Carmen, espera. La muchacha se volvió hacia la voz. Sabía que Guillermo la aguardaba una vez más junto al portal de su casa, bajo la luz pálida de una farola de Madrid.
¿Otra vez aquí? ¿No te cansas nunca de lo mismo? Parece que llevas siglos esperando dijo Carmen, dejando escapar un suspiro resignado.
Guillermo, cohibido, le tendió un ramo de claveles.
Solo quería verte murmuró.
Carmen aceptó las flores con cierta frialdad, apretándolas contra su abrigo mientras lanzaba al aire un suspiro casi de invierno.
¿Y qué se supone que haga contigo? ¡Entiende que entre nosotros no puede pasar nada! exclamó, crispada. Te lo repito cada día. ¡Pareces un niño!
No sé hacerlo de otro modo Quizá algún día se me pase.
No se te pasará mientras sigas persiguiéndome así. ¡Te lo he dicho cientos de veces! ¡Tú para mí no eres nada!
No te enfades, guapa, no te pega enfadarte. Que tengas buenos sueños sonrió Guillermo, tímido.
¡Y yo no soy tu chica! gritó Carmen desde el zaguán, mientras las flores caían sobre el felpudo.
El flechazo de Guillermo fue inmediato. Carmen llegó a su instituto cuando él aún estaba en primero de la ESO. Desde entonces, compartieron pupitre y complicidades. Lo hacían todo juntos. Pero ahora, tras terminar el bachillerato, Carmen era otra. En los pasillos de sus recuerdos, ya no le veía a su lado.
¿Cómo es posible? pensaba Guillermo.
La veía volver a casa acompañada de otros chicos, entre bromas y risas que rebotaban por la Gran Vía. El corazón se le partía en dos. En esos instantes solía jurarse que jamás volvería a buscarla. Pero cuando el sol caía sobre los tejados de Lavapiés, sus pies lo llevaban, como hipnotizados, hasta la puerta de Carmen.
Carmen ya intuía que, al doblar la esquina, volvería a encontrar a Guillermo en el banco de siempre, bajo la sombra de un naranjo cansado. Y deseaba que alguna noche la viera paseando con otro, para que por fin la dejara tranquila.
¿Qué haces aquí cada atardecer?, ¿esperas algo o a alguien? preguntó una voz diferente.
Guillermo alzó la mirada y vio a una muchacha pecosa de cabello encendido, casi tan anaranjado como el crepúsculo, que a su lado paseaba a un perro rechoncho del mismo color. Al sonreír, la chica irradiaba una belleza insólita y soñolienta, como sacada de un cuadro de Dalí.
Espero la felicidad. Pero por aquí no la encuentro…
Igual la buscas en el sitio equivocado contestó la chica. ¿Te animas a acompañar a Jacinto y a mí a explorar por aquí cerca? Los tres, a ver si damos con ella.
Guillermo miró las ventanas apagadas de Carmen, luego se puso en pie y asintió con una decisión casi irreal:
¿Sabes? Me apunto.
Aquella noche, Carmen llegó a la plaza y, por primera vez, no encontró a Guillermo en el banco. Un escalofrío le recorrió la espalda. Avanzó, dubitativa, entre sombras alargadas, y entonces escuchó un ladrido claramente castellano, lleno de ecos de patio interior.
Al fondo, dos figuras se desdibujaban entre los árboles: una joven pelirroja y Guillermo.
Carmen sintió un hueco en el estómago, un vértigo difuso: era la primera vez que Guillermo no la esperaba. La noche le supo a envidia y a ausencias. A lo lejos, la silueta de la desconocida alejaba a Guillermo, igual que una ola surrealista arrastra consigo todos los deseos perdidos por la Plaza Mayor.





