Quédate con la niña. Iré sola a la boda de mi hermano.
Recuerdo cómo mi marido llegó un día del trabajo y lo noté extraño. Le pregunté por la boda y agachó la mirada. Me dijo que iría solo
¿Y yo? me sorprendí.
Entonces mi marido me explicó: Querida, este mes me ha venido la nómina pelada. Así que lo más probable es que me acerque solo a la boda. Quédate con la niña, no pasará nada. Solo serán tres días. Tengo que dormir en un hostal y comer algo durante esos días. Y, claro, comprar un detalle para los novios.
Éramos aún una familia joven. Vivíamos en un piso de una sola habitación en Madrid, que mi suegra nos había dejado. Yo estaba en excedencia tras tener a mi hija, que rondaba los dos años. No tenía prisa por reincorporarme al trabajo; no tenía con quién dejar a la pequeña. Mi suegra y mi suegro ya habían hecho lo que podían dándonos esa casa, así que, como se dice por aquí, bien agradecidos estábamos.
Mi madre era muy independiente, trabajaba horas extra y, en cuanto le pregunté, me dejó claro que, si tuviera una urgencia o si volviera al trabajo, correría a cuidarla. Pero olvidara eso de dejarme dinero para un vestido nuevo o para teñirme el pelo. Ella no iba a renunciar a sus cosas para cuidar a la niña en esos casos.
Conocía bien el carácter de mi madre. Cada año viajaba por Europa. Además, se pasaba los fines de semana en salones de belleza y masajes.
No teníamos problemas graves en casa. Cuando mi marido estaba, yo podía salir un rato a hacer mis recados. Aunque era verdad que no le hacía mucha gracia y solo me dejaba escaparme alguna vez y no por mucho tiempo.
Entonces llegó la invitación para la boda.
El hermano menor de mi marido, que vivía en Valencia, se casaba. Había que irse tres días a otra ciudad. Así que le pedí a mi madre el favor de quedarse con su nieta. Total, era un asunto importante y solo serían tres días. Y mi hija era muy tranquila, no gritaba ni lloriqueaba apenas.
Mi madre puso muchas pegas, pero al final accedió y pidió en el trabajo tres días libres. Me alegré muchísimo. Llevaba dos años encerrada con una niña pequeña. Por fin podría descansar un poco en la boda
Sin embargo, todos mis sueños se desmoronaron con el anuncio de mi esposo.
Para mí, aquel era un acontecimiento que esperaba con ilusión. Había amamantado a mi hija un año sin salir apenas. Luego descubrí que nadie quería quedarse con ella. Mi marido, por su parte, no renunciaba a sus cenas, reuniones de empresa ni a los viajes de negocios.
La verdad es que tampoco conocía demasiado al hermano de mi marido. A su prometida solo la había visto en una foto.
Me sentó muy mal todo esto. Pero mi marido se mantuvo firme. Para él no suponía problema alguno.
Mira, cariño me dijo, tu madre tampoco quiere mucho encargarse de nuestra hija. Déjala que descanse estos días mientras tú te quedas aquí. Tampoco conoces a mi familia. ¿Para qué ibas a ir? Lo tuyo es quedarte en casa y cuidar de la niña. Yo voy y vuelvo, no hay más.
Entonces pensé que, realmente, nadie quería que yo fuese. ¿Por qué debería decidir él lo que hago o dejo de hacer?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Quién tiene razón en todo esto?
Por mi parte, creo que tanto la madre como el marido de la muchacha son bastante egoístas. Es cierto que una abuela no tiene obligación de cuidar a su nieta, pero podría haber pensado al menos un poco en su hija.
Y el marido, pues tampoco la entiende. Ella ha dedicado todo este tiempo a su hija y también necesita un respiro.
Tendría que plantearse si la quiere de verdad
La pobre mujer de la historia está triste, se nota su dependencia del marido y la falta de apoyo real.
Sería interesante leer lo que opinan los demás. Espero que, con el tiempo, ella consiga valorar su voz y se la haga oír ante su marido.
Queridas mujeres, no olvidéis que vivimos en un país libre. Podéis expresar vuestra opinión; no va a pasar nada. No es que el marido vaya a pedir el divorcio porque la mujer le plante cara. Y si pasara, sería porque no había amor sincero de verdad. Hay que respetar a quienes nos rodean y buscar la alegría juntos.







