PRESENTIMIENTO DE DESGRACIA
Aurora se despertó en mitad de la noche y no pudo volver a conciliar el sueño hasta que amaneció. Una pesadilla o quizá algún desasosiego inexplicable la había alterado profundamente. Sentía el pecho tan oprimido que las lágrimas le resbalaban sin control por las mejillas. No entendía el motivo; solo sabía que algo la angustiaba. Le costaba respirar, y una sensación terrible de fatalidad inminente se apoderó de ella.
Me levanté y me acerqué a la cuna donde dormía mi pequeño hijo, Gabriel. El niño sonreía entre sueños y hacía gracias con los labios. Le tapé bien con la sabanita y salí hacia la cocina. Por la ventana solo se veía la oscuridad más espesa de la madrugada.
¿Otra vez sin dormir, Aurora? escuché la voz de Javier a mis espaldas.
Otra vez, sí. No sé qué me pasa, Javi contesté en un susurro.
Será eso que llaman depresión posparto trató de bromear mi mujer.
No lo creo Gabriel ya tiene casi seis meses. Nunca apareció la dichosa depresión, ¿por qué iba a comenzar ahora?
Vete tú a saber. Hormonas, nervios No te preocupes, todo irá bien me animó abrazándome.
Tengo mucho miedo le susurré, abrazando a mi mujer con fuerza.
Verás como sí me aseguró, besándome la frente.
Tres semanas más tarde, llamaron a Aurora desde el centro de salud: la pediatra de familia la había citado. Acababan de hacerle la revisión de los seis meses a Gabriel: analíticas, especialistas La llamada de la enfermera la pilló desprevenida.
¿Ha pasado algo? pregunté inquieto.
No te preocupes, Aurora. La doctora te lo explicará todo respondió la enfermera.
En la consulta de pediatría, de nuevo una interminable cola. Aurora se agitaba, envuelta en la inquietud. Cuando por fin los hicieron pasar, estaba al límite.
Siéntese, por favor dijo la doctora suavemente. Aurora Moreno, necesito comentarle una cosa. No se asuste, pero necesitamos repetir algunas pruebas.
¿Qué ocurre? alcancé a decir mientras sentía el corazón desplomarse. Por fin comprendí la raíz de aquellos malos presentimientos.
Gabriel ha dado unos valores sanguíneos alterados. Mucho más leucocitos de lo normal y otros parámetros inquietantes. Es necesario repetir los análisis, esta vez en un centro especializado.
¿Dónde? preguntó Aurora temblando.
En el Hospital Oncológico Provincial contestó la doctora.
No sé cómo llegó Aurora a casa. Yo ya estaba allí, me había librado del trabajo tras leer su mensaje. Fui corriendo a su encuentro.
Aurora, ¿qué ha pasado?
Su rostro estaba cubierto de lágrimas, pero ella ni lo notaba.
Nos mandan al centro oncológico para más pruebas susurró, derrotada.
Quizá no sea nada, solo pruebas rutinarias, ya verás intenté animarla.
No, Javi. Lo sé… lo presentía. El miedo que tenía era por esto, aunque no supiera explicarlo.
Abrazó a Gabriel llorando amargamente. Él dormía ajeno a todo, ajeno aún a lo que se cernía sobre su vida.
Leucemia aguda dijo con gravedad el veterano médico tras revisar los nuevos resultados. Hay que empezar con el tratamiento cuanto antes.
Aurora se derrumbó. No podía aceptar lo que ocurría. A Gabriel le administraron la primera quimioterapia sin que ella pudiera estar presente. El niño ingresó en la UCI, ella se tumbó en los bancos de la sala de espera.
Vete a casa la alentó la enfermera de guardia. Hoy no te van a dejar pasar.
No puedo irme. ¿Qué pinto en casa sin mi hijo?
Aurora y yo nos habíamos casado ocho años atrás. Habíamos intentado ser padres desde siempre. Cientos de análisis, pruebas, especialistas Nada fuera de lo común, pero el embarazo se resistía. Fue al octavo año de matrimonio, por fin llegó Gabriel, el esperado milagro. Fue un embarazo de enorme alegría y también incertidumbre: yo no dejaba que Aurora levantara nada más pesado que un vaso de agua. Los últimos días los pasó ingresada, recomendación médica por riesgo de parto prematuro. Por fin, hacía seis meses, había nacido nuestro hijo, nuestro tesoro. Decidimos llamarle como mi padre, Luis, que falleció en un accidente de coche años antes.
Aurora, no se debe poner a tu hijo el nombre de quien murió trágicamente insistía la abuela cuando supo nuestra idea.
Abuela, son supersticiones replicaba Aurora. Era tan feliz que quería ignorar toda sombra
Aurora pasaba horas junto a la cuna de Gabriel en la habitación del hospital. El niño había adelgazado tanto, los pómulos hundidos y una palidez extraña le daban un aspecto delicado. Bajo los ojos, unas ojeras profundas delataban la gravedad. Ella lloraba sin parar, ni siquiera se molestaba en secarse las lágrimas. Gracias a una discusión con el jefe de servicio consiguió finalmente que la dejaran entrar: el sistema inmune del niño era frágil, y no querían exponerlo, pero Aurora ya no podía vivir separada.
Esa operación no la podemos realizar aquí le dijo después el director médico, don Genaro.
¿Dónde sí pueden? insistí.
En Israel. Es muy caro, pero allí sí hay opciones de salvarlo.
Conseguiremos el dinero. Por favor, prepare toda la documentación.
Envió los informes a una clínica de Tel Aviv. La respuesta fue casi inmediata: aceptarían a Gabriel, pero el coste sería superior a doscientos mil euros.
Aurora, ni vendiendo la casa y el coche llegamos a la mitad de la suma le dije desesperado. Ya he publicado un anuncio, pero esto no es tan rápido.
No tenemos más de dos meses sollozaba Aurora. No podemos rendirnos.
Toda la ciudad contribuyó como pudo: desde nuestro trabajo, el ayuntamiento, asociaciones benéficas, tiendas y hasta desconocidos. Los voluntarios organizaron rifas y actos solidarios. Conseguimos algo más de la mitad. Los días apremiaban, no había tiempo que perder.
Aurora, ve tú con Gabriel. Lo que consiga reunir te lo iré enviando. A ver si alguien compra la casa y completamos la suma…
En nuestra ciudad, aunque todos estaban volcados en ayudarnos, era imposible reunir tal cantidad.
Con todos los papeles preparados, viajaron Aurora y nuestro hijo a Israel. El dinero recaudado apenas cubría los primeros gastos. Gabriel empezó un tratamiento, pruebas, preparativos. Aurora intentaba no pensar en cuánto faltaba, solo confiaba en un milagro. Dentro de unas semanas el pequeño cumpliría un año.
En una habitación vecina, también estaba una madre con su hijo, un chico de tres años. Resultó que eran de la ciudad de al lado. La madre, Teresa, sí había conseguido reunir el dinero. Su caso, sin embargo, era más grave: el diagnóstico fue tardío, la enfermedad había avanzado y los médicos posponían constantemente la operación.
No llores, Aurora trataba de consolarla Teresa. Todo saldrá bien, seguro que llevas a Gabriel al circo y al zoológico, como hice yo el año pasado con Mario. ¡Le encantaron los osos! Me pareció adorable. Nadie sospechaba nada entonces, la primera vez que sangró por la nariz fue allí y me asusté mucho Luego más veces Demasiado tarde fuimos a urgencias: ya era fase tres. ¿Cómo no me di cuenta antes?
Teresa, tranquila, lo superaremos. Seguro que pronto iremos juntas con los niños al zoológico le devolvía ahora yo el ánimo.
Vi que Mario se apagaba, adelgazaba comía mal, siempre enfermo. Tenía que haberlo llevado antes. ¡Mi madre me decía que algo iba mal! Pero yo me negaba a escucharlo. ¡Tengo la culpa! se lamentaba Teresa. No sabía cómo consolarla yo tampoco; a veces no hay palabras…
Unos días después, Mario empeoró y lo llevaron a la UCI. No dejaron a Teresa acompañarle; se quedó sentada en el pasillo día y noche, llorando desconsolada.
Teresa, ven a descansar, por favor intenté persuadirla Aurora.
No puedo irme. Mario necesita saber que estoy aquí, lo siente, le calma. Lo sabe aunque no pueda verme respondía.
Le administraron un tranquilizante. Ya no lloraba, solo esperaba, con la mirada vacía, aguardando el milagro.
Aquella tarde, llamé a Aurora: ella me contó que había podido conseguir otros cien mil euros, pero aún faltaba mucho. Esa noche una pareja visitó la casa para comprar. Había bajado mucho el precio; dijeron que se lo pensarían en unos días.
Mientras hablábamos, un grito desgarrador sonó en el pasillo. Aurora se asustó, tiró el móvil, Gabriel se despertó llorando. Volvió a dormirle y, al dejarle en la cuna, salió corriendo: lo sabía antes de oírlo. Teresa estaba derrumbada en la puerta de la UCI infantil, llorando y gritando. Las enfermeras intentaban calmarla. Había comprendido todo.
Teresa, tienes que ser fuerte le dijo Aurora abrazándola entre lágrimas. Vive por Mario, por ti.
¿Para qué? ¡Mi hijo ha muerto! ¿Cómo voy a vivir con tanta culpa? se lamentaba ella, extenuada.
Aurora se quedó con ella hasta que consiguió dormir, agotada por la medicación. El médico de guardia dijo con tristeza: Que descanse, ya llorará más tarde.
Aquella noche Aurora tampoco pudo dormir. Sentada, vigilaba la cuna de Gabriel, queriendo grabar cada instante.
Al día siguiente, Teresa la visitó antes de irse. Había envejecido de golpe. Se abrazaron largo rato.
Ojalá Gabriel tenga suerte, Aurora. Aprovecha cada oportunidad que tengas. Y salúdame a ese oso negro del zoo. Le entregó un sobre cerrado. Léelo después No puedo contártelo cara a cara.
Gracias musitó Aurora.
Cuando mi mujer abrió el sobre, encontró unas palabras escritas con mano temblorosa:
«Querida Aurora: deseo de corazón que Gabriel viva. Que lo haga por mi Mario: que crezca, juegue, estudie, que disfrute la vida, que juegue al fútbol y monte en bici. Por favor, id al zoo y dadle recuerdos al gran oso negro. En el sobre tienes el dinero que recaudamos para Mario. Ya no lo necesita, que sirva para curar a Gabriel».
Aurora rompió a llorar, aliviada porque por fin había dinero suficiente y destrozada por el precio con el que había llegado.
Javi, no vendas la casa me dijo al telefonear al día siguiente. Necesitaremos volver
¿Y el dinero?
Hay dinero. Todo va a salir bien.
Por primera vez, sentí la esperanza en su voz. Aurora estaba convencida de que lo conseguirían.
La operación se realizó un día después del primer cumpleaños de Gabriel. Las noticias eran esperanzadoras. Al cabo de unos días, permitieron a Aurora ver a su hijo y, poco a poco, retomar la vida en común. Un mes de cuarentena, mucho de rehabilitación. Pero, comparado con lo pasado, apenas nada: la operación había salido bien.
Gabriel iba recuperando fuerzas, volvía a interesarse por los juguetes, comía y hasta reía. El día en que murmuró algo parecido a «mamá», Aurora rompió a llorar. Había ocurrido el milagro.
¡Oso! decía Gabriel, señalando el enorme animal negro en la jaula.
No, cariño, oso le corregía Aurora entre risas.
Habían vuelto por fin al zoológico de Madrid, el mismo que visitó Mario.
Te llevamos recuerdos de parte de Mario, amigo oso le susurró Aurora al animal.
Gabriel corría de la mano de su madre, se subía a los hombros de su padre, devoraba un helado mientras miraba fascinado a los animales. Había vuelto la alegría y la vida, tan lejos ya del hospital Solo a veces, por la noche, Aurora se levantaba sigilosamente para escuchar la respiración tranquila de su hijo dormido. La angustia se diluía. Delante quedaba toda una vida, la vida por sí mismos y por aquel niño que les regaló su segunda oportunidad.







