Primera impresión

– Mamá, te presento a Natalia – dijo Quique con cierto rubor al llegar a casa tarde por la noche acompañado de una chica.

– Buenas noches – contestó Lola, lanzando una mirada de desaprobación a la inesperada visitante –. Qué oportuno el momento para presentaciones. ¡Faltan cinco minutos para medianoche!

– Ya le dije a Quique que era muy tarde – se justificó la chica al instante –, pero ¿él escucha? ¡Es más terco que una mula!

«Menuda habilidad – pensó Lola –. Justificarse ella y dejar a él como el culpable. No me cae bien esta chica».

– Bueno, pasen – invitó la madre y, sin añadir ni una palabra más, se retiró a su dormitorio.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Echar a su único hijo de casa en plena noche? ¿Y por una chica que ni siquiera conocía? ¿Quieren vivir juntos? Que lo hagan. Las madres existen precisamente para proteger a sus hijos y, de vez en cuando, abrirles los ojos. Y ella, Lola, lo haría rápido. Haría que Quique despachara a su enamorada sin remordimientos. ¡Hasta le alegraría librarse de ella!

Toda la noche estuvo Lola despierta, maquinando cómo sacar a Natalia del piso.

No, no era que se opusiera a que Quique se casara. A sus 30 años, el chico estaba más que listo para formar una familia.

¡Pero no con esta!

En primer lugar, era notablemente más joven. Lo que solo podía significar una cabeza llena de pájaros.

¿Qué clase de esposa, madre o ama de casa podría ser?

En segundo lugar, su moral dejaba mucho que desear: aparecer de noche en casa ajena sin siquiera disculparse. ¡Encima echándole la culpa a su querido hijo por no sé qué!

¡Y para colmo se quedó a dormir!

¿Sería la primera vez que hacía algo así o era su costumbre?

Y en tercer lugar… Simplemente, a Lola no le caía bien.

Así que tarde o temprano, a Quique le pasaría lo mismo.

¿Para qué perder el tiempo entonces?

Al final, ni siquiera tuvo que ejecutar su plan.

Natalia misma le dio mil razones para poner cada cosa en su lugar.

La primera señal de alarma sonó esa misma mañana.

Natalia entró en la ducha y tardó casi una hora en salir.

Quique, mientras, daba vueltas por el piso como alma en pena, cada vez más irritado.

– Cariño, ¿qué te pasa? – preguntó Lola con dulzura exagerada –. La chica se está arreglando, quiere gustarte…

– ¡Pero yo tengo que ir a trabajar!

– Pues llama a la puerta y explícale que no está sola en casa – sugirió la madre.

– Qué incómodo – respondió Quique –. Ya hablaré con ella luego. Mamá, ¿tú no llegarás tarde?

– ¿Yo? No. Yo ya estoy lista. Mira, he hecho torrijas. Siéntate a desayunar.

– ¡Pero si no me he lavado!

– Bah, luego lo harás. Ahora no pierdas más tiempo y come algo decente. Te espera un día largo.

Quique se sentó a la mesa.

En ese momento, Natalia salió del baño con una toalla en la cabeza.

¡Era la mismísima elegancia!

– ¡Por fin! – exclamó Quique y corrió hacia el espejo empañado.

Se lavó a toda prisa, se afeitó en un santiamén, engulló la torrija más pequeña y, ya de salida, gritó:

– ¡Hasta esta noche! Espero que os llevéis bien.

– ¡Quique! – lo llamó Natalia –. Hoy íbamos a traer mis cosas.

– Ya lo haremos. Por la tarde. ¡No te aburras! – respondió desde el rellano.

Lola se levantó, cerró la puerta tras su hijo, se giró hacia Natalia y soltó:

– ¿No te da vergüenza?

– No – sonrió la chica –. ¿Debería?

– ¡Por tu culpa, Quique llegará tarde al trabajo!

– No llegará. Seguro que coge un taxi. No se preocupe, todo irá bien.

– En cualquier caso, recuerda: no estás sola aquí. Si quieres pasar una hora en la ducha por la mañana, levántate antes. Menos mal que hoy no trabajo.

– No volverá a pasar – dijo Natalia con sencillez –. Perdóneme.

Lola se quedó desconcertada. Esperaba una pelea. Pero esto…

– Bueno – rezongó, y se dirigió al baño.

Lo primero que vio fue un tubo de pasta de dientes abierto, a pesar de que había otro medio usado al lado.

– Natalia, ¿por qué has abierto pasta nueva?

– Me gusta más esta…

– ¡Espero que traigas la tuya… y tu champú!

– Por supuesto, Lola…

– ¡Y tus toallas!

– Las traeré…

Por mucho que Lola intentó buscar pelea, Natalia no le dio opción. Asentía a todo, prometía «recordar» sus deberes y no discutía.

Al final, Lola se cansó de buscar excusas y decidió ir al grano.

– ¿Qué haces aquí?

– Quique y yo nos queremos…

– ¡Como no ibas a querer a un chico así! Lo que no entiendo es qué ve él en ti.

– No se lo he preguntado…

– ¿Quiénes son tus padres?

– Mi madre trabaja en una fábrica. Es costurera.

– ¿Y tu padre?

– Nunca lo he conocido.

– Ya. Criada sin padre. ¿Y cómo piensas ser una buena esposa para mi hijo?

– Haré lo posible…

– Da igual lo que hagas, chiquilla, no va a funcionar. Mi hijo no te quiere. ¡Se lo imagina! ¡Yo lo conozco mejor que nadie! Y nunca se casará contigo. ¿Para qué? Si ya te conformas con cualquier cosa.

– Él me quiere – le tembló la voz a Natalia –. Estoy segura.

– Pues te equivocas. ¿Crees que eres la primera?

– No lo creo… Pero eso no importa…

– ¿No importa? ¡En una semana se aburrirá de ti! No estás a su altura. ¡Inteligencia! ¿Sabes lo que es?

– Sí. Pero aquí no viene al caso.

– ¿Por qué no?

– Tengo estudios superiores.

– ¿Y qué? Mira, niña, más te vale irte a casa hoy mismo. No es tu sitio. Llevo horas intentando hacértelo entender, pero no hay manera.

– Está bien, me iré. ¿Y qué le dirá a Quique? No le hará gracia.

– ¡Eso no es asunto tuyo! Vete y no vuelvas. Aquí no te quieren.

Mientras hablaba, Lola misma se sorprendía. ¿Qué le había pasado? Nunca le había dicho a nadie ni la centésima parte de lo que acababa de soltarle a Natalia. Las palabras ácidas brotaban sin control.

¿Y Natalia?

La chica la miraba y lo entendía todo.

¡Su futura suegra estaba celosa! Llevaban menos de un día juntas y ya la odiaba. Y esto era solo el principio…

La puerta se abrió de golpe: Quique volvió antes de lo esperado.

– ¿Tan pronto? – preguntó Lola, contrariada. Estaba segura de que Natalia habría desaparecido antes.

– ¡Me han dejado salir antes! – exclamó Quique, radiante –. Les dije que tenía un asunto familiar. ¿Lo oyes, Natalia? ¡Familiar!

– ¿Qué asunto? – refunfuñó Lola.

– ¡Vamos a presentar los papeles para casarnos y luego a buscar sus cosas! Natalia, ¡prepárate!

– ¿Los papeles? ¿Ya? – Lola miró de reojo a Natalia, alarmada –. Pensé que solo queríais vivir juntos.

–Porque aunque se resista a admitirlo, Lola sabía que aquella chica le había ganado la partida sin siquiera levantar la voz.

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