«Pronto madre, pero solo piensa en salones y fiestas. Como si no planease tener un hijo…»

**18 de diciembre, Madrid**

Mi hija está a punto de dar a luz, y solo piensa en salones de belleza y fiestas. Como si no tuviera un hijo a punto de nacer…

Isabel Martínez estaba sentada en la cocina, mirando por la ventana mientras caían los primeros copos de nieve de diciembre. No era el frío lo que le apretaba el corazón, sino la preocupación por su hija, por su nieto, por el mañana. Lucía, su única hija, estaba en la semana treinta y ocho de embarazo. Cualquier día podía ser, pero ella solo hablaba de uñas, spas, sesiones de fotos, cafés con amigas y planes para Nochevieja.

Isabel no podía creerlo. ¿Dónde estaba el instinto maternal? ¿Esa ternura que hasta los gatos callejeros sienten al prepararse para parir? En cambio, Lucía tenía una lista interminable de citas de belleza y, entre ellas, había apuntado… a su madre. O sea, a ella. Sería quien cuidaría del bebé mientras la recién estrenada mamá “se ponía guapa”.

—Mamá, total, estás libre. Quédate con el pequeño un rato, yo voy rápida a arreglarme el pelo y las uñas. ¡No voy a salir en las fotos con batas feas, ¿verdad?!

Isabel casi se atraganta. ¿Qué iba a parir, hija mía, un niño o un accesorio para Instagram?

Lucía llevaba seis años casada. Se comprometieron en la universidad. Su marido, Javier, era un hombre tranquilo, trabajador. Tenían un piso con hipoteca, ayudados por ambos padres. Durante años pospusieron ser padres, concentrados en sus carreras. Y al fin, el tan esperado embarazo. Las abuelas saltaban de alegría, pero pronto vieron que la futura madre tenía otras prioridades.

Al principio, Isabel pensó que quizá era el miedo, los nervios, y que por eso se refugiaba en trivialidades. Pero todo quedó claro el día que la pilló buscando niñeras… ¡para un bebé que ni siquiera había nacido!

—Lucía, ¿estás bien? ¿Una niñera ahora? ¡El recién nacido necesita a su madre! ¡El vínculo, la lactancia, el ritmo! ¡No es un gatito al que le pones un plato de comida y ya está!

—Mamá, qué anticuada eres. En Europa todas tienen niñera desde el principio. Ser madre no es ser esclava. Yo también tengo derecho a vivir. ¡Ahora las mujeres salen con los bebés en bandolera y punto!

Isabel sintió un vacío en el pecho. En su juventud, las mujeres eran madres a los diecinueve, veinte años, y nadie pensaba que era un obstáculo. Era la vida misma. Noches en vela, carreras del trabajo a casa, comprando leche y jabón con lo justo. No había Instagram ni sesiones de fotos posadas. Había amor, miedo, responsabilidad. Y felicidad, la de verdad. Pero ahora…

Los preparativos del bebé los organizaron Isabel y la otra abuela, arrastrando a Lucía de tienda en tienda para elegir el cochecito, la cuna, los bodys. Ella asentía, indiferente, como si fuera un trámite. Todo lo lavaron, plancharon y guardaron las abuelas. Mientras, Lucía soñaba con sus planes de fin de año.

—Las chicas y yo pensamos salir a cenar el día 1, si todo va bien. ¡No por ser madre me voy a enclaustrar!

Isabel no aguantó más. Le dijo las cosas claras: que la maternidad no era un capricho, que un bebé no era un juguete, que antes de pensar en fotos, vendrían las noches sin dormir, los cólicos, la lactancia. Que ser madre era el alma del niño, no solo darle de comer.

Pero las palabras le entraron por un oído y le salieron por el otro.

—Exageras, mamá. Los tiempos han cambiado. Lo importante es ser feliz, y una madre feliz es una madre guapa.

Ahora, cada noche, Isabel se pregunta si habrá fallado en algo. ¿La malcrió? ¿No le enseñó lo esencial? ¿O es que ahora las mujeres son madres primero, y acaso crecen después?

Aun así, guarda esperanza. Cuando Lucía vea a ese pequeño en el hospital, cuando le agarre el dedo con su manita diminuta, cuando se despierte por su llanto… algo hará *clic*. Y entonces, los salones de belleza quedarán atrás, porque ese ser pequeño será su mundo entero.

Mientras tanto, Isabel reza. Por su hija. Por su nieto. Y porque en el corazón de su niña adulta florezca una maternidad verdadera: no la de las fotos, sino la del amor.

**Lección del día:** A veces, la vida enseña con golpes lentos. Y lo que no aprenden los hijos por las palabras, lo aprenden por los abrazos que no esperaban dar.

(Fin del diario)

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