—¿Qué? ¿Ahora soy vieja? ¿Inútil? —La voz de la madre tembló de indignación—. ¡Si todavía estoy más que ágil!
—¡Lucía! ¡Luci! ¿Cuántas veces tengo que llamarte? —El grito de su madre atravesó la casa entera, llegando incluso a la habitación del niño, donde Lucía intentaba dormir a Mateo, de tres años.
—¡Mamá, cinco minutos, por favor! ¡El niño está casi dormido! —susurró, acariciando la espalda del pequeño.
—¿Cinco minutos? ¡Me siento mal! ¡La presión se me dispara! ¡Prometiste traerme las pastillas! —La voz de su madre adquirió ese tono histérico que tanto conocía.
Lucía suspiró. Mateo, que ya cerraba los ojos, los abrió de nuevo, inquieto.
—Mamá, ¿la abuela está llorando? —preguntó en voz baja.
—No, cariño, solo está hablando fuerte. Duérmete, mi vida… —Le dio un beso en la frente, pero por dentro sentía un nudo. Su madre no lloraba, gritaba. Y eso era peor.
Carmen Martínez estaba en la cocina, con una mano en el pecho, respirando hondo como si representara una obra de teatro. Al ver a su hija, movió la cabeza con reproche.
—¡Mira en lo que me has puesto! ¡El corazón me va a mil, la cabeza me da vueltas! ¡Y tú enredada con el niño! ¡Te dije que primero las pastillas y luego lo demás!
—Mamá, no puede ser. Mateo estaba durmiéndose, no puedo dejarlo a medias. Si no, luego no descansa en toda la noche. —Sacó las pastillas de la presión del botiquín y sirvió un vaso de agua.
—¿Y qué, me dejas que me muera? —Carmen apartó la mirada, ofendida—. Antes no eras así. Antes venías corriendo en cuanto te llamaba. ¡Pero ahora tu familia es más importante que tu madre!
Lucía le entregó las pastillas en silencio. Era cierto, antes lo dejaba todo por ella. Hubo un tiempo en que su madre pedía con dulzura: «Lucita, mi niña, ¿me traes la medicina, por favor?». Ahora eran órdenes: «¡Lucía, las pastillas ahora mismo!».
—Mamá, tómatelas y descansa un rato. Te sentirás mejor —dijo con calma.
—¡Descansar! ¡Fácil decirlo! ¿Y quién hace la cena? ¿Quién prepara a Mateo para la guardería mañana? —Carmen enumeró sus tareas con voz cada vez más irritada—. ¡No soy la sirvienta! ¡Os ayudo, sacrifico mi salud, y vosotros…!
—Nadie te obliga a cocinar, mamá. Yo puedo hacerlo —la interrumpió Lucía.
—¡Sí, claro! ¿Y a qué hora? ¡Pasadas las nueve! El niño con hambre, tu marido llegando del trabajo… ¡No puedo permitirlo!
Lucía se sentó frente a su madre. Llevaban dos años viviendo juntas desde que nació Mateo. Entonces, Carmen dejó su piso para ayudarlas. Al principio fue un alivio: cuidaba al niño, cocinaba, limpiaba. Lucía podía trabajar tranquila, sabiendo que todo estaba bajo control.
Pero poco a poco, todo cambió. Las ofertas de ayuda se convirtieron en obligaciones, y las peticiones, en exigencias.
—Mamá —dijo con cuidado—, ¿qué tal si buscamos una niñera para Mateo? Estás agotada, nerviosa…
—¿Una niñera? —Carmen casi saltó de la silla—. ¿Una extraña con mi nieto? ¡Pero si estás loca! ¿Quién lo va a cuidar mejor que yo?
—No digo que lo hagas mal. Solo que…
—¿Solo qué? ¿Que ya estoy vieja? ¿Que no puedo? —Su voz tembló de rabia—. ¡Si todavía tengo energía para diez nietos más! ¡Solo pido un poco de ayuda, de comprensión!
En la entrada se oyeron pasos: era Javier, su marido. Lucía respiró aliviada.
—¡Hola, mis amores! —anunció él, alegre—. ¿Qué tal? ¿Mateo ya duerme?
—Sí —respondió Lucía, seca.
—¡Ahí está mi yerno! —Carmen cambió el tono al instante—. ¿Tienes hambre, Javi? Hice cocido y filetes. ¡Siéntate!
Javier miró a Lucía, confundido. En su cara leyó que algo había pasado.
—Gracias, Carmen. ¿Ocurre algo? Lucía parece molesta.
—Nada importante —suspiró su madre—. Solo que le pedí las pastillas y prefirió ocuparse del niño. Pero bueno, ya pasó. Cuéntame, ¿cómo te fue en el trabajo?
Lucía puso la mesa en silencio. Así siempre: con Javier, su madre era dulce y comprensiva. Con ella, otra persona.
Durante la cena, Carmen le contó a Javier su día: llevó a Mateo al parque, cocinó, lavó. Cada palabra llevaba un mensaje: «¿Ves todo lo que hago por vosotros?».
—Mamá está agotada —dijo Lucía, cortando el filete—. Quizá deberíamos pensar en una niñera.
Javier asintió.
—Tiene razón, Carmen. Usted hace mucho por nosotros. Tal vez es hora de que descanse, se cuide un poco.
—¿Que me cuide? —repitió ella, y el ambiente se tensó—. ¿Haciendo qué? ¡Mi vida tiene sentido ayudándoos! ¿O prefieren que me encierre en mi casa, mirando la tele?
—No digo eso —Javier habló con calma—. Podría salir con amigas, ir al cine, a la playa…
—¿Amigas? —Carmen soltó una risa amarga—. Todas están enfermas o cuidando nietos. ¿Y el cine? ¿Con qué dinero? ¡Con mi pensión de mil euros no llego!
Lucía vio que la conversación se torcía. Su madre empezaba a victimizarse, y pronto vendrían los reproches.
—Mamá, si quieres ir al cine, te pagamos las entradas.
—¡No quiero limosnas! —estalló Carmen—. ¡Trabajé toda mi vida! Pero creo que mi deber es ayudaros. ¡Y el vuestro es valorarlo!
—Lo valoramos —dijo Lucía, cansada.
—¡No es cierto! —golpeó la mesa—. ¡Si no, no me hablaríais de niñeras! ¡De hacerme sentir que sob






