Quédate inmóvil, no digas nada, estás en peligro. La joven mujer sin…

Quédate quieta, no digas nada, estás en peligro. La joven sin techo arrastró al magnate a un rincón y lo besó para salvarle la vida y el final

Quédate quieta. No digas nada. Estás en peligro.

Aquellas palabras rasgaron la noche como una hoja afilada. Eduardo Cruz, director ejecutivo de CruzTech Industrias, se quedó helado. Apenas segundos antes había bajado de su coche en una calle sombría detrás del Hotel Ritz Madrid, intentando eludir a los paparazzi que lo esperaban al frente. Ahora, una chica desaliñada, con el cabello enmarañado y la cara cubierta de polvo, lo arrastraba entre las sombras.

Antes de que él pudiera preguntar, ella posó sus labios sobre los suyos.

Durante un instante todo se detuvo. El olor a lluvia, sus manos temblorosas en el cuello de la camisa, el zumbido lejano del tráfico todo se fundió en silencio. Entonces una limusina negra pasó a gran velocidad por la avenida, con los cristales empañados y las luces apagadas. Un hombre se inclinó por la ventanilla, escaneando la calle. El pulso de Eduardo latía con fuerza. Lo que fuera que buscaban

La chicaapenas había cumplido los veinte años, vestía una sudadera rotase apartó de un salto.

Ya estás a salvo, susurró. Te habría reconocido si hubieras levantado la vista.

Eduardo parpadeó, asombrado. ¿Quién eres?

No importa, respondió ella, dando un paso atrás. No deberías ir solo. No esta noche.

Podría haberse marchado. Pero algo en su vozserena, firme, pese al fríole hizo quedarse. ¿Sabías que me siguen?

Observo cosas, contestó ella simplemente. Cuando vives en la calle aprendes a observar antes de moverte.

Más tarde descubrió que se llamaba Aroa Herrera. Había vivido en la calle dos años, durmiendo junto a la estación de tren. Y aquella noche había salvado la vida a uno de los hombres más ricos de Madrid.

Pero Eduardo no era de los que dejaron preguntas sin respuesta ni deudas sin saldar.

Aquella noche no fue el final de su historia. Fue el comienzo.

Tres días después la volvió a encontrar. Ordenó a su equipo de seguridad seguir sus pasos, lo que resultó complicado: Aroa se mantenía fuera del radar, durmiendo en sitios diferentes cada noche. Cuando finalmente la vio frente a un comedor social, parecía más pequeña de lo que recordaba. Pero sus ojosalertas, grises, firmesse cruzaron al instante con los suyos.

Te dije que no me siguieras dijo ella, corta.

Me salvaste la vida replicó Eduardo. Al menos déjame agradecerte.

Ella no quería su dinero. Gente como tú da para sentirse mejor consigo misma. Yo no quiero limosnas.

Entonces trabaja para mí propuso él. Tienes instintos que a la mayoría les faltan.

Rió, una risa aguda, sin humor. ¿Quieres contratar a una chica sin techo que duerme bajo puentes?

Sí contestó Eduardo, sencillo.

Pasaron semanas antes de que aceptara, a regañadientes, un puesto temporal en el equipo de seguridad. Al principio, el resto del personal la odiaba. Una mujer sin antecedentes, sin títulos y sin domicilio fijo no tenía cabida en su mundo. Pero Aroa poseía algo que ellos no tenían: intuición. Sentía cuando algo no estaba bien: un extraño que se quedaba demasiado tiempo, un coche aparcado demasiado cerca.

Pronto Eduardo comprendió que no sólo le ayudaba a mantenerse a salvo; le mostraba cuán ciego había sido. Vives detrás de un cristal le dijo ella una vez. La gente te ve, pero tú no los ves.

Empezó a escucharla: a ella, a sus empleados, incluso a la ciudad que había construido. Con cada semana que pasaba, su admiración crecía. Compartían café hasta altas horas en su despacho, sus risas resonando contra los ventanales. Ella nunca coqueteaba, pero cuando sonreía, él olvidaba el poder que poseía y lo insignificante que era.

Una noche, volvió a suceder: la sombra de la misma limusina negra frente al edificio. Pero esa vez el objetivo era Aroa.

La bala estaba destinada a Eduardo. Aroa la recibió en su lugar.

Todo ocurrió en segundos: un destello, un sonido como cristal roto. El equipo de seguridad de Eduardo inmovilizó al tirador antes de que alcanzara la calle. Lo único que Eduardo vio fue a Aroa desplomarse sobre el mármol, con sangre brotando por la manga.

Quédate conmigo dijo, colocando su mano sobre la herida. Sus ojos recorrían la habitación, confusos pero serenos. Creo que nunca podré alejarme de los problemas susurró ella débilmente.

Las luces del hospital parecían infinitas. Pasaron horas hasta que el doctor salió y anunció que viviría, aunque apenas. Eduardo se quedó fuera de su habitación toda la noche, repitiéndose las palabras que ella le había dicho: «Vives detrás de un cristal». Tenía razón. Había erigido muros de dinero y reputación para mantener al mundo alejado. Ella los había derribado con un beso impulsivo.

Cinco semanas después, cuando Aroa despertó, Eduardo estaba allí. Estás despedida dijo, recuperando la compostura.

Ella sonrió. No puedes despedirte a ti misma. Te nombré jefe de mi seguridad personal.

Le levantó una ceja. Eres imposible.

Tal vez. Pero te debo la vida, dos veces.

Mientras ella se recuperaba, Eduardo le arregló en silencio un pequeño apartamento, una beca para la universidad y un nuevo comienzo. No como una dádiva, sino como reconocimiento a quien veía el mundo con más claridad que él.

Una semana después paseaban juntos por el Parque del Retiro, las hojas cayendo como susurros. Aroa se volvió hacia él. Podrías haber quedado en tu torre. ¿Por qué no lo hiciste?

Él la miró y respondió: Porque a veces quien te salva no te saca del peligro; te saca de ti mismo.

Así aprendió que la verdadera fortaleza no se mide en riquezas ni en muros, sino en la capacidad de reconocer al otro como espejo y, a través de él, reencontrarse.

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