¿Qué pasa contigo y esa Almudena? ¿Para qué necesitas una esposa así? Después de dar a luz se ha puesto blanda, ahora se pasea como un dirigible. ¿Crees que va a adelgazar? Claro, sigue esperando, que lo único que va a empeorar es que se engorde más.
Pero está tranquila. Y la verdad me gusta que haya rellenado un poco. Antes era como un palillo; ahora tiene curvas.
Yo decía eso de mi mujer sin poder evitar una sonrisa. En ese momento mi mejor amigo, Santiago, me dio una palmada en el hombro.
Oye, no te emociones tanto, ¿vale? No importa lo que te guste. Te vas a presentar con ella en la fiesta de fin de año de la oficina y no vas a poder mirarle a los colegas a los ojos. Eres un tío alto, corpulento, guapo. La vida de la mujer es corta, pero los hombres como nosotros ¡seguimos siendo solteros a cualquier edad!
Yo solo negué con la cabeza. Pero se me metió en la cabeza que quizá llevaba demasiado tiempo en ese matrimonio. Hace tiempo era un auténtico conquistador, hasta que Almudena me cambió. Tranquila, bonita, amable, cuidadosa. Y cocina tan bien que no te sueltas del plato. Yo mismo he subido unos diez kilos desde que nos casamos, y acabamos de tener un bebé.
Tienes que cambiar de mujer de forma regular, como se cambian los neumáticos rachó Santiago entre risas. Yo me divorcié y ahora estoy con Lucía. Joven, fuerte. Y si algo falla, la cambio por otra.
Tras esa conversación empecé a darle vueltas a las palabras de mi amigo. Santiago me hacía picar, y de pronto esas ideas se me quedaban como propias. Tal vez, en efecto, había estado demasiado tiempo en este matrimonio.
Almudena, has empecé, pero ella, con el bebé recién dormido contra el pecho, abrió los ojos de golpe
¿Y qué? Dios mío, he subido cinco kilos, ¿eso es una tragedia? Yo soy la que cuida al bebé, sin dormir, trabajando desde casa. Toda la casa recae sobre mí: el bebé, el trabajo, las cuentas, pagar la luz, hacer la compra, cocinar ¡y tú vas a atormentarme por cinco kilos míseros!
Fue como una tubería estallada en el alma de Almudena. Quería sollozar por la herida de que su marido no valorara nada de eso. Y si se fuera, yo quedaría solo con todos esos problemas y me ahogaría en ellos.
¿Por qué te obsesionas con esos kilos? ¡He traído a un ser humano al mundo y tú hablas de kilos!
Almudena refunfuñó y se dirigió a la guardería con el bebé en brazos. Yo me quedé sentado en la silla. Si tuviera otra esposa, quizá no estaría gritando.
Cada día que pasaba me hundía más en los pensamientos que Santiago había sembrado. Cada vez me parecía más cierto que él tenía razón. No abandonaría a mi hijo le ayudaría, pero siempre es útil tener una opción de repuesto.
Mira a Lucía, de la segunda planta, cómo te mira! La devora con la mirada. Es soltera, lo he comprobado. Bonita, atlética. ¡Míralo! ¡Parecería sacada de un cuadro! A su lado, tu Almudena no se compara decía Santiago, acercándose a la mesa.
Y, efectivamente, Lucía estaba junto al dispensador de agua. Una joven guapa que de vez en cuando echaba la vista a su compañero. Yo no había percibido ese fuego en los ojos del que hablaba Santiago. Pero él tiene más experiencia, ¡seguro que sabe!
Cuando llegues a casa, una mujer como ella te esperará. Imagina: tacones, lencería, todo para hacer feliz a un hombre. ¿Y tú? Seguro que vas con una bata manchada de baba del bebé. Te haces mayor, y después será más difícil encontrar a una chica.
Santiago me dio una palmada en el hombro y volvió a su departamento, soltando algún chiste picante sobre Lucía. Yo sentí una punzada de envidia hacia mi amigo. Él siempre lograba entablar conversación con cualquier mujer y al día siguiente presumía del número de teléfono o de fotos de una noche exitosa.
Fui a casa de mi madre y le conté que mi mujer ya no me convenía, aunque aún no lo había decidido. Pero María, mi madre, que siempre ha estado de mi lado, no me apoyó esta vez.
¡Hijo mío! Tu mujer te ha dado un hijo, trabaja, lleva la casa, es una belleza, y tú haces la oreja? Todos los hombres son iguales, Fernando. No sabéis valorar lo que tenéis, siempre mirando al bosque como lobos. Al final termináis viejos y solos, aullando a la luna.
Sus palabras volaron sobre mis oídos. Seguía mirando a Lucía en el trabajo, captando sus miradas, convencido de que mi amigo tenía razón. El tiempo avanzano volveré a encontrar a una chica tan joven, no hace falta ser adivino para verlo. Un día llegué a casa tan trastornado que sólo podía pensar en las palabras de Santiago.
Me senté frente a mi mujer, que mecía al bebé tras otra noche sin dormir. Ojeras bajo los ojos, la piel ya no era la misma, había perdido la figura atlética de antes. Entendí que la amaba, pero me aterraba pensar que podía estar perdiendo todas mis oportunidades masculinas.
Sabes, Almudena, creo que deberíamos separarnos. Cambiaste después del parto. He reflexionado y quizá sea hora.
No había nada concreto en mis palabras. Tartamudeaba, intentando suavizar el discurso, y me sentía como un tonto, como si hubiera caído en una estafa telefónica y ahora evitara la mirada de quien me preguntara al respecto.
Al principio Almudena no respondió. Sólo me miró con esos ojos cansados, sin ira ni desilusión. Colocó al bebé en la cuna, agarró dos maletas, tomó al niño y se dirigió al pasillo. No me había dicho nada hasta entonces, pero ahora estaba claro que se iba.
Quise gritar, detenerla, arrodillarme y suplicarle perdón. Pero al imaginar humillarme delante de mi amigo contando todo, esos impulsos me abandonaron.
Sabes, Fernando quizás deberías vivir solo un tiemposin mí, sin tu hijo. Cuando tuviste el accidente y estuviste postrado, yo te cuidé durante un año. Trabajaba, vaciaba tus orinales, te hacía ejercicios, buscaba a los mejores médicos, contraje préstamos y los pagué. No dije nada entoncesni insinué divorcio ni que nuestra relación estuviera mal. Y me echas con un bebé en brazos por cinco kilos míseros.
Almudena se dio la vuelta y se fue, sin esperar a que la realización cruzara mi cara desconcertada. Yo quedé en el umbral, escuchando sus pasos alejarse, y sólo sentí un aplastante peso por haber cometido un error irreversible.
Al día siguiente llegué al trabajo sin ánimo para nada. Todo se me escapaba de las manos. Santiago daba saltos a mi alrededor, felicitándome, agarrándome la mano como hacen los chavales en el patio.
Pues ya estávas a intentar ligar con Lucía. Qué bombónsi no, te la robo.
Santiago se rió, pero yo no lo hice. Miré al cielo y pensé:
Mira, Santiago, he sido un idiota al creerte. Tenía una esposa que cualquiera en el mundo envidiaría. Tengo un hijo, una familia buena. No necesito tus chicas jóvenes.
¡Pareces un marido amarrado, no un hombre!
¿Y un hombre, según tú, es quien abandona a su mujer y a su propio hijo? ¿O el que no puede mantenerse firme y salta de chica en chica? ¿O el que, al oír el crujido de una falda, se vuelve como un perro callejero?
Santiago se ofendió por la forma en que traté sus consejos y por el punto sensible que tocó. Tuvimos una fuerte pelea. Decidí que, si nada cambiaba, ya no sería amigo de Santiago. Con un mejor amigo así, no necesitas enemigos.
Ese mismo día fui a mi mujer con un enorme ramo de flores. Me arrodillé y le pedí perdón, confesando que había caído en los cuentos de mi amigo. Solo me culpé a mí mismo y le rogué clemencia. Almudena me perdonó; volvimos al piso y empezamos a vivir en armonía. Incluso me pareció que la amaba más que nunca. Ya no la veía como un extra del paquete.
Para mí, Almudena era la más bella, la mejor de todas. Al diablo los kilos, la mirada cansada. Empecé a ayudarla activamente, asumiendo más responsabilidades con el bebé. Me sentaba con el niño, me levantaba de noche, lo arrullaba. Me hacía cargo de la colada y de la cocina cuando hacía falta. Mientras tanto, ella empezó a florecerse apuntó al gimnasio.
Poco a poco, en pequeños pasos, nuestra relación volvió a su cauce original. Me prometí a mí mismo que nunca volvería a hacer algo así. Para mí, toda la situación se convirtió en una lección importante: hay que usar siempre la cabeza.







