Quédate con la niña. Yo iré sola a la boda de mi hermano.
Anoche, cuando mi marido regresó del trabajo, traía consigo un aire extraño, casi como si hubiera salido de una pintura de Dalí, desplazándose silencioso entre las sombras del pasillo. Le pregunté por la boda y, enseguida, él bajó la mirada, como si buscara una moneda de euro perdida en los azulejos de la cocina. Dijo que iría solo a la boda…
¿Y yo? me oí decir, sorprendida.
Entonces mi marido me respondió: Cariño, este enero me han ingresado un sueldo vacío, vacío como la Gran Vía en un sueño a medianoche. Así que probablemente iré solo a la boda. Quédate con la niña. No pasará nada malo. Son apenas tres días; tengo que quedarme en un hostal, comer algo en algún bar y, por supuesto, comprar un regalo para el novio y la novia.
Éramos una pareja joven, casi dibujada a mano en un cuadro costumbrista. Vivíamos en un apartamento diminuto, de esos donde las voces rebotan en las paredes como pelotas en una plaza de toros. El piso nos lo había cedido mi suegra. Yo estaba de baja maternal; mi hija apenas tenía dos años y su risa llenaba el aire como un aroma a naranjas. No llevaba prisa por volver al trabajo porque ¿con quién dejaría yo a mi pequeña Carmen? Gracias a mis suegros teníamos techo, y eso era ya un lujo, así que les estaba agradecida. Las partidas de parchís familiar eran nuestro único lujo semanal.
Mi madre se cuidaba sola, como una gata independiente. Siempre trabajando más de lo necesario. Me dijo varias veces que, si surgía un apuro y yo tuviera que trabajar, vendría enseguida a quedarse con su nieta. Pero lo de comprarme un vestido nuevo para la boda, o teñirme el pelo, ni hablar. En ese caso, que me busque otra canguro.
Conocía el carácter de mi madre como quien conoce los recovecos de la Plaza Mayor. Cada año se va de viaje al extranjero, y los fines de semana suele perderse en gabinetes de estética y de masajes.
Nuestra rutina era tranquila, sin sobresaltos. Cuando mi marido estaba en casa, yo podía encargarme de lo mío. Aunque he de confesar que él prefería que saliera poco, y por cortos ratos; la libertad era siempre fugaz, como el último tranvía que se escapa.
Entonces, llegó la invitación para la boda.
El hermano pequeño de mi marido había decidido casarse. El evento era en otra ciudad; habría que ir tres días. Yo pensé en mi madre y, con el corazón en la mano, le pedí que cuidara de su nieta. Una boda es un acontecimiento importante, aunque solo fueran tres días. Además, Carmen es tranquila, casi como si caminara en sueños; no llora, ni chilla.
Mi madre se hizo de rogar, suspiró profundo, y al final pidió tres días en la oficina. Me alegré como quien encuentra una peseta vieja y reluciente. Dos años seguidos encerrada con la niña; ¡por fin iba a descansar un poco en una boda!
Sin embargo, mis esperanzas se deshilacharon como los flecos de un mantón olvidado tras la noticia de mi marido.
Para mí, era un acontecimiento esencial. Había pasado un año amamantando a Carmen sin apenas salir de casa, siempre observando el mundo a través del cristal de la ventana. Cada vez que sugería dejar a la niña, todos se apartaban y yo me quedaba sola. Mientras tanto, mi marido frecuentaba cenas de empresa y viajaba por trabajo.
No es que tuviera mucha relación con el hermano de mi marido; a la prometida solo la conocía por una foto algo borrosa.
Me sentí decepcionada, casi invisible. Mi marido, sin embargo, no comprendió mi malestar. Lo daba todo por hecho.
Mira, cariño, primero porque tu madre no está muy entusiasmada con cuidar de Carmen. Déjala descansar, mejor quédate tú. ¿Para qué incomodar a la gente? Si no quiere quedarse, que no se quede. Y además, apenas conoces a mi familia. ¿Qué sentido tiene para ti ese viaje? Tu papel es cuidarla en casa. Yo voy, y vuelvo.
Llegué a la conclusión de que nadie tenía que decidir por mí. ¿Por qué iba a ser así?
Y, vosotros, ¿a quién dais la razón?
Personalmente, creo que tanto la madre de ella, como el marido, están siendo bastante egoístas. Entiendo que una abuela no tiene la obligación de cuidar siempre de su nieta, pero podría mirar más allá de sí misma y pensar un poco en su hija.
El marido tampoco comprende a su esposa: ella se ha dedicado por entero a su hija y también necesita desconectar.
Debe entender, si de verdad la quiere
La mujer en esta historia es un personaje triste y dócil, como si estuviera hecha de porcelana y dependiera de las manos de otros adultos. No tiene a nadie que la apoye en este sueño enredado.
Me gustaría saber lo que opinan los lectores. Ojalá que esta mujer encuentre la fuerza de plantar cara y hacerle entender a su marido lo que siente de verdad.
Chicas, no olvidéis que vivimos en un país libre; podéis expresar vuestra opinión y no pasa nada. No es como si un marido fuera a pedir el divorcio solo porque su esposa le ponga límites. Y si pasara, quizás ese amor tampoco era tan de verdad. Hay que respetar a los demás y buscar el modo de hacerlos felices.







