¿Qué tienes hoy para comer, Gonzalo queso de oveja o manchego? ¿Te has traído el tomate con sal? Así se reían los compañeros de clase de él.
Pero la maestra estaba a punto de darles a los niños una lección que nunca olvidarían.
Era recreo.
En la clase reinaba el bullicio, risas, papeles arrugados revoloteando por las mesas, y el aire olía a bocadillos abiertos deprisa.
Gonzalo permanecía en su pupitre, más callado de lo normal.
No era porque no quisiera hablar
es que desde pequeño le habían enseñado a no molestar.
Abrió su mochila despacio, como si hasta el crujido de una bolsa fuese demasiado estridente.
Sacó un paquetito envuelto en papel blanco, algo aceitoso en los bordes
y lo dejó encima del cuaderno.
Entonces, desde el fondo del aula, se oyó una voz:
¿Qué tienes hoy para comer, Gonzalo? ¿Queso de oveja o manchego? ¿Has traído el tomate con sal?
Y después carcajadas.
Carcajadas que, para quien se burla, parecen inocentes
pero para quien las recibe, son como piedras lanzadas al alma.
Gonzalo se quedó paralizado.
No era la primera vez.
Desde que llegó a tercero de primaria, Gonzalo era el niño del pueblo.
El chico con la ropa más sencilla.
Con las manos, a veces ásperas por el frío.
Con zapatos gastados.
Con una voz calmada, pausada.
Y sobre todo
el niño que a veces olía a campo, a establo, a trabajo.
A ellos les hacía gracia.
Para Gonzalo era su vida.
Sus padres eran gente trabajadora.
Se dedicaban al campo, tenían unas pocas ovejas, un huerto pequeño y una casa donde el día empezaba antes de que saliera el sol.
Gonzalo no se levantaba temprano solo para ir al colegio.
Se levantaba para ayudar.
A veces traía agua.
Otras veces recogía leña.
A veces veía a su madre con las manos rojas de frío y las mejillas cortadas por el viento, pero siempre con las mismas palabras dulces:
Venga, hijo estudia que solo el saber te saca de la dificultad.
Y Gonzalo estudiaba.
No por las notas.
No por halagos.
Sino porque era su única esperanza.
Mientras los demás niños jugaban después de clase, él hacía los deberes a la luz débil de la cocina.
Con las manos aún oliendo a tierra.
A veces con el estómago vacío.
Pero con una determinación de la que él mismo no conocía el origen.
Sin embargo
en el recreo, era siempre el blanco de las bromas.
Mirad a Gonzalo, siempre está comiendo queso de oveja.
¿Le has puesto sal al tomate?
¿Has traído las ovejas a clase?
Se reían.
Gonzalo no respondía.
Apretaba los labios, bajaba la mirada y se concentraba en su paquete.
Porque él sabía una verdad que los demás ignoraban:
no todos los niños tienen suerte de tenerlo todo.
Algunos solo tienen lo que sus padres pueden reunir con mucho esfuerzo.
Pero ese recreo, las bromas fueron más crueles que nunca.
Un chaval se levantó y se acercó al pupitre de Gonzalo:
Venga, Gonzalo ¡deja que probemos!
¡A ver si ese queso es de verdad!
Y volvieron las risas.
Gonzalo apretó el paquete entre las dos manos.
No por miedo
sino por vergüenza.
Esa vergüenza que nunca debería sentir un niño
sino el mundo que olvida lo que significa ser persona.
Y justo entonces
la puerta del aula se abrió.
Entró la maestra.
No gritó.
No montó un escándalo.
Pero su mirada cortó el aire de la clase como un cuchillo.
Había escuchado las últimas palabras.
Había visto las risas.
Había visto el paquete apretado entre las manos de Gonzalo.
Por un instante se hizo el silencio.
Un silencio denso
en el que uno sabe que ha hecho mal.
La maestra se acercó despacio al pupitre.
Gonzalo ¿qué tienes ahí? preguntó con amabilidad.
Gonzalo levantó la mirada, los ojos humedecidos pero queriendo ser fuerte.
Nada, señora solo la comida
Ella sonrió con tristeza.
No es solo comida, Gonzalo.
Es el trabajo de tus padres. Es el cuidado de tu madre. Es su sacrificio.
Luego se volvió hacia la clase.
Y entonces les dio a todos una lección real.
No con gritos.
No con castigos.
Sino con la verdad.
Debería daros vergüenza, dijo con calma, pero firmeza.
Os reís de un niño que come queso de oveja y tomate con sal
¿pero sabéis todo lo que se esconde detrás de un trozo de queso?
Los niños callaban.
Algunos bajaban la cabeza.
La maestra continuó:
Gonzalo es un buen alumno. Concienzudo. Respetuoso.
No molesta, no se queja, no pide nada.
¿Y vosotros le humilláis porque no tiene lo que vosotros tenéis?
Hizo una pausa, y con una voz que caló el aire añadió:
Las personas no se miden por la ropa bonita.
Ni por lo que llevan en la mochila.
Se miden por la bondad.
Miró a cada niño a los ojos.
Si no aprendéis bondad ahora
puede que crezcáis con dinero pero sin corazón.
En el aula había un silencio profundo.
Gonzalo mantenía su paquete delante y, por primera vez no se sentía tan pequeño.
La maestra se inclinó suavemente y le dijo al oído:
Come tranquilo, Gonzalo.
Y que nunca te dé vergüenza ser quien eres.
Gonzalo asintió.
Y le dio un bocado a su bocadillo.
Más despacio que otras veces,
pero con el corazón más ligero.
Aquel día, algunos callaron.
A otros les ardía la vergüenza en los ojos.
Alguno, quizás, comprendió.
Pero lo más importante
Gonzalo entendió que el problema no era suyo,
sino de quienes se reían del esfuerzo ajeno.
Y tal vez este relato sea para todos nosotros
Para recordar que detrás de cada niño del pueblo
hay una familia que trabaja hasta la extenuación.
Y que, a veces
un tomate con sal y un trozo de queso no son motivo de burla
sino el amor en su forma más sencilla.






