Que viaje sola. Igual allí la secuestran frunció el ceño la suegra.
La tarde era sofocante en Madrid, previa a las vacaciones. Debería haber sido una noche de ilusión y preparativos bonitos.
Pero en el piso de Jaime y Jimena, el aire estaba denso, casi eléctrico. En el centro del salón, como un monumento a la inquietud, se erguía Asunción Gallego. En las manos, apretaba el mando de la televisión.
¡No lo permitiré! ¿Os habéis vuelto locos? su voz, acostumbrada a mandar en las aulas ya jubilada como profesora, sonaba tajante como el acero.
La televisión se había congelado en una nueva emisión sensacionalista: un periodista de rostro sombrío dibujaba flechas rojas de amenaza sobre un mapa de Sudamérica.
Jimena, que hacía la maleta con serenidad insólita para tanta tensión, solo suspiró.
Esto no era nuevo. Jaime, con el gesto cansado, intentó interrumpir.
Mamá, basta, por favor. ¡Son tonterías! ¡No vamos a ningún sitio peligroso! El hotel es seguro, vamos con todo reservado
¿¡Tonterías!? Asunción dejó caer el mando que casi voló contra la pared. ¡Jaime, abre los ojos! ¡Te va a arrastrar a la tumba! ¡En Colombia! ¡Allí cualquiera es traficante de órganos! Te van a mandar a por una cerveza en una esquina y no vuelves. Te quitan los riñones, el hígado, lo que puedan, ¡y lo venden en un frigorífico! Y a tu Jimena señaló teatral, ¡la venden como esclava! ¡Lo he visto en un reportaje!
Jimena dejó de doblar la ropa. Miró a su suegra con una mezcla de asombro y paciencia que Jaime no habría aguantado.
Asunción, ¿de verdad cree que cada colombiano es mafioso, cirujano clandestino y proxeneta, todo a la vez?
¡No te burles! ¡Hablan los hechos! ¡En la televisión lo dicen clarito! ¡Gente sin nada que perder va allí buscando exotismo barato y luego sus familias reciben piezas en un bote de Cola Cao!
Jaime se frotó la cara.
Mamá, eso lo hacen para asustar a los jubilados y tengan algo de emoción. Van millones de turistas
¡Y miles desaparecen! replicó Asunción. Y tú, Jimena, ¿ya compraste billetes, verdad? ¿No los vas a devolver?
Sí, los compré. No, no los devolveré contestó Jimena sin dudar. Hemos ahorrado dos años para este viaje. Leí opiniones, foros, reservé con agencia fiable. No vamos a andar de noche por los suburbios. Haremos excursiones, tomaremos el sol en la playa de Cartagena, comeremos arepas
¡Os van a envenenar! Vete a saber qué le echan a esos platos raros bufó la suegra. Jaime, hijo, por favor, vuelve en ti. Que vaya sola si tanto le apetece. Es su riesgo y problema. Tú al menos te quedas vivo y con salud. Un corazón de madre siente el peligro.
El silencio era pesado como una losa. Entonces Jimena dijo aquello que quizá llevaba años guardando.
Está bien aseguró cerrando la maleta de un golpe. Tiene razón, Asunción. Arriesgarse es de valientes. Viajaré sola.
¡Jimena! ¿Pero qué dices? balbuceó Jaime.
Ya has oído a tu madre. Su corazón presiente desgracias. Yo no puedo ser responsable de tus riñones ni exponerte a la trata. Te quedas aquí. A tomar el té con tu madre y ver programas de conspiración. Yo sonrió con frialdad, yo me lanzo a la aventura. Sola.
Asunción parecía a la vez victoriosa y desconcertada.
Había conseguido lo que quería, pero la entereza inesperada de la nuera la descolocó.
Bien acertó a decir, con menos ímpetu. Te lo has buscado.
Jaime intentó convencerla, pero Jimena fue tajante. La última noche antes del vuelo, durmieron de espaldas y en silencio.
¿No lo reconsideras? preguntó él, bajo.
No respondió ella, firme.
*****
El avión aterrizó en Bogotá y la cálida humedad la abrazó como una manta.
¿Miedo? No, solo cansancio y una curiosidad viva. Paseó por calles repletas de vida y sonrisas, admiró la luz de las catedrales, probó zumos y empanadas increíbles.
Nadie le robó ni la miró raro. Los vendedores de fruta solo sonreían y regateaban en pesos.
Mandó al chat familiar con Jaime y, por insistencia suya, Asunción una foto: Jimena sonriente con jugo de mango frente al mar caribeño. Pie de foto: Todo en su sitio. Sin señales de trata. Sigo esperando la proposición.
Jaime respondía con corazones. Asunción leía y callaba.
Luego Jimena viajó a Medellín. Allí, en una posada familiar, la dueña una señora llamada Yolanda le enseñó a preparar arepas. Y ocurrió algo inesperado.
Yolanda, con un español mezclado con acento paisa, se parecía asombrosamente a Asunción.
También sufría porque su hija vivía sola en Londres.
Allí está sola, hace frío, nadie sonríe, la comida es rara se lamentaba, removiendo la masa. Yo vi en la tele que allí hay niebla sucia y gente muy seria.
Jimena contempló su cara preocupada y, sin poder evitarlo, se echó a reír. Rió tanto que se le saltaron las lágrimas.
Yolanda la miraba confusa. Y entonces, entre gestos, fotos y palabras, Jimena le explicó lo de Asunción, la tele, los órganos y la esclavitud.
Yolanda la escuchó asombrada y luego se unió a la risa. Su carcajada sonó cristalina.
¡Ay, las madres! exclamó. Todas iguales, temen lo que no conocen. ¡La televisión aquí también mete miedo!
Esa noche, bajo un cielo tachonado de estrellas, Jimena llamó a Asunción por videollamada.
La suegra apareció ojerosa y a la defensiva.
¿Qué? ¿Sigues viva? atacó sin saludo.
Tan bien como siempre, Asunción. Y con los órganos rió Jimena.
Enfocó la terraza. Yolanda salió con un plato de frutas, sonrió al ver la pantalla y saludó con alegría:
¡Hola! Tu nuera es un sol. Cocina estupendamente. No te preocupes, está bajo mi cuidado. Aquí no hay esclavitud y la abrazó.
Asunción callaba. Miraba primero a la mujer colombiana, luego a la nuera.
¿Y los órganos? musitó, insegura.
Todo en su sitio afirmó Jimena. E incluso con mejor apetito. Yolanda teme por su hija en Londres, que solo porque la tele dice que allí hace frío y la gente es arisca.
Silencio largo.
Dame con ella ordenó de pronto Asunción.
Jimena le acomodó el móvil a Yolanda. Diez minutos hablaron dos mujeres separadas por un océano y una cultura. No entendían las palabras, pero sí los gestos y las risas. Al final, Asunción intentó una sonrisa: le salió torpe, pero genuina.
Al terminar, Jaime le escribió: Mamá acaba de apagar la tele. Ha dicho: Ya está bien de sustos. Preguntó cuándo vuelves.
Jimena tardó en contestar, mirando esas estrellas sobre Medellín. Luego, se hizo una foto con Yolanda, ambas abrazadas, y la envió al grupo familiar.
Pie de foto: He hecho una aliada. Mañana vuelo en parapente. Por si acaso, sigo entera. Besos.
El regreso fue tranquilo. En el aeropuerto la esperaba Jaime, y a unos pasos, con un ramo de gerberas absurdamente coloridas, estaba Asunción.
No se abalanzó, tampoco protestó. Tosió y le entregó las flores.
¿Sigues viva?
Como puedes ver. Y sin dueño nuevo
Bueno, bueno refunfuñó la suegra. Ya contarás cómo fue. ¿Y esa Yolanda, qué tal?
De camino a casa, Jimena narró templos, platos, las gentes amables y anécdotas divertidas.
Asunción escuchaba, a ratos preguntaba. La televisión quedó apagada.
En la pantalla negra se reflejaban tres figuras: marido, esposa abrazada y suegra, que por vez primera decidió mirar al mundo no a través de la niebla de las alarmas televisivas, sino a través de los ojos sinceros de quien volvió del infierno no solo ilesa, sino feliz.
Ya de noche, ante una taza de infusión, Asunción murmuró, tanteando:
El año próximo si os apetece quizá podría apuntarme. Pero nada de aventuras raras
Jaime y Jimena cruzaron miradas de sorpresa y sonrisas. Les sorprendía ese cambio en Asunción, por mínimo que fuera.
Sin embargo, unos días después, Asunción llegó a casa, roja y agitada.
¡No voy a ningún sitio! Y tú, Jimena, solo tuviste suerte. ¡Han rescatado a mucha gente de allí hace poco! No quiero ir a parar a esa situación.
Como quieras respondió Jimena con calma.
Jaime, tú tampoco tienes que viajar tanto. En España también hay sitios preciosos añadió Asunción con aire de autoridad.
Su hijo negó con la cabeza, sin discutir. Ya comprendía que algunas ideas tardan más en cambiarse.
Y así fue como, en el vaivén de precauciones y miedos, todos aprendieron que el mundo real rara vez es tan atroz como lo pintan. Y que, aunque la prudencia siempre es buena compañera, no se debe vivir bajo las sombras del miedo ajeno, sino bajo la luz propia de la experiencia.







