PRIMER AMOR: Un Viaje Emocionante a Través de los Recuerdos y el Descubrimiento

Primera vez que sentí mariposas

Óscar estaba tirado en la silla del restaurante del barrio de Lavapiés, mirando el reloj cada cinco segundos y la puerta de entrada como si esperara a que el mundo se detuviera. Alrededor suyo el bullicio de los antiguos compañeros de instituto no cesaba: esos niños y niñas que ahora son tíos y tías llenaban el aire con sus risas.

Pero él no estaba allí por ellos, sino por Leire, su primera y más pura historia de amor. Cuando el timbre de la puerta sonó, todo a su alrededor se volvió un borrón; dejó de importarle cualquier cosa y la vio allí, como un rayo de sol en medio de la oscuridad. Delgada, preciosa, con unos rizos claros que caían sobre los hombros y unos ojos azules traviesos que brillaban con ganas de jugar.

Óscar se levantó de golpe.

¡Hola, Leire! exclamó, sin poder evitar el temblor en la voz.

¡Hola, Óscar! respondió ella, sonriendo.

En ese instante, el tiempo pareció retroceder. Se sintió como si estuvieran en la clase de primero de ESO, él ofreciéndole una tarjeta de San Valentín que ella aceptaba con una sonrisa ligera, cálida, sin reservas.

Le tomó de la mano, sus dedos largos y fríos como el hielo de enero.

Me alegra mucho verte, estás preciosa le dijo, intentando disimular el vértigo que le provocaba.

Gracias, yo también estoy feliz de verte bajó la mirada, como lo había hecho la primera vez que se hubieron besado, un poco avergonzada.

De pronto, un grupo de amigas de Leire llegó corriendo, empujándolo sin querer. Óscar pasó el resto de la noche inmerso en sus pensamientos. Desde el principio había sentido algo por Leire: la tiraba del pelo, la empujaba en el recreo, intentaba llamar su atención con cualquier pretexto. Le llevaba el libro al aula, le escribía notas y poemas. En el acto de fin de curso compartieron su primer beso y, después, pasearon por la Gran Vía viendo el amanecer. Empezaron a salir, pero la vida no es un cuento de hadas. La universidad les cambió la rutina: nuevos amigos, intereses diferentes, horarios incompatibles. Primero sólo se llamaban, luego las llamadas se hicieron escasas y, al final, dejaron de hablar.

Los años pasaron. Leire se casó, Óscar también. Cada uno siguió su camino, pero Óscar nunca pudo borrar a Leire de su mente. La amaba a su mujer, pero en su corazón siempre había una luz tenue que recordaba a aquella primera chispa. Esa luz le daba consuelo en los días más oscuros.

Tras varios años de matrimonio, Óscar solicitó el divorcio. Fue tranquilo, sin pleitos, y ambos se mostraron agradecidos por los buenos momentos. Intentó volver a ligar, pero siempre le aparecían fotos de Leire en redes sociales y recordaba con nostalgia sus paseos por el Retiro en otoño. Se gritaba a sí mismo que debía olvidarla, pero no lo lograba.

Una semana antes de la reunión de antiguos alumnos, se enteró de que Leire también estaba divorciada. No sabía si debía alegrarse o sentirse culpable, pero el corazón le dio un salto y se encontró bailando en la cocina. Esa tarde, mientras esperaban en la entrada del salón, Óscar tomó aire y soltó:

Le empezó, con el corazón latiendo como una tamborilada y un escalofrío recorriéndole la espalda. Sé que suena raro, pero siempre he sentido algo por ti. Fue mi primer amor verdadero, puro. He intentado borrarte, pero no puedo. No quería molestarte porque estabas casada, pero ahora ¿Quizá podríamos darle una oportunidad? ¿Te gustaría salir conmigo?

Leire jugueteaba con la cadena de su collar, su mirada fija en un punto lejano, como si fuera de cristal.

Óscar, me halaga mucho lo que dices. También guardo sentimientos cálidos por ti, tal vez sea esa primera y pura llama. Pero creo que deberíamos dejarla tal cual está, sin que nuestras discusiones la empañen. Que siga siendo un bonito recuerdo.

Óscar sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Pensó que Leire nunca le diría que no.

¿Por qué? insistió. ¿Y si, al contrario, la hacemos mejor? Tal vez el destino nos quiso dar una segunda oportunidad.

Leire sonrió, pero la sonrisa le salió triste.

Eres una buena persona, Óscar

No digas eso, Leire, esas palabras me duelen

No me interrumpas, eres un buen hombre, pero respiró hondo, tragó saliva. No te amo y nunca lo haré.

Las lágrimas empezaron a asomar en los ojos de Óscar. Se levantó de un salto, tomó su chaqueta y salió del salón sin decir adiós a nadie. Se fue caminando sin mirar atrás, mientras Leire permanecía allí, llorando en silencio.

Desesperado, borró todas sus redes sociales, dejó los grupos de la clase, eliminó el número de Leire y se ahogó en un buen trago de vino. La rabia y la melancolía lo consumieron, pero con el tiempo la herida fue cociéndose. Un año pasó sin que se diera cuenta. En medio de un proyecto en la oficina, su móvil volvió a sonar. En la pantalla aparecía el nombre de Natalia, una vieja compañera de instituto. Óscar, reacio a cualquier cita, dejó el móvil en silencio. Cuando revisó más tarde, encontró 28 llamadas perdidas. Algo en su interior se estremeció.

Marcó a Natalia, el corazón le latía a mil por hora.

Óscar, por fin contestas.

Natalia, ¿qué quieres? Si es para quedar

Óscar, Leire ha ha muerto.

El mundo se le cayó encima. Un bloque de horror y tristeza le aplastó el pecho.

¿Qué? ¿Ha muerto?

Tenemos que vernos, necesito contarte algo que ella me pidió ¿puedes ahora?

Sí, vamos.

Se encontraron en una cafetería. Natalia estaba desconsolada, a pesar del maquillaje.

Hace un año, en la reunión de antiguos alumnos, cuando Leire te rechazó y te fuiste, la encontré en la terraza, llorando desconsolada. Descubrí que estaba gravemente enferma. Los médicos le daban pocos meses de vida. No quiso que la vieras en esa condición; prefería que te quedaras con los recuerdos bonitos de su primer amor, por eso te respondió así. Aguantó un año. El funeral será mañana, y ella quería que estuvieras allí.

La mañana siguiente llovía. Óscar esperó a que todos se marcharan del cementerio y quedó a solas con Leire.

¿Cómo pudo pasar, Leire? Teníamos todo para ser felices este último año. Podía haberte dado tanto amor No pensé en ti, solo en mi dolor. Te fallé. ¿Cómo seguir sin ti? No sé, me dan ganas de morirme.

Las lágrimas se mezclaron con la lluvia.

Óscar, no puedes morir así.

Del fondo de la niebla surgió una figura etérea: Leire, vestida de blanco, tan delicada como una muñeca de porcelana, los ojos azules chispeantes y los rizos que la lluvia no alcanzaba.

¿Leire? tartamudeó, mientras la visión se desvanecía.

El fantasma la observó con ternura.

Querido, quiero que vivas una vida larga y plena. Tendrás otra mujer, hijos, nietos, viajes y alegrías. Yo siempre estaré en tu recuerdo, porque fuimos el uno para el otro, aunque no aprovechamos la oportunidad. Sólo cuando completes tu vida, nos reencontraremos. Si te quitas la vida, nunca volveré a verte. Así que, vive, amor mío, y espera nuestro reencuentro.

Leire acarició su mejilla, su mano pasó a través de su cuerpo, pero Óscar sintió el roce y cerró los ojos. Cuando los abrió, ella ya no estaba.

Vale, querida, esperaré el día en que nos volvamos a ver susurró.

Pasaron años. Óscar se casó, tuvo tres hijos y siete nietos. Viajó, trabajó, disfrutó de cada instante. Cuando llegó su momento, toda la familia se reunió a su alrededor.

Me voy a mi primera y más pura historia de amor, al fin seré feliz dijo con una sonrisa, tomando su último aliento y dejando atrás este mundo con la mirada serena.

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