¿Qué voy a hacer contigo? “¡Entiende que no puede pasar nada entre nosotros!” dijo Victoria, indignada. “Te repito lo mismo cada día: eres como un niño.”

Victoria, espera.
La chica se gira hacia la voz. Reconoce enseguida que es Guillermo, una vez más esperándola a la puerta de su casa de Madrid.
¿Otra vez tú? ¿No te cansas nunca de esto? ¡Es que llevas aquí una eternidad! le reprocha Victoria.

Guillermo le tiende, tímido, un pequeño ramo de claveles rojos.
Solo quería verte un momento dice bajando la mirada.

Victoria coge las flores con desgana y suspira, resignada.
¿Qué voy a hacer contigo, Guillermo? Mira, tienes que entender que no puede pasar nada entre nosotros responde, un poco enfadada. Te lo repito todos los días, pero es que te comportas como un niño pequeño.
No puedo evitarlo Quizás algún día se me pase contesta él con una esperanza que ya no convence.
No se te va a pasar mientras sigas persiguiéndome, te lo he dicho cientos de veces. ¡Para mí no significas nada!
No te enfades, mujer, no te queda bien. Que tengas buenas noches y dulces sueños despide Guillermo con una media sonrisa.
¡Y no eres mi novio! grita Victoria, cerrando la puerta tras de sí.

Guillermo se enamoró enseguida de Victoria en cuanto llegó al instituto, cuando él iba a segundo de la ESO. Desde aquel momento compartieron pupitre en todas las clases. Victoria también sentía algo por Guillermo, y estaban juntos siempre, en todas partes. Pero ahora, tras terminar el bachillerato, Victoria ha cambiado por completo. Ya no ve a Guillermo a su lado.
¿Cómo ha podido pasar esto? piensa Guillermo, impotente.

Desde su ventana, la ve marcharse con otros chicos, quienes la acompañan a casa por la Gran Vía. El dolor de tener que ver esas imágenes se le clava como un puñal. Jura una y otra vez que no volverá a esperarla. Pero al día siguiente, sus pies vuelven a llevarlo, como por inercia, a la puerta de Victoria.

Ella lo sabe. Sabe que él siempre se queda en el banco junto al portal y, en el fondo, espera que algún día la vea con otro y la deje de una vez en paz.
¿Qué haces aquí todos los días? ¿A quién esperas? pregunta una voz femenina.

Guillermo levanta la vista y, en vez de Victoria, ve a otra chica. Destaca su melena pelirroja y las pecas que iluminarían cualquier rostro. Cuando sonríe, su simpatía es magnética. A su lado, corretea un perro de agua español, de un color casi tan rojizo como su dueña.
Guillermo piensa que la chica parece tan traviesa como su fiel amigo. Con una sonrisa espontánea, responde:

Espero a la felicidad. Pero parece que nunca está donde la busco…
Quizás miras en el lugar equivocado le dice ella. ¿Por qué no sales a descubrirla? Mi perro Bruno y yo damos una vuelta por aquí todas las tardes, ¿te apuntas? Los tres probaremos suerte esta vez.

Guillermo mira por última vez las ventanas encendidas del piso de Victoria, y se levanta decidido.
Mira, pues sí. Me apetece probar.

Para sorpresa de Victoria, esa noche no encuentra a Guillermo en el banco de siempre. Camina más despacio al acercarse, como si algo faltara.
Está vacío, piensa extrañada.

En ese momento escucha los ladridos de un perro, y en la distancia ve dos siluetas: Guillermo y una chica charlando mientras el perro les acompaña.
Victoria siente una punzada de celos. Nunca antes Guillermo había dejado de esperarla. Un vacío inexplicable nace en su interior, y contempla cómo esa desconocida lo aleja poco a poco de su lado.

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MagistrUm
¿Qué voy a hacer contigo? “¡Entiende que no puede pasar nada entre nosotros!” dijo Victoria, indignada. “Te repito lo mismo cada día: eres como un niño.”