiciera lo que quisiera, era mayor de edad. Si quería, que se fuera con su padre.

¡Por mí tu padre como si no existe! Me voy a casa de Marta.

Tocó pedirle un taxi, para que durmiera en casa de su amiga. Y después, consolar a la pobre Alba, preparándole un té y dándole valeriana; en un año en Madrid no había hecho ni amigos ni buscado trabajo, solo se puso otro piercing en la lengua. Por supuesto, le presté dinero, a ver dónde iba a ir, y hasta la llevé yo misma a la estación, no fuera a perderse.

Alba me dio las gracias mil veces, pidió perdón y prometió cambiar: estudiar y dejar de meterse con hombres casados.

Mi madre siempre me ha dicho que soy un desastre. Al final va a tener razón.

No la acompañé al tren ni le agité la mano, eso ya sería demasiado. Con Vera nos reconciliamos enseguida, aunque seguía sin entender cómo pude dejar entrar en casa a la lagarta. Yo le acariciaba el pelo y le sonreía:

Ya lo entenderás cuando crezcas.

Sergio llamó una semana después. Que lo había pensado todo, que había dejado a Alba y que quería volver.

¿Se te han acabado las camisas limpias o qué? le solté, irónica.

Pues sí… resopló, y además ella no sabe ni poner la lavadora, llevo un año con la ropa hecha un asco.

Claro que no volví. Tampoco me regodeé en ello, pero no puedo negar que después de todo me cambió el ánimo: me sentía más ligera, más feliz, sonreía cada día. Adopté un perro, nos íbamos de paseo al Retiro cada tarde. Conocí a mi vecino, que es muy majo aunque tenga diez años más ya sabes, ninguno somos críos. Y la vida siguió su curso.

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