— ¿Qué haces, abuelo, aquí? ¿Te apetece pasear? ¡A tu edad, yo me quedaría en casa!

¿Qué haces aquí, abuelo? ¿Te apetece pasear? ¡A tu edad me quedaré en casa!

Don José, con la espalda arqueada como una rama seca, empujó la boina un poco más sobre los ojos. El viento cortante le rozaba la cara, pero no se movía del sitio. Allí, al borde de la carretera que serpentea entre los campos de Castilla, sostenía una pesada cesta de mimbre en una mano y, con la otra, la alzaba como si pudiera detener cualquier coche que pasara.

No era la primera vez que recorría ese camino. Desde que Crisanta, su mujer, había sido ingresada en el hospital de Aranjuez, se había habituado al polvo, a la espera, a la impaciencia. Pero hoy, su corazón latía con un ritmo distinto.

Crisanta estaba más débil que nunca cuando la enfermera llamó. Le dijeron que no estaba bien, que sería bueno que él fuera a verla, que le acompañara. Cuando alguien te dice «sería bueno que vinieras», sientes que el suelo se escapa bajo los pies.

Salió de su casa sin pensarlo. Metió en la cesta una camisa limpia, una toalla, unas manzanas y una botella de licor de cerezas hecha por Crisanta hacía años. La había guardado «para cuando estuviera enfermo, José». Ese licor era su forma de recordarle que no la había olvidado, que guardaba cada gesto suyo, cada frasco colocado con manos temblorosas en la estantería.

Los coches pasaban de vez en cuando, pero ninguno se detenía. Algunos miraban a través del cristal como si fuera un árbol seco al borde del camino, no un hombre con el alma pesada. Otros estaban pegados al móvil, otros hablaban, reían, apresurados en vidas sin tiempo para observar a un anciano con una cesta.

En un momento, un coche redujo la velocidad. Don José sintió que su corazón se estrechaba. «Ya, me han cogido», pensó. Dio un paso adelante, apretando la cesta contra el pecho. El cristal del parabrisas se bajó y, como un reflejo, apareció una cara joven, ligeramente sonriendo.

¿Qué haces aquí, abuelo? ¿Te apetece pasear? ¡A tu edad me quedaría en casa!

El tono era burlón, pero la cuchilla del sarcasmo cortaba hondo.

Don José abrió la boca para decir: «No vengo a pasear, voy a mi mujer enferma», pero el joven ya había levantado la ventanilla y pisado el acelerador. El coche se alejó, dejando tras de sí una nube de polvo y un silencio pesado.

Durante unos instantes, el anciano sintió que todo aquel camino le había golpeado el pecho. Miró sus manos nudosas, sus zapatillas gastadas, la vieja cesta.

«Tal vez parezco un cualquiera sin nada que buscar en la carretera», se murmuró, con un nudo en la garganta.

Entonces recordó los ojos de Crisanta, la forma en que lo buscaba con la mirada en el pasillo del hospital, cada vez que entraba la puerta como preguntando: «¿Has llegado? ¿Estás aquí?». Más allá de arrugas y años, en sus ojos seguía el joven que había conocido en las fiestas del pueblo, hace mucho tiempo.

Su amor no contaba kilómetros ni arrugas. Sólo latidos.

Se quedó allí, inmóvil. «No me voy, Crisanta», se dijo en silencio. «Te esperabas a mí. ¿Cómo no ir?»

El tiempo se dilataba. Nubes se amontonaban en el cielo, tiñéndolo de un azul turbio. El viento se hacía más fuerte. Don José apretó su abrigo, sintiendo los huesos crujir por el frío y los años, pero no se movía.

A veces, un coche cruzaba con los faros encendidos, iluminando su rostro cansado por un segundo, para después devorarlo de nuevo en la oscuridad.

Pensó en todas las veces que Crisanta había cuidado de él. Cuando él llegaba cansado del campo y ella le esperaba con la mesa puesta, con manos que olían a pan recién horneado. Cuando él enfermó y ella no durmió ni una noche, preparando infusiones y poniendo compresas frías en su frente. Cuando ella le regañaba por no preocuparse, y él solo reía: «Tranquila, abuelo, no me va a pasar nada».

Ahora ella estaba postrada. Y él, con la impotencia de la vejez, quería al menos estar allí, tomar su mano. No tenía medicinas, ni estudios, ni fuerza. Sólo tenía amor. Y a veces, el amor es el único remedio que queda.

Cuando la noche casi había caído, un coche finalmente se detuvo. Los faros lo cegaron por un instante. La puerta del vehículo se abrió y una figura vestida de bata blanca, con una chaqueta encima, descendió.

¿Don José?

La voz le resultó familiar.

Sí yo respondió el anciano, vacilante.

El doctor Pérez, quien cuidaba a Crisanta, lo miró con una mezcla de asombro y tristeza.

¿Qué hace aquí, con este frío?

Voy a ver a Crisanta no había nadie que me llevara y ya no tenía paciencia

El doctor suspiró. Lo había visto tantas veces en los pasillos del hospital, con su cesta de mimbre, sentado en una silla, con la mirada fija en la puerta del salón. Lo había visto apretar las manos cuando el estado de Crisanta empeoraba, y sonreír al oír a la enfermera decir «hoy está un poco mejor».

Suba, por favor. No lo dejo aquí.

El médico tomó la cesta de sus manos con respeto, como si fuera el más valioso equipaje, y le abrió la puerta.

Don José se quedó parado un segundo, incrédulo.

¿Yo?

A usted, señor Don José. Yo también voy al hospital. Lo acompañaré.

Al subir al coche, sintió el calor envolverle como un abrazo. Y, por primera vez ese día, dejó que las lágrimas corrieran en silencio, mirando por la ventanilla.

El doctor no le preguntó por qué no tomó el autobús, ni por qué había esperado tanto en el frío. Sabía que a veces las preguntas hieren más que el viento.

Doctor

Sí?

Sepa que mi Crisanta habla de usted. Dice que tiene buenas manos

El médico sonrió levemente.

Tiene ella buen corazón, por eso ve la bondad en todo.

El resto del trayecto se deslizó en silencio. Don José apretaba la cesta contra el pecho, limpiándose de vez en cuando una lágrima con el puño de su abrigo. Pensaba que tal vez Dios no lo había olvidado, que entre todos los coches que pasaron sin verlo, aquel que llevaba al hombre que cuidaba de Crisanta se había detenido.

Al llegar al hospital, al cruzar el largo pasillo iluminado, con la cesta en la mano y pasos lentos, sintió que ya no era solo un anciano desamparado al borde del camino. Era un esposo que mantenía su promesa: «Iré a ti, pase lo que pase».

Al entrar en el salón, Crisanta lo vio al instante. Sus ojos cansados se iluminaron, como cuando él regresaba del campo y ella lo esperaba.

Has venido susurró.

He venido, mujer ¿Cómo no hacerlo?

Le puso la cesta a sus pies y sacó de ella la botella de licor de cerezas que había guardado tantos años.

Te traje la compota de cerezas, ¿la recuerdas? La de «cuando esté enferma, Don José». Ahora tú estás enferma, pero nos curamos juntos.

Ella esbozó una leve sonrisa y una lágrima relució en el ojo, no de dolor, sino de gratitud.

En ese instante, el frío de la carretera, los rechazos, las palabras cortantes del joven conductor dejaron de importar.

Don José comprendió entonces algo: el mundo está lleno de gente que pasa sin ver, pero basta con una sola persona buena para sentir que Dios no nos ha dejado al borde del camino. Y su amor por Crisanta no necesitaba hacer autostop; ella encontraba su propia ruta, a través del frío, del cansancio, del tiempo, y siempre llegaba al lecho del hospital, a sus ojos cansados y a su corazón que aún latía por él.

La próxima vez que pases junto a un anciano con la mano extendida, piensa que podrías ser tú o tus padres. Sé tú el coche que se detiene, no el que levanta el polvo.

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— ¿Qué haces, abuelo, aquí? ¿Te apetece pasear? ¡A tu edad, yo me quedaría en casa!