Que viaje sola. A ver si allí la secuestran, murmuró con el ceño fruncido la suegra.
Aquella tarde pegajosa previa a las vacaciones debería estar impregnada de ilusión y nervios agradables. Pero en el piso de Gonzalo y Carmen solo flotaba una tensión espesa, casi viscosa. En medio del salón, erguida como un torreón de preocupación, estaba Mercedes Valbuena. Apretaba el mando de la tele como si fuera un mango de sartén.
¡No os lo puedo permitir! ¿Se os ha ido la cabeza o qué? bramó, con esa voz afilada de quien ha pasado la vida impartiendo órdenes ante un aula. Menuda ocurrencia…
En la pantalla había quedado congelada la imagen de un telediario, ese en el que el presentador, serio como el vinagre, señalaba con flechas coloradas peligros varios repartidos por el mapa del sudeste asiático.
Carmen, que hacía la maleta con una calma milagrosa para la que caía, soltó un suspiro.
No era la primera vez que vivían una escena idéntica. Gonzalo, con una paciencia ya marchita, intentó colarse en la conversación.
Mamá, ya vale Que son tonterías. Vamos a un hotel, con viaje organizado
¡¿Tonterías?! Mercedes alzó las manos, y el mando estuvo a punto de irse al suelo. ¡Gonzalo, abre los ojos, muchacho! ¡Esa te va a llevar a la ruina! En Tailandia ahí cualquiera puede ser traficante de personas. Te mandan a por una cerveza a un callejón y ya no vuelves. ¡Te vacían por dentro y te mandan en lata de aceitunas a casa! ¡Y a ella… hizo un gesto dramático hacia Carmen, a saber, o a un burdel o a un campo de arroz! ¡Lo he visto en la tele!
Carmen dejó la prenda que tenía entre las manos. Levantó la mirada, serena y sorprendida, hacia Mercedes y pausó lo suficiente el tiempo como para poner nervioso a cualquiera, salvo a ella.
Mercedes, ¿en serio se cree esas cosas? ¿Que cada tailandés es mafioso, cirujano y proxeneta al mismo tiempo?
¡Ni se te ocurra vacilarme! ¡Son hechos! ¡En la tele lo cuentan! Si vais allí por el exotismo barato, luego no os quejéis si os llegan los órganos embalados por mensajero…
Gonzalo rodó los ojos, agotado.
Mamá, eso lo hacen para meter miedo. Para que los jubilados no cambien de canal, que necesitan sensaciones fuertes. ¡Van millones de turistas!
¡Y miles desaparecen! remató Mercedes. Y tú, Carmen, fijo que ya tienes los billetes. ¿No piensas anularlos?
Comprados y no los devuelvo contestó ella, llana. Llevamos dos años ahorrando para esto. He mirado foros, reseñas, contraté una agencia de confianza. No nos vamos a meter en barrios chungos de madrugada. Vamos a excursiones, playas, y a probar la comida tailandesa.
A saber qué os meten en esas sopas os vais a intoxicar, gruñó la suegra. Gonzalo, hijo, por favor, recapacita. Que vaya ella sola si quiere jugársela. Tú, aquí. Que un hijo no se improvisa y yo siento peligro.
Calló todo el mundo de golpe. Fue Carmen la que rompió el silencio, muy segura de sí.
De acuerdo, Mercedes. Tiene razón. Viajar sola es de valientes. Me voy yo sola.
¿Carmen, qué dices? Gonzalo aún no entendía nada.
Lo has oído a tu madre. Su corazón la advierte. No puedo arriesgarme a que vuelvas sin riñones y menos aún a que termines en una red de trata. Tú te quedas. Pasas el verano en casa, viendo la tele con tu madre, y a mí me esperas tomando un té. Yo esbozó una sarcastiquísima sonrisa, yo me lanzo a la aventura.
Mercedes se quedó entre satisfecha e inquieta. Parecía que su objetivo se cumplía, pero la frialdad de Carmen la descolocó.
Bueno, tú sabrás alegó, con menos ímpetu que antes. Te lo has buscado.
Gonzalo intentó convencerla, pero Carmen no cedió ni un centímetro. Aquella noche, antes del vuelo, compartieron cama, espalda contra espalda, en silencio.
¿De verdad no lo piensas mejor? susurró él.
No replicó ella, sin dudar.
*****
El avión aterrizó en Bangkok y Carmen sintió el calor, espeso y perfumado, abrazándola como un edredón de agosto.
¿Miedo? Para nada. Solo agotamiento y una curiosidad que le ardía por dentro. Los primeros días siguió el plan al dedillo: paseó por calles bulliciosas, alucinó con el brillo de los templos y devoró comida callejera deliciosa.
Nadie trató de robarle ni la cartera, menos aún secuestrarla. Los vendedores de los zocos no hacían más que regalarle sonrisas e intentar rebajarle, en plan simpático, unos bahts.
Carmen subió foto al grupo familiar de WhatsApp (¡Mercedes exigió estar!) sonriendo con un batido de frutas, mar azul de fondo. El texto: Órganos intactos. Todavía nadie me ha ofrecido esclavitud. ¡Os echo de menos!
Gonzalo le mandaba corazoncitos. Mercedes, ni comentaba ni respondía, pero seguro lo leía todo.
Días después, Carmen se fue al norte, a Chiang Mai. Y allí, en una pequeña pensión regentada por una señora mayor tailandesa, Nui, aprendiendo a hacer pad thai, sucedió algo que lo cambió todo.
Nui, chapurreando en inglés, tenía la misma mezcla de ternura y genio que Mercedes.
La buena mujer estaba agobiada porque su hija emigró a trabajar a Seúl.
Allí sola hace frío, la gente nunca sonríe, la comida es rara se quejaba, removiendo los fideos. En la tele solo cuentan desgracias, que si radiación, que si no sé qué…
Carmen vio su expresión, tan parecida a la de Mercedes, y rompió a reír. Rió tanto que le temblaron los lagrimales.
Nui la miraba sin entender al principio, pero Carmen, a base de gestos, traductor, fotos y palabras simples, le contó lo de Mercedes, la tele, los órganos y las mafias.
Al final, ambas se partían de risa. Nui reía con un silbidito feliz.
¡Ay, las madres!exclamó. Son iguales en todos lados. Le tienen miedo a lo desconocido. Y la tele… ¡en Tailandia también echa barbaridades!
Aquella noche, Carmen llamó a Mercedes por videollamada.
Mercedes cogió el teléfono con cara de esto va a ser un drama.
¿Sigues de una pieza? inquirió.
Sí, Mercedes, aquí están todos los órganos bromeó Carmen, girando la cámara para que viera la terraza. Mira, esta es Nui.
Nui se asomó, radiante¡Hola! Tu nuera cocina muy bien. No te preocupes, que la protejo. Nada de esclavitudy abrazó a Carmen.
Mercedes se quedó sin palabras. Miraba alternativamente a Nui y a su nuera, desconcertada.
¿Y y de verdad nada raro? musitó, menos segura que nunca.
De verdad. Aquí, la gente es buena. Nui está preocupada porque su hija está en Corea y por la tele dicen que allí es peligroso y la comida es rara. ¿Ves el patrón, Mercedes?
Hubo un largo silencio.
Pásame con esa Nui dijo, de pronto, Mercedes.
Carmen le dio el móvil. Las dos mujeres, separadas por miles de kilómetros y el idioma, hablaron diez minutos a base de gestos y carcajadas. Parecía que se entendían.
Al acabar, la suegra empezó a sonreír, forzada, pero era ya otra expresión.
Más tarde, Gonzalo escribió: Mamá acaba de apagar la tele. Ha dicho Ya está bien de sustos y me ha preguntado por tu vuelta.
Carmen miró el cielo de Chiang Mai, se sacó una foto con Nui y la mandó al grupo: Tengo cómplice. Mañana vuelo en parapente. Por si acaso, los riñones los llevo puestos 
El vuelo de regreso se le hizo corto. En el aeropuerto estaba Gonzalo esperándola, y, a un lado, Mercedes con un ramo de dalias absurdamente coloridas.
No fue a abrazar, pero la recibió con menos frialdad de la esperada.
¿Sigues entera, hija?
Ya lo ves. Ni vendida ni nada.
Bueno resopló la suegra, entregando las flores. Cuéntame, ¿esa Nui qué tal?
De camino a casa, Carmen relató templos, comidas, gentilezas y anécdotas. Mercedes preguntaba poco a poco, mientras el televisor seguía apagado.
En la pantalla oscura se reflejaban las tres figuras: marido abrazando, mujer contando y suegra que, al fin, decidía ver el mundo por ojos vivos, no noticias de impacto.
Por la noche, mientras tomaban té, Mercedes dejó caercasi de tapadillo:
El año que viene si acaso igual me apunto con vosotros, pero a sitios tranquilos.
Gonzalo y Carmen cruzaron sonrisas cómplices. Les pareció casi milagroso ese pequeño cambio en Mercedes.
Un par de días después, sin embargo, Mercedes entró en casa roja y excitada:
¡Nada, nada, no viajo ni loca! ¡Carmen, has tenido suerte! Acabo de ver en la tele que rescataron a no sé cuánta gente de no sé qué lío. Yo no me muevo de aquí.
Lo que tú quieras dijo Carmen, encogiéndose de hombros.
Gonzalo, ni se te ocurra ir. En España también hay sitios bonitos remató Mercedes, digna.
Él sonrió y, por una vez, no discutió. Todos sabían que la labor de una madre inquieta nunca se acaba.







