POR SI LAS MOSCAS Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera llorosa, se giró hacia el ordenador y empezó a teclear frenéticamente. —¡Qué falta de alma la tuya, Vera! —oyó la voz de Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Y eso a qué viene? —Porque una cosa es que en tu vida personal todo vaya viento en popa, pero eso no significa que a los demás les pase igual. Ya ves, la pobre está destrozada, podrías consolarla, darle algún consejo, compartir tu experiencia ahora que a ti te va tan bien. —¿Yo? ¿Compartir experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadi no le haría ninguna gracia. Ya lo intenté hace cinco años, cuando venía a trabajar con moratones; claro, vas a saber la de veces que “se caía” sola… En fin, no fue ningún hombre quien la zurró, que conste, aunque su cara dijese lo contrario. Cuando él desapareció como un fantasma, dejaron de salirle morados, era el tercer novio fugado. Entonces decidí apoyarla, ofrecerle una mano amiga, total, para acabar siendo la mala de la película. Ya me avisaron las compis: con Nadia es perder el tiempo, siempre cree que lo sabe todo mejor que nadie. Una bruja envidiosa que saboteó la felicidad de Nadi, eso es lo que fui para el resto. Ahora va a psicólogos, “trabajando traumas”, aunque vive siempre el mismo ciclo: sólo cambian los nombres. Así que permitidme que no reparta consuelos ni pañuelos. —Aun así, Vera, eso no está bien… En la comida, mientras todas compartíamos mesa, no se hablaba de otra cosa: el ex de Nadia, el sinvergüenza que la había engañado. Vera masticaba en silencio, luego se sirvió un café y se refugió a solas a mirar sus redes para desconectar. —Vera, —se sentó junto a ella la pizpireta y simpática Tania, hoy bastante menos risueña—, ¿de verdad no te da ni una pizca de pena lo de Nadia? —Tania, ¿pero qué esperáis de mí? —Bah, déjala —dijo Irina, pasando por allí—, con su querido Vasili, vive como una reina y no sabe lo que es quedarse sola con un niño, sin ayuda y encima lidiando con la pensión del “ex-papá”. —Tampoco hacía falta traer una criatura al mundo sin saber de quién, y con esos años… —soltó doña Tatiana, la veterana del grupo—. Tiene razón Vera, ya hemos visto demasiadas lágrimas en este despacho. Las mujeres, agrupadas en un corro alrededor de la sollozante Nadya, daban diferentes consejos. ¿Y qué hizo la fuerte e independiente Nadia? Sacó fuerzas, llamó a su madre del pueblo para ayudarla con el niño y el ingrato ex. Se rehízo: flequillo nuevo, cejas y pestañas postizas, pensó incluso en un piercing en la nariz, pero la convencimos de que no. Y vuelta a empezar. —Tranquila, Nadi, él va a acabar llorando más, ya verás —la animaban las chicas. —No llorará. No le echará de menos —murmuró Vera, pero la oyeron. ¿Cómo que no? —No llorará —reafirmó Vera— y, antes de que te des cuenta, Nadia tendrá a otro igual. —Claro, a ti se te da bien juzgar; tu Vasili no es como estos… —No, el mío es de oro: ni pelea, ni bebe, ni pone los cuernos, me adora. —¡Ya! A ver si no te lo quitan… —No lo harían; él nunca se iría. —Yo no estaría tan segura… —Pues deberías. Entre copas empezaron los juegos: —¡Vámonos todas a tu casa, Vera! A ver si tu Vasili resiste a tanta belleza junta o te da miedo que alguna se lo lleve. —¡Por mí, adelante! —¡Venga, chicas, todas a casa de Vera, que la noche es joven! ¿Tatiana, te apuntas? —No, crías, que me espera Miguel en casa. Vosotras id… —sonrió la veterana. Todo el escuadrón irrumpió en casa de Vera: risas por la cocina, trajín preparando algo de comer antes de que llegara el deseado Vasili. —No os molestéis, apenas come y es muy tiquismiquis, aunque sí, dentro de poco debería llegar. Poco a poco, el entusiasmo se disipó y, pensando en quehaceres, la mayoría se marchó. Sólo quedaron Nadia, Olga y Tania. Tomaban té tranquilamente, esperando al misterioso Vasili, hasta que escucharon la puerta. —¡Vasili, mi niño bonito! —canturreó Vera saliendo al recibidor. Las tres se sintieron incómodas cuando entró un chico joven y guapo. ¡Ahhh, ya caen en la cuenta! El “marido” es mucho más joven que Vera… —Aquí tenéis, chicas: mi hijo Denis. —¿Cómo? ¿Denis? ¿No era Vasili? —Mi hijo, Denis. ¿Qué tal se ha portado Vasili, cielo? —Bien, mamá, necesita descansar. Pronto podrá correr otra vez, pero ahora no le dejes lamerse… Las mujeres, cortadas… —Nos vamos ya, ¿verdad? —Un momento, falta presentaros a Vasili. Pero silencio, que está recién operado, Denis y Leni lo llevaron a la clínica mientras trabajaba; era imposible con lo de marcar las cortinas… Venid. Ahí está, mi Vasili, mi tesoro, dormido tranquilamente. Eranríen todas a la vez: ¡Vasili es el gato! —Claro, ¿qué pensabais? —¿Y el marido? —No tengo marido. Vosotras os creísteis el cuento; una vez mencioné a un “hombre maravilloso” y no me dejasteis acabar: inventasteis el resto. Me casé joven, primer amor y toda la pesca, ni terminé de estudiar; Denis nació, el primero se fue, mis padres ayudaron. Volví a casarme, ese hasta planeaba mi vida, pero Denis era un estorbo; le mandé a pasear. Crio su madre a su gusto. Un tercer intento: antes de casarnos, me soltó un puñetazo por celos. Denis, karateka desde niño, me enseñó a defenderme; lo lancé por los aires y ahí acabó la historia, se acabó lo de sufrir. Denis se casó, yo me quedé sola: me traje a Vasili, el gato. Así vivimos: tranquila, sin ataduras. ¿Ir al cine? Vasili y yo. ¿Vacaciones? Lo mismo. Sin reproches, sin depender de nadie. De vez en cuando, cena rica, le invito a casa y tan contentos. Denis me preguntó por qué no vivíamos juntos… para qué, cada uno tiene su vida. Como mis padres, que llevan treinta años juntos… pero a mí no me salió así, y ya está. Aquí estoy, feliz con mi Vasili. ¿Verdad, mi amor? Si vuelves a portarte mal, pierdes más que las uñas. Las chicas se marcharon pensativas, sobre todo Nadia. Pero, claro está, Nadi no pudo, en apenas un mes traía a otro nuevo galán, flores incluidas, presumía en la oficina. Vera y doña Tatiana sonreían. —¿Y tu Miquel, cómo sigue? ¿La patita mejor? —Bien, hija, una heridita del paseo, ya cerrado. Menos mal, como un perro… jajaja. Los nietos quieren que lo lleve a concursos, pero a estas alturas, ni loca. Estamos bien tal cual… A Nadia parece que todo le va viento en popa. —Ya ves, Vera, unas adoptan animales, otras coleccionan maridos… —Eso es, cada una a lo suyo. ¿Quién sabe si esta vez le saldrá bien? —Ojalá. —¿De qué cuchicheáis? —De ti, Nadia, a ver si por fin encuentras suerte. —Chicas, sé que parece que no lo entiendo, pero de verdad no puedo vivir sola. —Cada una sabe lo que le va… —Vera —la oyó al marcharse—, ¿me aconsejarías qué adoptar? ¿Mejor gato o gata? —Venga, tira, que te esperan… Si acaso, lo vemos juntas… —Vera se rió. —Por si las moscas…

POR SI ACASO

Verónica lanzó una mirada indiferente a su compañera Almudena, que sollozaba desconsolada en la esquina, y giró de nuevo hacia la pantalla del ordenador, tecleando con rapidez.

Eres un témpano, de verdad, Vera dijo entonces la voz de Olga, la jefa de sección.

¿Yo? ¿Témpano yo? ¿Por qué?

Vamos a ver, que porque a ti todo te vaya bien en la vida, no significa que a las demás nos sonrían igual las cosas. Mira cómo está la pobre, muerta de pena, y tú ni un gesto, ni una palabra, ni le preguntas qué le pasa o le cuentas algo tuyo. ¿Ya que tú tan feliz estás?

¿Yo compartir mi experiencia? Con ella Mira, me temo que a nuestra Almudena eso no le iría nada. Ya lo intenté hace años, cuando venía al trabajo con unos moratones como linternas la típica excusa de que se caía por las escaleras. Vosotras aún no estabais. Y no, no era el marido quien la pegaba; tropezaba sola. Cuando aquel tipo desapareció, dejaron también de aparecerle los moratones. Era el tercero que se largaba.

En su momento quise apoyarla, sí, compartir mi digamos, experiencia. Y acabé siendo la mala de la película, claro. Me explicaron otras compañeras que es absurdo, que Almudena siempre cree saberlo todo y que nadie le puede decir nada. Acabé siendo la bruja que le quería quitar la felicidad. Ella entonces iba de curandera en curandera, echándose cartas y acudiendo a santeras de pueblo. Ahora es más moderna, va a psicólogos y trabaja en sus traumas. Aún no entiende que siempre sigue el mismo libreto, solo cambia los nombres de los protagonistas. Así que, perdón, pero ni voy a compadecerla ni a pasarle pañuelos.

Aun así, Vera, tampoco es plan insistió Olga.

En la comida, al reunirse todas en la gran mesa, no se hablaba de otra cosa que del ex de Almudena: el sinvergüenza, el embustero. Verónica comió en silencio. Después se sirvió un café y se apartó a un rincón para evadirse mirando el móvil y hacer scroll por Instagram.

Vero se le acercó entonces Toñi, siempre tan risueña y redondita, aunque hoy le temblaba la voz, ¿de verdad no sientes nada de pena por Almudena?

Toñi, ¿qué esperáis de mí?

Déjala, mujer terció Irene desde la otra punta. Si es que ella tiene a su idolatrado Basilio y vive como una reina, no entiende lo que es quedarse sola con un crío, sin ayuda de nadie, ni un duro, ni nada. Ahora mira tú, a ver si encima pilla la pensión del padre 

Nadie la obligó a dar a luz, y menos a estas alturas, que ya no tiene veinte años precisamente añadió con aire sentencioso doña Antonia, la mayor del grupo, la que todas llamaban la abuela Toñi. Vero tiene razón, si ha llorado veces Almudena, ya cuando estaba embarazada el tipo le destrozaba los nervios, y antes en fin

El corro de mujeres casi rodeaba a Almudena, cada una dando consejos y diciendo la suya.

¿Pero qué? Pues que la chispa de mujer fuerte y libre de Almudena se encendió de pronto. Se hartó de llorar. Llamó a su madre desde el pueblo, que vino a ayudarle con su hijo y con el desagradecido ese y, poco a poco, empezó a animarse.

Se cortó el flequillo, se tatuó las cejas, se puso pestañas postizas; hasta quiso hacerse un piercing en la nariz, pero entre todas se lo quitaron de la cabeza. Y despegó.

Nada, Alma, arriba, que ya verás, él será quien acabe llorando la animaban las otras.

Que no, que ese hombre no va a llorar dijo Verónica, casi para sí, pero las chicas, ya medio animadas con el vino de la comida, la escucharon y pidieron que se explicara.

No va a llorar, ni va a arrepentirse. Y Almudena, mañana o pasado, se tropieza con otro igualito.

Claro, para ti es fácil decirlo, con tu Basilio, que seguro que no es así

Claro que no. Mi Basilio es el hombre más bueno del mundo: ni pega, ni se emborracha, ni anda con otras, me quiere una barbaridad.

Sí, sí, todos iguales al final.

Ya verás, Vera, cualquier día te lo quitan.

Imposible, él no se va.

Yo que tú no estaría tan segura

Pues yo sí.

Las chicas, entre risas y copas de vino, acabaron dando voces como cuando animan al Atleti.

¡Vamos a tu casa, Vera, a ver si Basilio se resiste a tanta belleza! Seguro que no te haces la valiente y ni nos invitas, que tienes miedo de que alguna se lo lleve.

Pues venga, vamos.

¡A casa de Verónica, a conquistar a Basilio! ¿Tú vienes, abuela Toñi?

No, hijas, que me espera mi Manolo, pero pasadlo bien respondió sonriendo la mayor.

Allá que fueron todas, como una manada, riendo y armando jaleo en la cocina de Verónica.

Venga, chicas, preparad algo rápido. ¿No está Basilio? Al menos que le dejemos la mesa puesta.

No os matéis, es muy especialito para comer y tampoco traga mucho. Pero sí, llega pronto.

Al rato, la energía se fue calmando; una a una, las mujeres se fueron despidiendo y volviendo a casa. Solo quedaron Almudena, Olga y Toñi.

Tomaban café en la coqueta cocina de Verónica, hablando de cualquier cosa, la atmósfera algo incómoda, esperando al misterioso Basilio. Decidieron marcharse discretamente cuando sonó la puerta.

¡Basilio, Basilio, mi niño precioso! repitió Verónica en el pasillo, como si hablara con una criatura.

Las otras se quedaron quietas, incómodas al ver aparecer a un joven apuesto.

Ah entonces lo entendieron todo: el marido de Verónica era muchísimo más joven.

Chicas, os presento a mi hijo, Diego.

¿Diego? ¿Pero cómo, no era Basilio? se decían las miradas.

Mi hijo, Diego. ¿Y Basilio, cielo? ¿Cómo está?

Bien, mamá, necesita descanso. Mañana estará corriendo otra vez. Eso sí, no le dejes lamer la Diego, avergonzado, bajó la voz.

Las mujeres crecieron de color.

Bueno nos vamos, ¿no?

¡Esperad, que aún no os he presentado a Basilio! Solo silencio, por favor; está recién operado. Diego y Lucía, mi nuera, le han llevado al veterinario, que yo estaba en la oficina, le han hecho la castración, que ya me tenía la casa marcada hasta en las cortinas Venid a verle.

Y ahí estaba, hecho un ovillo en su cestita: Basilio, el gato.

Las chicas estallaron en carcajadas, saliendo casi rodando de la habitación.

Verónica, ¡si es un gato!

Claro que sí, ¿qué os pensabais? ¿Un marido? Eso lo inventasteis vosotras. Dije que tenía el mejor hombre del mundo, Basilio y ya nunca me dejasteis acabar. Salí muy joven de casa, la primera enamorada, dejé los estudios y tuve a Diego. Mi primer matrimonio fue un desastre. Menos mal que mis padres me ayudaron, que si no
Luego, ya con casi treinta, volví a casarme: hombre bueno, planificador Quería hijos y que Diego fuera a la academia militar, a ver si así tenía vida de verdad. Al final, le mandé con su madre. No entendían nada, ni él, ni su madre. Y mira que ella se crió con padrastro, pero según ella, los hijos ajenos nunca valen nada.

Viví años con Diego. Un tercer intento bueno, ya con menos expectativas, y porque Dios ama la Trinidad, dice el refrán. Y nada. En pleno noviazgo, me regaló un moratón por celos; y Diego llevaba años en karate conmigo encima, así que aprendí. Aquel Othello voló por la puerta.

Diego se casó, yo me aburría. Y adopté a Basilio. Vivimos de maravilla: tengo compañía, voy al cine, viajo Nadie me da la lata, ni rinde cuentas a nadie.

Diego al principio no lo entendía. ¿Por qué no vives con pareja, mamá? Pero ¿para qué, hijo? Ya somos mayores. Cada uno con su vida. Si hubiéramos estado juntos desde jóvenes, como mi hermano, pues quizás Llevan treinta años casados, son como mis padres: piensan y hablan igual. Yo no pude, y no tengo por qué fingir ser otra solo para decir que miro oficialmente casada. Mira, no.

Basilio y yo, súper bien. ¿Verdad, mi niño? ¿Ves como te avisé que si no dejabas de maullar y de marcar las cortinas acabarías castrado?

Se marcharon a casa pensativas, sobre todo Almudena.

Pero Almudena no supo o no pudo hacerlo a lo Verónica. Al mes, la oficina se llenó otra vez de flores, cortesía del nuevo pretendiente. Y ella, sonriente, de nuevo entre nubes.

Verónica y la abuela Toñi se miraban, sonriendo discretamente.

¿Y qué tal Manolo? ¿Cómo lleva la patita?

Bien, Verónica, ya va mejor, se pinchó con algo en el parque, pero como los perros, pronto curó Mis nietos dicen que lo apunte a concurso, pero yo qué voy a torturar al pobre animal, estamos bien así. Por Almudena, veo que la cosa se arregla

Sí, doña Antonia, unas se traen animales a casa, otras maridos.

Bueno cada cual lo suyo. A ver si esta vez le sonríe la suerte.

Ojalá.

¿Qué cuchicheáis ahí?

De ti, Almudena, de ti, a ver si esta vez encuentras lo que buscas.

Chicas, sé cómo suena, pero no soporto estar sola, de verdad.

Mira, a nosotras nos da igual ya, cada cual a su aire.

Verónica oyó la voz de Almudena cuando caminaba hacia el aparcamiento, oye si quisiera un gato, ¿me aconsejas? ¿Qué es mejor, gato o gata?

Anda, ve, que te esperan si eso, ya lo veremos sonrió Verónica.

Es por si acasoAlmudena se alejó con una risa tímida, casi infantil, y Verónica la observó marchar, balanceando el bolso y repasando mentalmente, quizá ya, nombres posibles para un cachorro felino. La tarde caía perezosa sobre el parking, moteando los coches con la luz dorada de un sol amable.

Verónica apoyó la cabeza en el techo del coche y por un instante se permitió la sensación silenciosa de triunfo: no todos podían con la soledad, pero ella la había domado y ahora la paseaba como a Basilio cada tarde, con la, tal vez, discreta felicidad de quien aprendió a vivir por su cuenta. Sacó las llaves, pensó en las cenas tranquilas, el cine del viernes, la lana nueva para la manta y el calor suave del pelaje ronroneante. Su vida no era de novela rosa, pero era suya.

Un maullido la recibió al llegar a casa. Basilio, ya renqueando menos después de la operación, giró entre sus piernas. Verónica puso música, se sirvió una copa y, al acunar al gato en su regazo mientras en Instagram desfilaban vidas supuestamente perfectas, pensó sin tristeza: no todas queremos lo mismo, pero todas merecemos un por si acaso. Quizá Almudena aprendiera a quererse a sí misma antes de esperarlo de otro, o quizá no. Algunas historias eran así: se repetían hasta que un día cambiaban de protagonista.

Basilio estiró la pata, la miró solemne y Verónica le guiñó un ojo.

Ya ves, amigo. Mientras no te dé por traerme flores o marcarme la cortina, aquí tienes casa.

El gato contestó con un suave ronroneo, y en ese pequeño mundo de paz imperfecta, Verónica supo, como un secreto compartido entre humanos y animales, que a veces la plenitud se parece mucho a saber cerrar bien la puerta y, si acaso, abrir una ventana.

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MagistrUm
POR SI LAS MOSCAS Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera llorosa, se giró hacia el ordenador y empezó a teclear frenéticamente. —¡Qué falta de alma la tuya, Vera! —oyó la voz de Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Y eso a qué viene? —Porque una cosa es que en tu vida personal todo vaya viento en popa, pero eso no significa que a los demás les pase igual. Ya ves, la pobre está destrozada, podrías consolarla, darle algún consejo, compartir tu experiencia ahora que a ti te va tan bien. —¿Yo? ¿Compartir experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadi no le haría ninguna gracia. Ya lo intenté hace cinco años, cuando venía a trabajar con moratones; claro, vas a saber la de veces que “se caía” sola… En fin, no fue ningún hombre quien la zurró, que conste, aunque su cara dijese lo contrario. Cuando él desapareció como un fantasma, dejaron de salirle morados, era el tercer novio fugado. Entonces decidí apoyarla, ofrecerle una mano amiga, total, para acabar siendo la mala de la película. Ya me avisaron las compis: con Nadia es perder el tiempo, siempre cree que lo sabe todo mejor que nadie. Una bruja envidiosa que saboteó la felicidad de Nadi, eso es lo que fui para el resto. Ahora va a psicólogos, “trabajando traumas”, aunque vive siempre el mismo ciclo: sólo cambian los nombres. Así que permitidme que no reparta consuelos ni pañuelos. —Aun así, Vera, eso no está bien… En la comida, mientras todas compartíamos mesa, no se hablaba de otra cosa: el ex de Nadia, el sinvergüenza que la había engañado. Vera masticaba en silencio, luego se sirvió un café y se refugió a solas a mirar sus redes para desconectar. —Vera, —se sentó junto a ella la pizpireta y simpática Tania, hoy bastante menos risueña—, ¿de verdad no te da ni una pizca de pena lo de Nadia? —Tania, ¿pero qué esperáis de mí? —Bah, déjala —dijo Irina, pasando por allí—, con su querido Vasili, vive como una reina y no sabe lo que es quedarse sola con un niño, sin ayuda y encima lidiando con la pensión del “ex-papá”. —Tampoco hacía falta traer una criatura al mundo sin saber de quién, y con esos años… —soltó doña Tatiana, la veterana del grupo—. Tiene razón Vera, ya hemos visto demasiadas lágrimas en este despacho. Las mujeres, agrupadas en un corro alrededor de la sollozante Nadya, daban diferentes consejos. ¿Y qué hizo la fuerte e independiente Nadia? Sacó fuerzas, llamó a su madre del pueblo para ayudarla con el niño y el ingrato ex. Se rehízo: flequillo nuevo, cejas y pestañas postizas, pensó incluso en un piercing en la nariz, pero la convencimos de que no. Y vuelta a empezar. —Tranquila, Nadi, él va a acabar llorando más, ya verás —la animaban las chicas. —No llorará. No le echará de menos —murmuró Vera, pero la oyeron. ¿Cómo que no? —No llorará —reafirmó Vera— y, antes de que te des cuenta, Nadia tendrá a otro igual. —Claro, a ti se te da bien juzgar; tu Vasili no es como estos… —No, el mío es de oro: ni pelea, ni bebe, ni pone los cuernos, me adora. —¡Ya! A ver si no te lo quitan… —No lo harían; él nunca se iría. —Yo no estaría tan segura… —Pues deberías. Entre copas empezaron los juegos: —¡Vámonos todas a tu casa, Vera! A ver si tu Vasili resiste a tanta belleza junta o te da miedo que alguna se lo lleve. —¡Por mí, adelante! —¡Venga, chicas, todas a casa de Vera, que la noche es joven! ¿Tatiana, te apuntas? —No, crías, que me espera Miguel en casa. Vosotras id… —sonrió la veterana. Todo el escuadrón irrumpió en casa de Vera: risas por la cocina, trajín preparando algo de comer antes de que llegara el deseado Vasili. —No os molestéis, apenas come y es muy tiquismiquis, aunque sí, dentro de poco debería llegar. Poco a poco, el entusiasmo se disipó y, pensando en quehaceres, la mayoría se marchó. Sólo quedaron Nadia, Olga y Tania. Tomaban té tranquilamente, esperando al misterioso Vasili, hasta que escucharon la puerta. —¡Vasili, mi niño bonito! —canturreó Vera saliendo al recibidor. Las tres se sintieron incómodas cuando entró un chico joven y guapo. ¡Ahhh, ya caen en la cuenta! El “marido” es mucho más joven que Vera… —Aquí tenéis, chicas: mi hijo Denis. —¿Cómo? ¿Denis? ¿No era Vasili? —Mi hijo, Denis. ¿Qué tal se ha portado Vasili, cielo? —Bien, mamá, necesita descansar. Pronto podrá correr otra vez, pero ahora no le dejes lamerse… Las mujeres, cortadas… —Nos vamos ya, ¿verdad? —Un momento, falta presentaros a Vasili. Pero silencio, que está recién operado, Denis y Leni lo llevaron a la clínica mientras trabajaba; era imposible con lo de marcar las cortinas… Venid. Ahí está, mi Vasili, mi tesoro, dormido tranquilamente. Eranríen todas a la vez: ¡Vasili es el gato! —Claro, ¿qué pensabais? —¿Y el marido? —No tengo marido. Vosotras os creísteis el cuento; una vez mencioné a un “hombre maravilloso” y no me dejasteis acabar: inventasteis el resto. Me casé joven, primer amor y toda la pesca, ni terminé de estudiar; Denis nació, el primero se fue, mis padres ayudaron. Volví a casarme, ese hasta planeaba mi vida, pero Denis era un estorbo; le mandé a pasear. Crio su madre a su gusto. Un tercer intento: antes de casarnos, me soltó un puñetazo por celos. Denis, karateka desde niño, me enseñó a defenderme; lo lancé por los aires y ahí acabó la historia, se acabó lo de sufrir. Denis se casó, yo me quedé sola: me traje a Vasili, el gato. Así vivimos: tranquila, sin ataduras. ¿Ir al cine? Vasili y yo. ¿Vacaciones? Lo mismo. Sin reproches, sin depender de nadie. De vez en cuando, cena rica, le invito a casa y tan contentos. Denis me preguntó por qué no vivíamos juntos… para qué, cada uno tiene su vida. Como mis padres, que llevan treinta años juntos… pero a mí no me salió así, y ya está. Aquí estoy, feliz con mi Vasili. ¿Verdad, mi amor? Si vuelves a portarte mal, pierdes más que las uñas. Las chicas se marcharon pensativas, sobre todo Nadia. Pero, claro está, Nadi no pudo, en apenas un mes traía a otro nuevo galán, flores incluidas, presumía en la oficina. Vera y doña Tatiana sonreían. —¿Y tu Miquel, cómo sigue? ¿La patita mejor? —Bien, hija, una heridita del paseo, ya cerrado. Menos mal, como un perro… jajaja. Los nietos quieren que lo lleve a concursos, pero a estas alturas, ni loca. Estamos bien tal cual… A Nadia parece que todo le va viento en popa. —Ya ves, Vera, unas adoptan animales, otras coleccionan maridos… —Eso es, cada una a lo suyo. ¿Quién sabe si esta vez le saldrá bien? —Ojalá. —¿De qué cuchicheáis? —De ti, Nadia, a ver si por fin encuentras suerte. —Chicas, sé que parece que no lo entiendo, pero de verdad no puedo vivir sola. —Cada una sabe lo que le va… —Vera —la oyó al marcharse—, ¿me aconsejarías qué adoptar? ¿Mejor gato o gata? —Venga, tira, que te esperan… Si acaso, lo vemos juntas… —Vera se rió. —Por si las moscas…