¡Pero qué más da quién cuidara a la abuela! ¡Legalmente, ese piso debería ser mío! me grita mi madre, como si fuera una escena de una telenovela cutre de sobremesa.
Resulta que mi propia madre me amenaza con llevarme a juicio. ¿Por qué? Porque el piso que fue de mi abuela, en vez de pasar a ella o incluso a mí terminó siendo de mi hija. Mi madre lo considera un ultraje. Para ella, lo más justo hubiera sido que el piso fuese suyo. Pero mi abuela tenía otras ideas, quizá porque mi marido y yo pasamos los últimos cinco años de su vida con ella, haciéndole compañía y cuidándola.
Mi madre es, y lo digo desde el cariño, una egoísta sin competencia. Siempre puso sus deseos y anhelos por encima de cualquier otra cosa y persona, tuviera la edad que tuviera el sujeto en cuestión, incluso si ese sujeto era una de sus hijas. Se ha casado tres veces, pero solo tiene dos hijas: yo y mi hermana pequeña. Con mi hermana me llevo genial, casi como si fuéramos un dúo cómico. Con nuestra madre, en cambio, la cosa es más tensa.
Al mío, al padre biológico, ni lo recuerdo. Se divorció de mi madre cuando yo tenía apenas dos años. Hasta los seis viví con mi madre en casa de mi abuela. Por alguna razón, de niña yo pensaba que mi abuela era muy borde. Supongo que era porque mi madre pasaba el día llorando y todo me parecía sospechoso. De adulta entendí que mi abuela era una santa y solo intentaba que su hija espabilara.
Después mi madre se casó de nuevo, y nos mudamos juntas con su flamante segundo marido. De esa unión nació mi hermana. Mi madre aguantó con él unos siete años, y luego… otro divorcio en el historial. Esta vez no volvimos a la casa de la abuela. El padrastro se marchó a trabajar fuera y nos dejó quedarnos temporalmente en su piso. Tres años más tarde, mi madre volvió a pasar por el altar y nos mudamos con el nuevo marido.
Él, el pobre, no veía con buenos ojos que su esposa llegara con bonus extra: dos criaturas. Aquel hombre nunca nos hizo daño, pero tampoco nos hacía ni caso. Mi madre, completamente absorbida por sus celos y su nuevo amor, montaba escenas dignas de culebrón y batía récords de tazas rotas por mes.
Una vez al mes, mi madre amenazaba con largarse, maleta en mano, hasta que mi padrastro la convencía de quedarse. Mi hermana y yo nos acostumbramos a esos dramas y dejamos de prestarles atención. Al final terminé yo cuidando de mi hermana, que para mi madre siempre había asuntos más urgentes. Menos mal que nuestras abuelas todavía estaban al pie del cañón, porque si no, solo nos habrían criado la televisión y las croquetas congeladas.
Llegó el momento de la universidad y me mudé a la residencia. Mi hermana se fue a vivir con la abuela paterna. Nuestro padre siempre estaba dispuesto a echar una mano, y mi madre solo nos llamaba en Navidad… Acepté a mi madre tal y como era (un caso digno de estudio), aunque a mi hermana le dolía. Se lo tomó especialmente mal cuando mi madre se saltó su fiesta de graduación. Todo un clásico.
Con los años, mi hermana se casó y se marchó a otra ciudad. Yo, aunque llevaba años con mi novio, no tenía ninguna prisa por casarme. Vivíamos juntos en un pisito alquilado y yo, siempre que podía, me escapaba a ver a la abuela. Nos llevábamos muy bien y compartíamos tardes de café y cotilleo, sin molestarla demasiado.
Hasta que un día la abuela cayó enferma y acabó en el hospital. Allí me dijeron que necesitaba muchos mimos y atenciones. Empecé a ir a verla a diario: le llevaba comida fresca, le cocinaba, le limpiaba la casa y, sobre todo, me aseguraba de que tomara todas sus pastillas a la hora. A veces venía mi novio, que siempre traía alguna herramienta para arreglar algo del piso o se ofrecía para limpiar. Fue entonces cuando la abuela, con esa generosidad tan suya, nos propuso mudarnos allí, ahorrar algo en alquiler e ir poco a poco pensando en nuestro futuro.
Aceptamos sin dudarlo. Mi abuela adoraba a mi novio y nosotros a ella. Poco después, sorpresa: me quedé embarazada. Decidimos tener al bebé, para felicidad absoluta de la abuela, que no cabía en sí cuando supo que sería bisabuela. Nos casamos discretamente y celebramos con la familia en una cafetería de barrio. Por supuesto, mi madre ni apareció ni llamó para felicitar.
A los dos meses de nacer mi hija, la abuela sufrió una caída y se rompió la pierna. Aquello fue demoledor: cuidar de la abuela y la bebé al mismo tiempo era agotador. Llamé a mi madre para pedirle ayuda, pero, como si la hubieran pillado en pecado mortal, me soltó que no estaba bien y que ya vendría más tarde. Hasta hoy.
Seis meses más tarde, la abuela tuvo un ictus y se quedó en cama. Fueron los meses más duros de mi vida, y no sé qué habría sido de mí sin el apoyo de mi marido. Poco a poco, mi abuela fue mejorando: pudo volver a hablar, a andar un poco y a comer sola. Tras el ictus vivió dos años y medio más. Le dio tiempo a ver a su bisnieta corretear por el pasillo. Cuando se fue, en silencio y dormida, fue un mazazo. La queríamos muchísimo.
Mi madre, la figura fugaz, solo vino al entierro. Y ni un mes después apareció en casa, con gestos teatrales, dispuesta a desalojarnos del piso y quedarse con todo como si esto fuera un episodio de “Aquí no hay quien viva”. Ella estaba convencida de que el piso sería suyo. No sospechaba que mi abuela, nada más nacer mi hija, dejó todo arreglado ante notario. Así que mi madre, lo siento, pero te has quedado a dos velas.
Claro, eso no le gustó nada. Me montó una escenita y me exigió que le entregara el piso, que si no me arrastraría a los juzgados.
¡Mira que eres lista! Engañaste a la pobre vieja y ahora te quedas su piso, ¡pero ya verás! ¡A mí no me importa quién la cuidara, ese piso debería ser mío!
Pues no, ese piso no lo va a ver ni en pintura. Yo me asesoré bien con el notario y el abogado y sé que es así. Viviremos aquí, en la casa que nos regaló la abuela. Y si el segundo bebé resulta ser niña, le pondremos el nombre de mi abuela, como debe ser. Y así, tan ricamente, con croquetas, telenovelas y algún que otro drama, seguimos adelante.







