PRESAGIO DE CALAMIDAD
Lía se despertó en mitad de la noche y no consiguió volver a dormirse hasta el amanecer. ¿Había tenido una pesadilla? ¿O era ese desasosiego indefinido que a veces llega para fastidiarlo todo? Sentía un peso enorme en el pecho, y de repente se le resbalaban las lágrimas por las mejillas. No sabía por qué; simplemente, no lo entendía. Le costaba respirar y una sensación aterradora de que algo malo iba a ocurrir se apoderó de ella con una fuerza desmesurada.
Resignada, Lía se acercó a la cuna donde dormía su pequeño hijo, Lucas. El niño sonreía en sueños y hacía ruiditos con la boca, como si estuviera saboreando un buen trozo de tortilla de patatas. Lía le acomodó la mantita y salió despacito hacia la cocina. Fuera, la oscuridad era densa como el café de puchero.
Lía, ¿otra vez sin dormir? susurró la voz de Manuel, su marido, desde la puerta.
Siempre igual, Manu… No logro entender qué me pasa respondió ella con voz queda.
Será la dichosa depresión posparto esa de la que habla todo el mundo intentó bromear él, poco convincente.
No lo sé, Lucas tiene ya medio año, y encima, nunca antes me noté así, ¡y ahora de repente!
Qué sé yo, serán las hormonas. Venga, no le des más vueltas, todo se arregla dijo él, abrazándola.
Tengo miedo, Manu. Mucho miedo susurró Lía, apretándose contra él.
No te preocupes, cielo. Todo irá bien trató de tranquilizarla con un apretón.
Tres semanas después, Lía recibió una llamada de la consulta de pediatría. Lucas tenía que pasar la revisión de los seis meses: análisis, reconocimiento lo de siempre. La llamada de la enfermera la pilló desprevenida.
¿Ha pasado algo? preguntó.
No te alarmes, Lía, el doctor quiere hablar contigo en persona respondió esa con su tono de «no alarmar», que solo consigue el efecto contrario.
En el centro de salud, la espera eterna en la cola la puso aún más nerviosa. Cuando por fin entraron, sintió los nervios como si tuviera una fila de fallas mascletando en el pecho.
Siéntate, por favor, Lía Martínez musitó la doctora. No te asustes, necesitamos hacerle unos análisis adicionales a Lucas.
¿Por qué? susurró Lía, temiendo que todos sus peores augurios se confirmaran al instante.
Los análisis no nos gustan. Tiene los leucocitos por las nubes y algunos otros valores preocupantes. Tenemos que repetirlos, esta vez en un centro especializado.
¿Dónde? La voz de Lía era apenas audible.
En el hospital oncológico de la provincia respondió la médico, casi pidiendo perdón.
Lía no recordaba cómo llegó a casa. Manuel ya la esperaba, tras pedir permiso en el trabajo en cuanto leyó su mensaje.
¿Qué ocurre, Lía? preguntó.
Lía lloraba en silencio, como si no lo notara.
¡Nos mandan al oncológico para pruebas! susurró, derrotada.
Pero tranquila, aún no hay nada seguro. Solo son pruebas intentó él quitarle hierro al asunto.
No sirve de nada, Manu Lo notaba, pero no sabía por qué. Solo sentía que algo iba mal balbuceó ella, extinguiéndose en llanto abrazada a Lucas. El pequeño, ajeno a todo, agitaba los bracitos en sueños.
Leucemia aguda dictaminó un viejo médico, mirando los resultados por encima de las gafas. Hay que empezar el tratamiento ya mismo.
Lía se pasó días enteros llorando. No se hacía a la idea. No la dejaron entrar durante la primera sesión de quimioterapia; Lucas estaba en una sala de UCI, y ella, apostada como un indignado en la puerta.
Anda, vete a casa le recomendaba la enfermera de guardia. Hoy no te van a dejar pasar.
¿Y qué hago yo en casa, si mi hijo está aquí?
Lía y Manuel llevaban casados ocho años. Se habían puesto a prueba con exámenes y médicos, procurando averiguar por qué el niño se hacía tanto de rogar. Pero fue esperar y esperar… hasta que casi perdieron la esperanza después de siete años, y al octavo, por fin, la magia. Fue la felicidad absoluta, mezclada con un miedo monumental: Manuel no dejaba que Lía alzara ni una aceituna. El último mes de embarazo lo vivió en el hospital por si acaso el niño quería salir antes de tiempo. Hace seis meses por fin nació Lucas, al que llamaron así en recuerdo al padre de Manuel, fallecido en un accidente hace años.
Lía, hija, no pongas nombre de muerto al niño, que da mala suerte le decía la abuela.
¡Ay, abuela! Son supersticiones respondía Lía, con la felicidad blindada contra cualquier mal augurio.
Y llegó el mes más amargo de su vida: Lía junto a la cama de Lucas, midiendo cada suspiro. El niño se consumía, las mejillas ya no tenían ni pizca de color, las ojeras le comían la carita. Solo la dejaron entrar tras un buen cabreo: el jefe médico decía que no podían poner en riesgo al chiquillo, pero una madre despechada asusta más que cualquier bacteria. En cuanto la dejaron pasar, Lía le echó un vistazo largo y hondo, como si fuera el último.
Nosotros no hacemos ese tipo de operaciones aquí le informó al día siguiente el jefe de oncología, don Gregorio Montes.
¿Dónde sí las hacen? preguntó ella, con el nervio que da la desesperación.
En Israel. Solo allí pueden salvarle. Pero es carísimo.
Encontraremos la manera. Por favor, prepáreme todos los papeles.
La documentación voló hacia una clínica especializada de Tel Aviv, que en pocos días contestó afirmativo: podían operar a Lucas, la única pega era el precio, unos 250.000 euros de los de aquí, nada de pesetas.
Lía, aunque vendamos el piso y el coche, no llegamos ni a la mitad admitió Manuel. He puesto anuncios, pero esto va lento.
Nos quedan dos meses, como mucho sollozaba Lía. Tenemos que inventarnos algo.
La recolecta fue monumental: en el trabajo de ambos, en la parroquia, en tiendas, en el ayuntamiento y en las esquinas de la plaza mayor. La administración ayudó, los vecinos, voluntarios… pero apenas llegaron a reunir algo más de la mitad. El reloj corría y no estaba para bromas.
Lía, ve y empieza el tratamiento; lo que pueda reunir, te lo mando. Quizás sale comprador del piso suspiró Manuel.
El pueblo entero se volcó, pero juntar semejante suma era más difícil que ponerle puertas al campo.
Papeleo, maletas y vuelo. Lía y Lucas tocan tierras israelíes sin margen de sobra. Los tratamientos y preparativos para la operación comenzaron, y Lía se prohibió a sí misma pensar en la pasta que les faltaba mejor era confiar en un milagro. En un mes Lucas cumpliría su primer año.
En la habitación contigua había otra madre, con otro niño, Daniel, de tres años. Por casualidades de la vida, eran de Toledo, de una ciudad cercana. Carla, la madre, sí logró reunir dinero para la cirugía, pero demasiado tarde: la leucemia de Daniel estaba avanzada y la operación se pospuso una y otra vez.
¡No llores, mujer! animaba Carla a Lía. Ya verás cómo llevas a Lucas al circo y al zoo, como hicimos Daniel y yo el año pasado, ¡cómo le gustaron los osos! El pobre se pasó media hora con la boca abierta. Yo ya notaba algo raro, porque le empezó a sangrar la nariz y no se le iba Tres veces igual. No me atreví a ir antes al médico. Cuando fui, ya era tarde… ¿cómo no lo vi antes?
Venga, Carla, todas vamos a salir de esta, y llevaremos a los niños al zoo juntas ahora era Lía quien hacía de paño de lágrimas.
Pero yo ya lo sabía… Daniel dejó de comer, se quedaba quieto, nunca tenía hambre… Y yo no hice nada sollozaba Carla.
A los pocos días, Daniel empeoró. Lo llevaron a la UCI. Carla, de guardia en la puerta, no se movió de allí en toda la noche, ni después de que la enfermera le clavara un calmante, ya ni lloraba, solo miraba al vacío, esperando un milagro que en España llaman «pá cuando San Juan baje el dedo».
Manuel llamó a Lía: había conseguido transferirle unos 10.000 euros más. Había enseñado el piso a una pareja joven; rebajó el precio y le dijeron que se lo pensarían.
Bien, no te preocupes susurró Lía.
Un grito desesperado la sobresaltó. El móvil cayó al suelo. Lucas se despertó y se puso a llorar. Ella lo acunó y lo dejó dormido de nuevo. Al salir al pasillo, ya sabía lo que iba a encontrarse, pero se negaba a creerlo: Carla lloraba en el suelo, rodeada de enfermeras, suplicando que le dieran algo para el dolor. El dolor que duele más que los pinchazos.
Anímate, Carla, tienes que aguantar por Daniel lloraba Lía, abrazando a su amiga.
¿Para qué? ¡Mi niño se ha ido! ¡Fue culpa mía! ¿Cómo puedo vivir con esto? lloraba ella aferrándose al vacío.
Lía permaneció con ella hasta que la inyección hizo efecto y la acompañó a la habitación.
Que descanse, luego tendrá tiempo de llorar dijo el médico de guardia, más cansado que una Semana Santa con lluvia.
Esa noche, Lía no pegó ojo. Sentada junto a la cunita de Lucas, lo miraba sin parpadear.
A la mañana siguiente, Carla vino a despedirse. Había envejecido diez años en una sola noche, los ojos huecos y sin lágrimas.
Os deseo lo mejor. Aprovecha vuestro milagro. Yo tengo que preparar todo: el funeral, los nueve días, los cuarenta Luego pondré un monumento en la tumba, y después Carla le entregó un sobre lacrado a Lía. Léelo cuando me vaya, que no puedo decirlo en voz alta.
Lía asintió. Cuando Lucas fue a hacerse nuevas pruebas, Lía abrió el sobre.
«Querida Lía: Ojalá Lucas viva y crezca por mi Daniel Que juegue, aprenda, corra detrás de un balón y se tire por la nieve en el monte. Por favor, llévalo también al zoo, y dale recuerdos al gran oso negro. Os dejo aquí el dinero de la operación. Para Daniel ya no sirve, que ayude a vuestro Lucas.»
Lía rompió a llorar. Ahora tenía la operación cubierta, pero al precio más alto imaginable.
Manu, no vendas el piso llamó enseguida a su marido. Ya no hace falta. Cuando esto acabe, Lucas necesitará un sitio al que volver.
¿Pero de dónde has sacado el dinero? preguntó él, incrédulo.
Tenemos suficiente. Todo irá bien.
Al escucharla, Manuel sonrió por primera vez en semanas. En la voz de Lía había algo que ya no dejaba lugar a la duda: todo iba a salir bien.
La operación fue al día siguiente del cumpleaños de Lucas. Cumplía su primer año. Como Carla, Lía pasó los días acampada frente a la UCI. Esta vez, sin embargo, el pronóstico era bueno. Cuando por fin le dejaron ver a Lucas, el niño ya mostraba ganas de dar guerra. Vendría un mes de cuarentena y luego meses de rehabilitación, pero eso a Lía le sabía a siesta de domingo.
Poco a poco, el niño volvió a interesarse por los juguetes, comía bien, y hasta se animó a sonreír. Cuando murmuró algo parecido a «mamá», Lía se echó a llorar de puro milagro.
¡Ossooo! decía señalando a la jaula más grande del zoo.
No, pequeñín, es «oso», no «osooo» le corregía su madre entre risas.
Estaban en el zoológico de la ciudad, justo el mismo donde Daniel se quedó boquiabierto ante el oso negro.
El osito te manda recuerdos, grandullón musitó Lía al animal.
Lucas correteaba, se chupaba media camisa de helado y desde los hombros de Manuel, observaba los monos con cara de sabio. La vida volvía a llenarse de pequeñas alegrías. El hospital quedaba atrás, y solo a veces, en la oscuridad de la noche, Lía se asomaba a la cuna de Lucas para oír su respiración tranquila.
La ansiedad retrocedía. Por delante les esperaba toda una vida una para Lucas, y otra para el pequeño Daniel, que le regaló una segunda oportunidad.







