Hacía años, en un pueblo de Castilla, la vida de Cristina y Alejandro dio un giro inesperado por culpa de una mujer que creyó saberlo todo.
Sí, entiendo que no estáis obligados, ¡pero es vuestra sangre! ¿Dejaréis al niño sin abrigo en invierno? Alejandro, ¿es esto lo que te enseñé de pequeño? insistía su suegra, Dolores.
El teléfono reposaba sobre la mesa. Tras varios altercados familiares, Alejandro había aprendido: cuando su madre llamaba, mejor poner el altavoz y que Cristina estuviese presente. De lo contrario, Dolores los quebraría uno a uno.
Doña Dolores, no nos negamos a ayudar replicó Cristina. Pero si tanto le pesa cuidar de Javier, tráiganoslo. Ana no se opone, ya hablé con ella.
La suegra guardó silencio unos segundos. Sin duda, sopesaba qué le convenía más: librarse de una carga inesperada o mantener el control sobre su hija. Al final, triunfó lo segundo.
¡Ni siquiera sabéis en qué os estáis metiendo! respondió Dolores con desdén. Nunca habéis tenido hijos, ni siquiera un gato. Trabajáis todo el día, ¿quién lo cuidará? ¿Creéis que los niños crecen solos, como malas hierbas? Necesitan atención, cariño, calor humano.
Lo entiendo dijo Cristina con calma. Pero si es necesario, encontraremos la forma. Yo dejaría mi trabajo. Sería como si me fuese de baja por maternidad en lugar de Ana.
¡Ajá! ¿Y de qué viviréis, ricos?
Usted misma dice que mi sueldo es una miseria. Nos arreglaríamos sin esas perras.
La suegra calló. Alejandro suspiró, cansado: Cristina era nueva en la familia, pero a él ya le asfixiaba tanta presión.
Ah, ya veo. Me ponéis ultimátums farfulló Dolores al fin. Sois jóvenes e inconscientes, no entendéis el lío en el que os queréis meter. Yo solo intento ayudar, cargar con todo el peso. Pero seguid así. Mientras os empeñáis en vuestro orgullo, el niño pasa frío y se enferma por vuestra culpa.
Colgó sin más. Cristina se sentó junto a Alejandro, lo abrazó y recordó cómo empezó todo.
…Al principio, Dolores parecía una mujer amable, aunque caprichosa. Recibía a Cristina en su casa con una sonrisa, aunque aún no fuese su nieta política. Ponía mesas repletas de manjares y, cuando los jóvenes se iban, los cargaba con bolsas de comida.
La mujer se integró rápido en la vida de Cristina. Llamaba a diario, preguntaba por todo, invitaba a visitas. Una vez, hasta consiguió que ingresasen a la madre de Cristina en el mejor hospital gracias a sus contactos. La joven le estuvo eternamente agradecida.
Pero también notó algo más. Si no atendía el teléfono o cortaba por prisa, Dolores cambiaba por completo. Pasaba semanas sin llamar, hablaba con frialdad y esperaba disculpas.
Claro, ahora sois tan importantes que ya no me necesitáis decía entonces, ofendida.
Cristina lo tomaba a broma, pero intuía que el “cariño” de su futura suegra era pegajoso. Exigente.
Dolores tenía otra hija, Ana. La cuñada también le producía sentimientos encontrados. Ana casi no sonreía, se sobresaltaba con los ruidos y siempre escapaba a su habitación. Cristina lo atribuía a la edad: solo tenía dieciséis.
¿Qué le gusta a Ana? preguntó Cristina una Navidad. No sé qué regalarle.
Nada respondió Dolores, irritada. Se pasa el día con el móvil. Todo le parece mal, todo le cansa. No tiene ambición. Una vaga…
Ahí supo que algo fallaba. Su propia madre jamás hablaría así de ella.
Con los años, confirmó que Dolores menospreciaba a Ana. Podía sonreírle a Cristina y, acto seguido, gritarle a su hija por un plato mal lavado. O criticar sus amistades, su forma de andar, su música. Y eso era solo lo que Cristina veía.
No sorprendió que, a los dieciocho, Ana se casase deprisa. No por amor, sino por huir.
¡Qué tonta! se quejó Dolores. Se ha liado con un don nadie. Cree que la felicidad está lejos. ¡La dejará en un mes!
Como Ana escapó, Dolores centró su atención en Cristina y Alejandro. Si antes le parecía excéntrica, ahora resultaba asfixiante. Visitas inoportunas, consejos no pedidos, preguntas sobre cuándo tendrían hijos… Todo el repertorio.
Cristina, ¿por qué no dejas esa tienda? Te pagan una miseria dijo Dolores un día. Yo te conseguiría algo mejor.
Para entonces, Cristina sabía que aceptar significaría deberle eterno agradecimiento. Y Dolores exigiría sumisión total.
No, gracias. Me gusta mi trabajo respondió.
La suegra frunció el ceño, ofendida.
Bueno, allá tú masculló. Solo quiero lo mejor para vosotros. Pero si prefieres estancarte, no puedo hacer nada.
Sobre Ana, Dolores casi acertó. El matrimonio duró año y medio. Y en ese tiempo, Ana tuvo un hijo.
Aunque no eran cercanas, un día Ana se derrumbó.
Casi no viene a casa confesó entre lágrimas. Dice que está con amigos, pero miente. Hasta ha levantado la mano contra mí.
Ana, esto es grave. Deberías irte.
¿Adónde? ¿A casa de mi madre? Prefiero aguantar aquí.
Eso lo dijo todo. Ana prefería soportar infidelidades y miedo antes que volver con Dolores.
Al final, su marido la abandonó. Pero el niño se quedó. Ana regresó con su madre, y empezó el calvario. Dolores la llamaba inútil, le reprochaba no haber estudiado, le vaticinaba pobreza. Pero al menos cuidaba al nieto mientras Ana trabajaba.
Hasta que Ana no pudo más. Una mañana, huyó sin el niño.
Me encantaría llevarme a Javier, pero ¿adónde? le confesó a Cristina después. Ahora vivo con una amiga. Necesito estabilizarme. Y quizá ver a un psicólogo… Mi madre me llevaba al límite. Sé que Javier no tiene culpa, pero cuando me enfadaba y él lloraba… Necesito tiempo.
Mientras Ana se rehacía, Dolores volvió a acosar a Alejandro y Cristina. Exigía ayuda con el nieto, alegando problemas económicos y de salud.
Cristina lo veía claro: si Javier se quedaba allí, sufriría como Ana. Esta aún arrastraba las secuelas del “amor” de su madre. Alejandro tampoco se atrevía a plantar cara.
Fue él quien propuso acoger al niño, pero no se lo dijo a Dolores. Quizá por miedo, quizá por inútil. Cristina, en cambio, creía que juntos lo lograrían.
Ana, ¿quieres que Javier pase por lo mismo que tú? Tráelo con nosotros. Lo cuidaremos insistió Cristina.
Es fácil decirlo… suspiró Ana. No puedo arrancárselo de las manos.
Puedes denunciarla. Algo se hará.
Ni los servicios sociales pueden con ella… Pero tienes razón. No quiero que sufra como yo.
Ana ideó un plan. Fingió volver a casa. Dolores, con aire de ofendida, la aceptó. Dos semanas después, Ana llevó a Javier “de paseo” y lo dejó con Cristina y Alejandro.
El escándalo fue mayúsculo. Dolores amenazó, movilizó a familiares y vecinos, incluso denunció el “secuestro”. Pero no consiguió nada. Ana acabó en el hospital, agotada. Todos sufrieron, pero al fin respir







