¿Qué escondes en la nevera?”: una reflexión sobre poner un candado porque mi pareja se come todo

Hace tiempo, en un pequeño pueblo de Andalucía, jamás imaginé que alguien me diría: «Deberías ponerle cerradura a la nevera». Al principio, me reí—¿una cerradura? ¡Solo es comida! Parecía una broma. Hasta que un día, en el supermercado, vi unos pestillos de plástico para neveras. Y entonces lo entendí: podrían ser mi salvación. Me llamo Ana, y estaba cansada… cansada de que mi marido se lo comiera todo. Absolutamente todo. Sin dejar ni miga.

Miguel, mi esposo, siempre tuvo buen apetito. Cuando empezamos a salir, pensé que era normal. «Le gusta comer, ¿qué hay de malo?», me decía. Cocinaba con alegría, preparándole platos deliciosos, esforzándome por verlo disfrutar. Me encantaba ver cómo devoraba la cena con gusto. Entonces, lo interpretaba como amor. Ahora, como egoísmo.

Con el tiempo, la situación se volvió insoportable. Llegaba del trabajo y la nevera estaba vacía. La noche anterior, rebosaba de comida: sopa, carne, guarniciones, postres. ¿Y hoy? Solo tupperwares vacíos, platos sucios y manchas de salsa en la puerta. Sin remordimientos. Miguel nunca preguntaba si podía comerlo, ni si debía dejarme algo. Abría la nevera y arrasaba con todo.

Lo peor es que empecé a esconder comida. ¡Como una niña! Metía el queso detrás de las conservas, guardaba un yogur en el balcón, escondía el pollo que tanto me gustaba… Pero siempre lo encontraba. Tenía el olfato de un sabueso. Una vez lo pillé calentando lo que había escondido, comiéndolo con satisfacción, relamiéndose. Y luego ni siquiera lavó el plato.

Cuando me quejé con una amiga, solo se rio:

—¡Pero qué buen apetito! Alégrate, al menos no desprecia tu comida.

Sí, cocinaba bien. ¡Pero yo también tengo hambre! A veces solo quiero abrir un tupper, sentarme con una taza de té y comer en paz. Pero siempre me ganaba él.

Una vez preparé la comida favorita de mi hijo mayor: una empanada con carne. Amasé, rellené, horneé. Mi hijo llegaría tarde del colegio, así que le guardé la mitad. Pero cuando volvimos… la empanada había desaparecido. Miguel se la comió entera. Solo. En una hora.

Mi hijo lloró. Perdí los estribos y le grité como nunca. Él solo encogió los hombros:

—Tenía hambre. ¿Qué quieres que haga?

Miguel, por cierto, tenía el físico acorde: barriguita, mejillas rollizas, siempre resoplando de hartazgo. De joven iba al gimnasio, ahora solo veía la tele y comía. Cuando le dije que tanto no era saludable, se ofendió. Y cuando sugerí que quizá debería adelgazar, contestó que se amaba tal como era.

Yo ahorraba, compraba ofertas, y él lo devoraba en medio día. El presupuesto se desmoronaba. Gastaba casi la mitad de mi sueldo en comida. ¿Y él? Creía que era mi obligación. La suya, comer.

Un día estallé:

—Si comes por tres, al menos paga la comida. Haz la compra tú. Aunque sea una semana.

Me miró como si le pidiera un riñón.

—¿Ahora tengo que manteneros a todos? —protestó—. Somos una familia, y tú con exigencias.

Ahí lo entendí: no era la comida. Era el respeto. O la falta de él. Si vaciaba la nevera sin dejar ni una manzana a su hijo, solo pensaba en sí mismo. Duele. Hasta las lágrimas.

Hasta mis hijos notaban que solo les quedaban «las sobras» de papá. Cuando hice compota y escondí un tarro en la despensa, el mayor me dijo: «Mamá, pareces de los dibujos, escondiendo comida de papá». Y dolió. Porque era la verdad.

No quiero convertir la casa en un campo de batalla. Pero si esto no cambia, tendré que comprar ese maldito pestillo. O… poner un ultimátum.

Porque no soy la cocinera de un comedor. Ni la criada. Soy su esposa. Y madre. Y merezco respeto. Incluso en las cosas pequeñas. Incluso en algo tan simple como la cena.

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