15 de junio de 2024
Vivo en un bloque de nueve plantas en el barrio de Carabanchel, con paredes tan delgadas que el estornudo de un vecino retumba en los radiadores. Hace tiempo que ya no me sobresalto cuando la puerta se cierra de golpe, ni cuando la anciana del piso de abajo cambia los muebles a deshoras, ni siquiera cuando el televisor de la señora Pilar cruje como si estuviera a punto de romperse.
Sin embargo, lo que hace el vecino de arriba, un tal Alejandro, me saca de quicio y me obliga a soltar improperios. Cada sábado, sin falta, ese tipo desagradable se sube a la azotea o al salón y saca el taladro o el martillo neumático. A veces a las nueve de la mañana, otras a las once. Siempre en día libre, justo cuando más anhelo dormir hasta tarde.
Al principio intenté tomármelo con filosofía: Tal vez está reformando, es comprensible. Me revolcaba en la cama, tapaba los oídos con la almohada y seguía con mis pensamientos. Pero las semanas pasaron y el sonido del taladro seguía despertándome los sábados, a ratos cortos o a largas sesiones, como si el vecino comenzara una obra, la abandonara, y después retomara lo que había dejado.
A veces el ruido aparecía también entre semana, alrededor de las siete de la tarde, cuando volvía del trabajo y solo quería un momento de silencio. Cada vez quería levantarme y decirle a Alejandro lo que pienso de él, pero el cansancio, la pereza y el miedo al conflicto me retenían.
Una mañana, cuando el taladro volvió a rugir sobre mi cabeza, no aguanté más y subí corriendo. Llamé a la puerta, golpeé, y sólo escuché el motor del taladro vibrando hasta mi cráneo.
¡Algún día! exclamé, sin terminar la frase, sin saber siquiera qué haría algún día. Imaginaba desde llamar al conserje hasta presentar una denuncia, o incluso tapar la ventilación con espuma.
A veces me imaginaba que Alejandro se daría cuenta de que estaba molestando a todos y vendría a disculparse, o que se mudaría, o cualquier cosa que pusiera fin a aquel martillazo. ¡Solo quería que dejara de perforar!
Ese ruido se había convertido en símbolo de injusticia para mí. Pensaba: ¡Que alguien se levante y ponga fin a este despropósito!. Pero los vecinos se encerraban en sus pisos y nada sucedía.
Y entonces ocurrió lo que jamás esperé
Un sábado desperté sin el habitual zumbido, sólo con un silencio denso y casi palpable. Me quedé tirado escuchando, esperando que el taladro volviera a cantar, pero el silencio era tan compacto que parecía envolver la casa.
¡Lo ha dejado! pensé con una mezcla de alegría y sorpresa ¿Se habrá ido ese monstruo?
El día transcurrió con una sensación de libertad que no había sentido en años. El aspirador sonaba bajo, la tetera silbaba suavemente y la televisión no vibraba con el techo. Me senté en el sofá y me encontré sonriendo como un niño.
El domingo también fue silencioso, al igual que el lunes, martes y miércoles. El ruido había sido arrancado de mi vida como si lo hubieran cortado con tijeras. Ese silencio prolongado resultó demasiado perfecto, casi inquietante, después de meses de estrépito constante.
Pasé mucho tiempo frente a la puerta de Alejandro, reuniendo el coraje, preguntándome si debía ir a comprobar que todo estaba bien o si solo estaba creando un drama en mi cabeza. Pulsé el timbre.
La puerta se abrió de inmediato y algo me indicó que algo había cambiado. En el umbral apareció una mujer embarazada, el rostro pálido, los párpados hinchados. La había visto de vista y alguna que otra vez en el portal, pero ahora parecía años mayor.
¿Es usted la esposa de Alejandro? le pregunté con cautela.
Asintió con la cabeza.
¿Qué ha pasado? Yo no he escuchado nada
Me quedé sin palabras, como si el silencio mismo me hubiera robado la voz. La mujer dio un paso atrás, dejándome entrar, y con voz tenue susurró:
Lesh, ya no está.
No comprendí al instante. Tardé unos segundos en armar la frase.
¿Cómo? ¿Cuándo?
El sábado pasado, temprano por la mañana secó una lágrima. Ese interminable proyecto lo cansó. Siempre trabajaba los fines de semana porque entre semana no tenía tiempo. Ese día se levantó antes que yo para terminar la cuna del bebé. Se apresuró, temía no acabar a tiempo
Se señaló hacia el interior del apartamento. Allí, contra la pared, había una cuna semimontada, con el manual, las piezas y los tornillos esparcidos ordenadamente sobre el suelo.
Se le ha caído, murmuró. Su corazón. Ni siquiera llegué a despertarme.
Me quedé plantado, como clavado al suelo. Las palabras de la mujer se filtraban lentamente en mi mente, pesadas como una losa.
El ruido ese mismo taladro que tantas veces me había irritado, ahora estaba silenciado por la tragedia. Bajé la mirada hasta la caja de tornillos, la llave de vaso y las etiquetas con números de pieza, todo dispuesto con la meticulosidad de quien realmente quiere que algo sea importante.
¿Necesitan algo? empecé a preguntar con voz temblorosa.
Ella negó con la cabeza.
Gracias, no
Me retiré casi en silencio, como quien se aleja de un dolor recién descubierto. Cada paso que daba bajando las escaleras estaba cargado de una culpa difusa, sin forma concreta, pero que quemaba por dentro.
En casa miré al techo. El silencio era denso, como una acusación. ¿Era mi odio a Alejandro la razón? Lo odiaba porque me impedía dormir, lo había convertido en una especie de monstruo, cuando en realidad era solo un ruido. Ahora, ese ruido había desaparecido, pero quedó una mujer que lloraba la pérdida de su marido y un bebé que nacerá sin padre.
Pensé: «Debería ir a ayudarla, quizá ella no pueda hacerlo sola»
Al caer la noche, mientras mis pensamientos se asentaban, volví a mirar el techo y el silencio seguía allí, inmóvil. Sentado en la cocina a media luz, comprendí que no podría conciliar el sueño esa noche. Subí de nuevo, llamé a la puerta. La mujer me recibió con una ceja levantada, sorprendida.
Sé que apenas nos conocemos dije, avergonzado. Si me permite, me gustaría montar la cuna. Él quería que estuviera lista para el bebé. Si puedo ayudar
Me quedó la mirada fija, como intentando descifrar mis intenciones. Tras un largo silencio, asintió lentamente.
Pase.
Entré con cuidado, pisando los cajones de piezas. Trabajé largo rato, sin decir una palabra. La mujer estaba sentada en el sofá, acariciando su vientre, sollozando en silencio para no molestar. Cuando puse el último tornillo y ajusté la parte trasera de la cuna, la atmósfera cambió, como si una carga se hubiera descargado.
Se acercó, pasó su mano por la barra de madera lisa y susurró:
Gracias No tiene idea de lo mucho que significa esto.
Yo solo asentí, sin saber qué responder. Al salir, pensé que, por primera vez en mucho tiempo, había hecho algo realmente correcto.
**Lección:** A veces el ruido que más nos irrita es la señal de que algo más profundo está fallando; escuchar con el corazón, no solo con los oídos, permite convertir la frustración en compasión y transformar el caos en ayuda genuina.







