¿Pretendes quitarme de en medio? – Cuando el regalo se vuelve reproche: una tarde de reproches, madr…

¿Vas a salir así vestida? Carmen López recorrió a su hija de arriba abajo con una ceja enarcada, deteniéndose con teatral indignación en la falda. Esa falda te queda indecente de corta. A tu edad, ya deberías dejar de vestirte como una niña.

Leticia tensó el dobladillo casi por instinto, aunque la falda le cubría la rodilla. Una simple falda lápiz de oficina, comprada el mes pasado de oferta en El Corte Inglés. Entonces le pareció un hallazgo: corte clásico, color discreto.

Mamá, que esta falda no tiene nada raro Leticia intentó darle a su voz un tono pacífico, casi zen. Me la pongo para trabajar.
Precisamente. La gente mira y piensa lo que no es. ¡En mis tiempos!

Leticia ya no escuchó el sermón completo. Lo había oído tantas veces: que la discreción, que «cuando yo tenía tu edad», que cómo viste una mujer de bien. En vez de contestar, puso sobre la mesa un sobre acolchado, estampado con el logo de una agencia de viajes.

Es para ti, mamá

Carmen se quedó congelada a medio refunfuño. Miró el sobre, miró a la hija, otra vez el sobre.

¿Ahora qué has traído?
Ábrelo.

Leticia llevaba medio año esperando este momento. Ahorrando cada euro. Ese balneario clásico que siempre había soñado su madre, el de las columnas, los baños termales, el que salía en los anuncios de la tele. Leticia lo buscó, reservó la mejor habitación; no dejó ni un detalle al azar.

Carmen extrajo el talonario de la estancia y lo repasó en silencio. Leticia aguardaba, si no un abrazo, al menos un «gracias» con mirada cálida. Pero su madre arrugó los labios y empujó el sobre con los dedos como quien aparta un trapo sucio.

Tú siempre decidiendo todo por mí.

A Leticia se le encogió el pecho.

Mamá, es el balneario de Mondariz. Tú siempre decías que
¿Y quién le va a echar agua a mis violetas? ¿Pensaste en eso? Carmen tamborileó el mantel Estaré fuera tres semanas y las pobre plantas, secas como bacalao.
Puedo pasar todos los días. De verdad.
Tienes trabajo, se te olvidará. Y seguro que allí no dan más que sopa de repollo. Leí que en esos sitios nuevos solo piensan en ahorrar.

Leticia miraba a su madre, dudando si aquello era parte de una broma sutil mal interpretada. ¿Medio año sin caprichos, sin un café mañanero, sin escapadas de fin de semana con amigas, para esto?

Mamá, hay restaurante con cinco salones. Yo he visto la carta. Tratamientos, piscina de chorros, rutas termales
Rutas termales repitió Carmen con tonillo parodiando. Te aprendes palabras modernas y ya te crees la reina. Pero preguntarme si me apetece, ni eso, ¿verdad?

Leticia tragó saliva. Esperaba, por lo menos, un raquítico «bien hecho». El de siempre, por el que llevaba años esforzándose.

Se dejó caer en una silla. Las piernas le flojeaban como si, de repente, su propio cuerpo no quisiera sostenerla. Fijó la mirada en el sobre, en la esquina de la mesa, donde su madre lo había exiliado.

Y el clima Carmen había comenzado su paseo habitual por la cocina mientras alisaba la mantelería ya perfectamente estirada. Allí la humedad es tremenda, ya verás que me sube la tensión seguro. ¿Tú has pensado en eso?

Leticia no contestó, tentada por primera vez en años de no justificarse. El deseo de no dar más explicaciones la envolvió de golpe.

Y el viaje, ¿eh? ¿Cuántas horas hasta Galicia? ¿Sola en tren toda la noche, con mi lumbalgia? Su madre se sentó en frente, brazos cruzados y mirada de estratega Mira, la vecina, esa Lucía, será un caos y el marido un inútil, pero no abandona nunca a su madre. Todos los días le lleva algo, simplemente para estar.

Leticia se fijó en las arrugas junto a la boca de Carmen, en el tinte desvaído sobre las canas, en esas manos tan conocidas, con venas marcadas por los años. Esas manos que antes peinaban sus trenzas antes de ir al cole. Esos labios que murmuraban nanas. ¿Dónde se había perdido todo aquello?

¿Me estás escuchando?
Te escucho, mamá.
No lo parece. Te quedas ahí como una estatua ¡y yo hablando de cosas importantes!

Carmen siguió desgranando sus temas: que ahora las habitaciones son minúsculas, que los vecinos de piso pueden ser ruidosos, que todos los médicos jóvenes no saben nada, solo escriben recetas Leticia asentía en los silencios apropiados, pero por dentro todo le sonaba hueco.

El reloj marcó los minutos. Una hora, una y media. Carmen, cada vez más centrada en sus quejas: el balneario, las tardes solas, las llamadas escasas, la hija desbocada

¿Tienes idea de lo que es estar aquí sola? Carmen alzó la barbilla. Quieres mandarme bien lejos para divertirte tú, ¿no?
Mamá, es un regalo
¡Un regalo! Carmen dramatizó con las manos. Los regalos son para hacer ilusión. Este lo has comprado solo para estar tú tranquila. Me mandas a Galicia y te quedas tan ancha, ¿a que sí?

Leticia se levantó despacio. Las piernas aún temblaban, pero forzó el gesto y recogió el sobre. Lo apretó con fuerza.

Tienes razón, mamá. Ibas a estar incómoda. Voy a devolverlo.

Carmen enmudeció, una ráfaga de desconcierto en los ojos, como si el adversario hubiera depuesto las armas sin más.

¿Cómo que devolverlo?
Pues eso. Reembolso y listo. Al final no he pensado bien.
Leticia, deja el sobre en la mesa.
¿Para qué? Si no quieres ir
¡No he dicho que no quiera! ¡He dicho que podrías haberme preguntado! Carmen subía el tono, enrojecida Siempre haces lo mismo: te empeñas y luego te extraña que yo no esté contenta.

Leticia sujetó el sobre contra el pecho y fue a la entrada. El corazón le palpitaba en la garganta, pero la firmeza había llegado a sus pies.

¿A dónde vas? ¡Leticia! ¡Te estoy hablando!
Mamá, estoy cansada.
¿¡Cansada!? Carmen salió tras ella y le agarró el codo ¡He dado la vida por ti! ¡Nos matamos a trabajar, tu padre nos dejó, y yo te saqué adelante sola! ¿Y así me pagas?

Leticia se giró. Miró la boca temblorosa de su madre, la cara desencajada por la rabia.

Dijiste que no querías ir.
¡Dije que no me preguntaste!
Pues pregunto ahora. Mamá, ¿quieres ir al balneario de Mondariz?

Carmen se ahogó de la indignación.

¿Te estás burlando? ¿Eso es lo que piensas de mí? ¡Eres como un robot, Leticia, de hielo! ¡Deja la reserva encima, que ya lo pensaré!

Leticia liberó con cuidado el brazo de la empuñadura materna, sin soltar el sobre.

Te llamo mañana, mamá.

Y salió antes de que Carmen protestara más. Los reproches la siguieron en el rellano, amortiguados por la puerta: ingratitud, juventud desperdiciada, el clásico «ya te arrepentirás». Leticia no se paró ni se volvió, bajó sin mirar a nadie, entre buzones oxidados y algún vecino curioso.

En la calle chispeaba. Leticia levantó la cara al cielo, dejando que unas gotas le refrescaran la piel. Se quedó allí un instante, inspirando el aroma de asfalto húmedo. Los paseantes rodeaban, algún que otro bufido, pero a ella le daba exactamente igual. El sobre seguía aferrado a su mano, y Leticia pensó, con sorna, que igual podría ir ella sola. Mondariz, columnas, baños y ningún reproche con el desayuno.

Anduvo sin rumbo hasta que un escaparate iluminado la detuvo: un pequeño café de barrio, luz cálida, manteles blancos, jarroncitos con flores frescas y gente cenando sin prisas, como si el reloj no existiera. Leticia empujó la puerta y entró.

Buenas noches el camarero le entregó la carta con una sonrisa de oreja a oreja ¿Está sola?
Sí, sola sorprendentemente, el «sí» le salió con ligereza.

Escogió una mesa junto a la pared, lejos del bullicio. Se sentó, desplegó la servilleta y repasó la carta. Los ojos fueron directos al postre más caro: tarta de pera con caramelo y sal. Y una copa de vino tinto, de los buenos.

A su madre le habría dado un síncope. Un «derroche intolerable». Leticia se imaginó su cara, sus labios apretados, el eterno «¡yo a tu edad!» y pasó el pedido.

El vino estaba denso, tenía ese punto astringente que deja huella. Leticia bebió un sorbo y se recostó, sintiendo cómo una extraña ligereza le recorría. Recordó su miedo infantil a las notas, cuando un «notable bajo» era pecado mortal y la semana olía a castigo. Los años de universidad, optando por ADE en vez de Letras porque «con eso no vas a vivir». Los tres años con Quique, al que dejó porque su madre día sí, día también, lo tachaba de «don nadie sin futuro».

La tarta era cremosa, el caramelo se derretía en la boca. Leticia se quedó mirando cómo se fundía y se preguntó cuándo fue la última vez que hacía algo solo porque le apetecía. No por el «bien hecho» de mamá, no por lograr una mirada aprobadora, sino, simplemente, para sí misma.

Vibró el móvil. Una, dos, siete llamadas perdidas de mamá, tres notas de voz. Leticia lo apagó y lo guardó.

Terminó el vino, apuró el postre y pidió la cuenta. Dejó una buena propina, porque sí le salió. Salió otra vez a la calle, donde ya clareaban las estrellas tras la llovizna.

Leticia pensó que, después de tantos años, había dado el paso más difícil: elegir verse a sí misma antes que las expectativas de los demás.

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