POR SI ACASO Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera que lloraba, se giró hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, de verdad, Vera —escuchó decir a Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Porque aunque a ti en tu vida personal te vaya bien, no significa que a los demás les pase igual. Mírala, la pobre, destrozada, ¿no podías al menos consolarla, darle un consejo, compartir tu experiencia? Que pareces tan feliz con lo tuyo… —¿Yo? ¿Compartir experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadia eso no le iba a gustar. Ya lo intenté hace como cinco años, cuando venía a trabajar con moratones —decía que se caía, claro, para ver mejor el camino, supongo. Vosotras aún no estabais aquí. Y, no, no era el marido el que le pegaba, era ella misma, se caía sola, malabares que hacía, y cuando él se largó, dejaron de aparecerle “faroles”. Era el tercero que la dejaba. En fin, que decidí ayudarla, apoyarla, compartir vivencias. Salí yo como la mala. Luego las demás me explicaron que era un caso perdido, que Nadia todo lo sabe y sólo la fastidia quien interfiere en su felicidad. Iba de bruja a bruja para atar a sus hombres, ahora va de psicólogos y dice que “trabaja sus traumas”. No se da cuenta que repite el mismo patrón, sólo cambia nombres. Así que, no gracias, no voy a llorar con ella ni a acercarle pañuelos. —Aun así, Vera, no deberías actuar así. A la hora de comer, con todas en la misma mesa, sólo se habló del ex de Nadia, un desalmado y mentiroso. Vera se mantuvo callada, luego se sirvió café y se apartó para limpiar la cabeza viendo redes sociales. —Vera —se acercó la simpática y risueña Tania, que hoy, sin embargo, lucía el ceño fruncido—, ¿de verdad no te da ni un poquito de pena Nadia? —Tania, ¿qué queréis de mí? —Déjala ya —saltó Ira—, siempre igual, con su Vasili, y tan feliz. Vive como una reina y es incapaz de imaginar lo que es quedarse sola, sin ayuda, con un crío, y encima, para colmo, ver que ni la manutención te llega. —Eso te pasa por meterte en según qué líos —añadió la veterana Tía Tania, la mayor de todo el grupo—. Vera tiene razón, cuántas veces hemos visto ya el drama de Nadia, y él la volvió loca estando embarazada, y antes de eso… Las mujeres, reunidas en círculo alrededor de la llorosa Nadia, comenzaron una ronda de consejos. ¿Qué pasó entonces? Que nuestra feroz y autónoma Nadia decidió ponerse las pilas y llamar urgentemente a su madre del pueblo para que la ayudase con el niño. Nadia volvió a ser ella misma. Se hizo flequillo, se tatuó las cejas, se puso pestañas, quiso hacerse un piercing en la nariz pero el departamento en pleno la convenció de no hacerlo. Y para allá que fue. Las chicas la animaban. “Ya verás, Nadia, él llorará por ti todavía”. —No, no va a llorar —dijo Vera en voz baja, pensando que nadie la oiría. Pero la oyeron, y medio alcoholizadas, repitieron: ¿cómo que no va a llorar? —No va a llorar ni a arrepentirse. Y Nadia encontrará pronto a otro igual… —Claro, para ti es fácil, tienes a tu Vasili, seguro que no es como los demás… —No, no es como los demás, Vasili es el mejor hombre del mundo, no pega, no bebe, no va con otras… —Sí, sí, todos son iguales. —A que te lo quitamos… —No podréis, él no se va. —No estaría tan segura… —Pues tú verás. Entre bromas y piques, surgió la idea de invadir la casa de Vera para ver si su Vasili resistía la tentación. Allá fueron todas en tropel, contentas y parloteando en su cocina. —Vamos, chicas, hagamos algo rápido para picar, que entiendo que Vasili no está pero en breve vuelve, y le dejaremos la mesa puesta. —No os preocupéis, es muy delicado con la comida y no come mucho, pero sí, llegará en breve. Poco a poco la emoción decaía y las invitadas iban marchando a sus casas. Solo se quedaron Nadia, Olga y Tania. Tomaban té en la acogedora cocina de Vera, medio incómodas esperando a ese misterioso Vasili. Cuando de pronto, alguien llegó. —¡Vasili, mi niño, mi coqueto! —murmuró Vera desde la entrada. Las otras se pusieron nerviosas. Y de repente un chico joven y apuesto apareció. Oh, entendieron todas, el marido es mucho más joven que Vera. —Chicas, os presento a Denis, mi hijo. ¿Denis? ¿Cómo que Denis? —se leía en las miradas. —Mi hijo Denis. ¿Y el Vasili, Denis? ¿Se ha portado bien? —Sí, mamá, ahora necesita reposo, mañana ya correrá. Pero no dejes que se chupe los puntos… Las invitadas se sonrojaron. —Nosotras… ya nos vamos mejor. —¡Un momento! No os he presentado aún a Vasili. Pero sshh, está recién operado, Denis y Lena lo llevaron al veterinario, que yo estaba trabajando… Le han castrado, es que el muy bandido empezó a marcar las cortinas… Venid a ver. ¡Ahí tenéis a Vasili, a mi tesoro, durmiendo! Para no estallar de risa, todas salieron en estampida de la habitación. —¡Pero Vera, es un gato! —Claro, ¿qué os pensabais? —¿Y el marido…? —Nunca he tenido. Lo de Vasili os lo inventasteis vosotras. Dije que tenía un hombre maravilloso, Vasili, y no me dejasteis terminar la frase, os lo imaginasteis. Me casé joven, por mi primer amor, dejé los estudios, tuve a Denis. Tres años mal llevados, nos separamos. La familia me ayudó. El segundo marido apareció cerca de los treinta, buen chico, ilusionado, pero solo pensaba en que le diera hijos suyos, y Denis… bueno, a un internado militar, o con mi madre, decían. Lo mandé a él con su madre. Tiempo después, sola con Denis, me casé una tercera vez, sabiendo que ya no era una joya en el mercado de novias, pero bueno, a la tercera va la vencida. Al poco, una bronca, y de celos me pegó. Denis practicaba artes marciales desde pequeño, yo a veces entrenaba con él, aprendí algún truco y se llevó su merecido. Decidí que ya era suficiente. Denis se casó, yo sola, y adopté a Vasili. Con él voy al cine, de viaje, cocino para los dos. Nadie debe nada a nadie, y nadie me atormenta. Denis al principio no lo entendía. “¿Por qué no vives con nadie?” ¿Para qué, hijo? Cada uno tiene su vida, sus costumbres. Es otra cosa estar juntos desde jóvenes, como mis padres, pero yo no, a mí no me ha salido así. ¿Para ir pregonando que estoy casada? No me compensa. Estoy bien con Vasili. ¿Verdad, tesoro? ¿Ves lo que te advertí si seguías marcando las cortinas? Las chicas se fueron cada una pensativa, especialmente Nadia. Pero Nadia no logró ser como Vera. Al mes ya presumía de nuevo amor, y recibía flores en el trabajo. Vera y la tía Tania sonreían. —¿Qué tal Misha? ¿Cómo va la patita? —Bien, Vera, en el paseo parece que se clavó algo, pero ya está curado, como los perros. Los nietos querían que lo llevase a exposición, pero a mí me da igual… —Parece que Nadia también ha rehecho su vida… —Sí, Tía Tania, unas tienen mascotas y otras, maridos. —Bueno, cada una a lo suyo. ¿Igual esta vez tiene suerte? —A ver si sí… —¿Qué cuchicheáis? —De ti, Nadia, que esperamos que esta vez te salga bien. —Chicas, sé cómo parece todo esto, pero yo sola no puedo. —No tienes que justificarte, cada una vive como quiere… —Vera —oyó la voz de Nadia cuando iba al aparcamiento—, tú, si acaso, me aconsejarías sobre gatos? ¿Qué conviene más, gato o gata? —Anda, ve, te esperan… y si acaso, ya hablaremos —rió Vera. —Por si acaso…

POR SI ACASO

Vera observó a su compañera llorosa con una indiferencia casi de otro mundo, dio media vuelta hacia su ordenador y comenzó a teclear palabras que no entendía ni ella misma.
No tienes corazón, Vera oyó su voz la jefa, Olga, desde el despacho, medio desvanecida en la neblina del mediodía.
¿Yo? ¿Por qué dices eso?
Porque aunque a ti te vaya bien en el amor, no significa que todas vayamos iguales. Que ahí tienes a la pobre, deshecha… ¿No podías al menos acercarte, mostrar un poco de compasión, un consejo, algo? Que tú ya tienes tu vida resuelta.
¿Un consejo? ¿A ella? Me temo que a nuestra Nati no le haría ninguna gracia. Hace años lo intenté, cuando venía al trabajo con moretones diciendo que se había caído por esas calles de Salamanca que ella tanto recorre. Aún no estabas en la oficina, Olga.
Y no, no era su marido el que le daba esas palizas, era ella que siempre acababa tropezando, por lo visto. Cuando aquél se largó sin despedirse, los moratones también se esfumaron. Ya iban tres que se le marchaban.
Pues nada, entonces decidí darle mi apoyo, compartir experiencia… y salí yo la mala, sí, la mala.
Luego las demás compañeras me soltaron que era causa perdida, que con Nati no se puede, que ella de todo sabe más que nadie.
Yo solo quise ayudar, pero terminé de bruja entrometida. Por entonces iba por curanderas y echadoras de cartas; ahora va a psicólogos, que es más fino. Se cura traumas, dice.
Pero ni se da cuenta de que repite siempre la misma historia, solo cambian los nombres de los hombres.
Así que, perdona, Olga, pero yo no voy a mostrar ni una lágrima más, ni a acercarle pañuelos. No me da la gana.
Que igualmente, Vera, un poco de humanidad…

En el comedor, sentadas juntas en la mesa larga, todas vueltas en torno al asunto del ex de Nati, ese sinvergüenza y traidor.
Vera comía en silencio; luego se sirvió un café y huyó a un rincón con su móvil, recorriendo redes sociales para deshacer nudos de mente.
Vera se le acercó la redonda y siempre risueña Toñi, con la cara inusualmente amarga esa vez, ¿de verdad no te da ni un poquito de pena Nati?
Toñi, ¿qué queréis que haga?
Bah, déjala saltó al paso Irene girando la cabeza. Como ella tiene a su adorado Basilio, vive como una reina en la Gran Vía, claro, no sabe lo que es quedarse sola con un crío y nadie que te ayude. Y para cobrar la pensión, ni te cuento…
Eso te pasa por parir sin saber de quién gruñó doña Carmen, la mayor del grupo, a quien en privado llamaban Carmela. Y Vera tiene razón. Nati ha llorado mil veces ya por lo mismo, y cuando estaba embarazada, ¡madre mía cómo la hacía sufrir!
El círculo de mujeres alrededor de Nati, sollozando sin pausa, llenaban el aire de consejos y lamentos.
¿Y ahora?
La independiente y fuerte Nati decidió resurgir con toda su gloria. Llamó corriendo a su madre del pueblo para que le ayudase con el niño y el… desagradecido. Pronto se rehizo, se cortó flequillo, se tatuó cejas en la frente, se puso pestañas postizas, y hasta quiso ponerse un piercing en la nariz, pero lo impidieron entre todas.
Y así empezó la función.
No te preocupes, Nati le decían las demás, animándola, ya verás, ese cobarde acabará llorando por ti, ya lo verás.
Que no, chicas gruñía Vera en voz baja. Ese ni va a llorar ni va a lamentar nada. Y Nati hoy o mañana se busca otro igual…
Hablas porque tienes a Basilio, que seguro ese es distinto…
Distinto… claro que sí, mi Basilio es el mejor del mundo: ni me grita, ni sale a beber, ni me traiciona. Me adora.
No digas eso, todos son iguales soltó Irene. Cuidado, que te lo quitan, Vera.
Nadie me lo quita, ya lo veréis.
El vino hacía eco en sus cabezas y las mujeres, como en una verbena, se pusieron a discutir como fieras.
¡Pues vámonos todas a tu casa, Vera! A ver si Basilio resiste a tanta belleza reunida. Seguro que no te atreves a invitarnos, porque temes que te robemos a ese santo esposo.
¡Vámonos!
¡Venga, chicas, todas a casa de Vera a por Basilio! ¿Carmela, te apuntas?
No, hijas. A mí me espera Ángel en casa… vosotras id dijo la jefa sonriendo.

A carcajadas invadieron la casa de Vera, alborotando la cocina.
Va, chicas, cocinemos algo rápido. Entiendo que Basilio no está, ¿no? Pero vendrá, y ya tendrá la mesa montada.
De nada servirá, es delicado para comer. Pero sí, ahora vendrá.
El hervor del caos se calmó; una a una, las mujeres recordaron sus tareas y fueron saliendo. Quedaron solo Nati, Olga y Toñi.
Tomaban té en la acogedora cocina, con risas nerviosas mientras esperaban a ese desconocido Basilio.
Empezaron a prepararse para marcharse cuando alguien llegó.

¡Basilio, Basilio mío, mi niño guapo! cantó Vera saliendo al recibidor.
Las visitas se encogieron en sí mismas, incómodas, cuando al salón entró un chico joven, guapo y alto.
Ah, ahí estaba el secreto: el marido era mucho más joven que Vera.
Os presento a Denis.
¿Denis? ¿Cómo Denis, no era Basilio? Las miradas lo decían todo.
Mi hijo, Denisito. ¿Qué tal se portó Basilio, Deni? ¿Tranquilo?
Sí, mamá, solo necesita reposo. Mañana ya podrá correr. Eso sí, ¡no le dejes lamerse la herida!
Las mujeres se pusieron coloradas…
Nosotras… nos vamos…
Un momento, que no os he presentado a Basilio, pero silencio, que está recuperándose. Denis y su novia Lena lo llevaron al veterinario a que lo castraran, porque no dejaba de marcar las cortinas… venid.
Ahí estaba Basilio, durmiendo tan tranquilo: era un gato.
Para no reírse, las visitantes huyeron de la habitación.
¡Vera, si es un gato!
Por supuesto. ¿Vosotras qué creíais? ¿Y el marido?
¡Ah!, que no tengo. Fuisteis vosotras quienes os montasteis la historia. Un día dije que tenía al mejor Basilio y me callasteis, y así nació la leyenda.
Me casé joven, por amor de primera, dejé la universidad, tuve a Denis.
Tres años de sufrimiento, nos separamos. Con ayuda de mis padres, seguí.
Volví a casarme ya cerca de los treinta. Un buen hombre, planes, hijos, pero Denis… bueno, para él, a internado militar; para mí, la vida de su lado no era.
Le mandé con su madre. Él enfadadísimo, su madre me llamó inútil, que nadie quiere hijos ajenos. Curioso, ella se casó dos veces y su hijo fue criado por otro.
Viví sola con Denis, y en mi tercer intento, ya completamente consciente de mi valor en el mercado, llegó otro que hasta me levantó la mano por celos.
Denis que hacía judo desde los seis años, practicábamos en casa… algo aprendí y ese Otelo se fue volando escaleras abajo. Decidí que ya era suficiente.
Denis se casó, yo me quedé sola y adopté a Basilio el gato. Vivimos bien, voy al cine acompañada, viajo, nadie debe nada a nadie.
A veces invito a Denis a una buena cena, y después cada uno por su camino, sin dar cuentas.
Él al principio no entendía por qué no vivíamos juntos.
¿Y para qué? Somos adultos, cada cual con sus manías. Otra cosa es crecer juntos, como mi hermano y su mujer, o mis padres. Sí, llevan treinta años, piensan igual. Lo mío no fue así.
Así que, ¿para qué forzarme, solo por poder presumir de casada?
No necesito eso. Basilio y yo estamos bien.
¿Verdad, mi niño, ya has aprendido la lección? Te lo advertí, si seguías marcando, adiós a tus partes.

Las amigas volvieron a casa pensativas, sobre todo Nati.
Pero Nati no pudo ser como Vera.
En un mes ya estaba revoloteando por la oficina, recibiendo flores de un nuevo galán.
Vera y Carmela sonreían en silencio.
¿Qué tal tu Ángel, Carmela? ¿Mejor de la patita?
Sí, Vera, se pinchó en el parque, pero ya está bien, ya sabes, se curó como los perros… Los nietos querían que lo llevase a una exposición canina, pero yo le digo que mejor tranquilo. ¿Y Nati? La veo ya contenta otra vez.
Eso es, Carmela, hay quien tiene animales, y quien va coleccionando maridos…
Bueno, cada una lo suyo. ¿A ver si ahora por fin le va bien?
Ojalá…
¿De qué murmuráis?
De ti, Nati, a ver si esta vez hay suerte.
Chicas, ya sé cómo suena todo esto, pero no sé estar sola, de verdad.
Qué más da… Cada cual con su vida…

Vera, llamó Nati cuando Vera salía hacia el aparcamiento, si alguna vez… dime cómo va eso de los gatos, ¿qué es mejor, macho o hembra?
Tira, anda, que te esperan… ya veremos cuando llegue rió Vera. Por si acaso…

Rate article
MagistrUm
POR SI ACASO Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera que lloraba, se giró hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, de verdad, Vera —escuchó decir a Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Porque aunque a ti en tu vida personal te vaya bien, no significa que a los demás les pase igual. Mírala, la pobre, destrozada, ¿no podías al menos consolarla, darle un consejo, compartir tu experiencia? Que pareces tan feliz con lo tuyo… —¿Yo? ¿Compartir experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadia eso no le iba a gustar. Ya lo intenté hace como cinco años, cuando venía a trabajar con moratones —decía que se caía, claro, para ver mejor el camino, supongo. Vosotras aún no estabais aquí. Y, no, no era el marido el que le pegaba, era ella misma, se caía sola, malabares que hacía, y cuando él se largó, dejaron de aparecerle “faroles”. Era el tercero que la dejaba. En fin, que decidí ayudarla, apoyarla, compartir vivencias. Salí yo como la mala. Luego las demás me explicaron que era un caso perdido, que Nadia todo lo sabe y sólo la fastidia quien interfiere en su felicidad. Iba de bruja a bruja para atar a sus hombres, ahora va de psicólogos y dice que “trabaja sus traumas”. No se da cuenta que repite el mismo patrón, sólo cambia nombres. Así que, no gracias, no voy a llorar con ella ni a acercarle pañuelos. —Aun así, Vera, no deberías actuar así. A la hora de comer, con todas en la misma mesa, sólo se habló del ex de Nadia, un desalmado y mentiroso. Vera se mantuvo callada, luego se sirvió café y se apartó para limpiar la cabeza viendo redes sociales. —Vera —se acercó la simpática y risueña Tania, que hoy, sin embargo, lucía el ceño fruncido—, ¿de verdad no te da ni un poquito de pena Nadia? —Tania, ¿qué queréis de mí? —Déjala ya —saltó Ira—, siempre igual, con su Vasili, y tan feliz. Vive como una reina y es incapaz de imaginar lo que es quedarse sola, sin ayuda, con un crío, y encima, para colmo, ver que ni la manutención te llega. —Eso te pasa por meterte en según qué líos —añadió la veterana Tía Tania, la mayor de todo el grupo—. Vera tiene razón, cuántas veces hemos visto ya el drama de Nadia, y él la volvió loca estando embarazada, y antes de eso… Las mujeres, reunidas en círculo alrededor de la llorosa Nadia, comenzaron una ronda de consejos. ¿Qué pasó entonces? Que nuestra feroz y autónoma Nadia decidió ponerse las pilas y llamar urgentemente a su madre del pueblo para que la ayudase con el niño. Nadia volvió a ser ella misma. Se hizo flequillo, se tatuó las cejas, se puso pestañas, quiso hacerse un piercing en la nariz pero el departamento en pleno la convenció de no hacerlo. Y para allá que fue. Las chicas la animaban. “Ya verás, Nadia, él llorará por ti todavía”. —No, no va a llorar —dijo Vera en voz baja, pensando que nadie la oiría. Pero la oyeron, y medio alcoholizadas, repitieron: ¿cómo que no va a llorar? —No va a llorar ni a arrepentirse. Y Nadia encontrará pronto a otro igual… —Claro, para ti es fácil, tienes a tu Vasili, seguro que no es como los demás… —No, no es como los demás, Vasili es el mejor hombre del mundo, no pega, no bebe, no va con otras… —Sí, sí, todos son iguales. —A que te lo quitamos… —No podréis, él no se va. —No estaría tan segura… —Pues tú verás. Entre bromas y piques, surgió la idea de invadir la casa de Vera para ver si su Vasili resistía la tentación. Allá fueron todas en tropel, contentas y parloteando en su cocina. —Vamos, chicas, hagamos algo rápido para picar, que entiendo que Vasili no está pero en breve vuelve, y le dejaremos la mesa puesta. —No os preocupéis, es muy delicado con la comida y no come mucho, pero sí, llegará en breve. Poco a poco la emoción decaía y las invitadas iban marchando a sus casas. Solo se quedaron Nadia, Olga y Tania. Tomaban té en la acogedora cocina de Vera, medio incómodas esperando a ese misterioso Vasili. Cuando de pronto, alguien llegó. —¡Vasili, mi niño, mi coqueto! —murmuró Vera desde la entrada. Las otras se pusieron nerviosas. Y de repente un chico joven y apuesto apareció. Oh, entendieron todas, el marido es mucho más joven que Vera. —Chicas, os presento a Denis, mi hijo. ¿Denis? ¿Cómo que Denis? —se leía en las miradas. —Mi hijo Denis. ¿Y el Vasili, Denis? ¿Se ha portado bien? —Sí, mamá, ahora necesita reposo, mañana ya correrá. Pero no dejes que se chupe los puntos… Las invitadas se sonrojaron. —Nosotras… ya nos vamos mejor. —¡Un momento! No os he presentado aún a Vasili. Pero sshh, está recién operado, Denis y Lena lo llevaron al veterinario, que yo estaba trabajando… Le han castrado, es que el muy bandido empezó a marcar las cortinas… Venid a ver. ¡Ahí tenéis a Vasili, a mi tesoro, durmiendo! Para no estallar de risa, todas salieron en estampida de la habitación. —¡Pero Vera, es un gato! —Claro, ¿qué os pensabais? —¿Y el marido…? —Nunca he tenido. Lo de Vasili os lo inventasteis vosotras. Dije que tenía un hombre maravilloso, Vasili, y no me dejasteis terminar la frase, os lo imaginasteis. Me casé joven, por mi primer amor, dejé los estudios, tuve a Denis. Tres años mal llevados, nos separamos. La familia me ayudó. El segundo marido apareció cerca de los treinta, buen chico, ilusionado, pero solo pensaba en que le diera hijos suyos, y Denis… bueno, a un internado militar, o con mi madre, decían. Lo mandé a él con su madre. Tiempo después, sola con Denis, me casé una tercera vez, sabiendo que ya no era una joya en el mercado de novias, pero bueno, a la tercera va la vencida. Al poco, una bronca, y de celos me pegó. Denis practicaba artes marciales desde pequeño, yo a veces entrenaba con él, aprendí algún truco y se llevó su merecido. Decidí que ya era suficiente. Denis se casó, yo sola, y adopté a Vasili. Con él voy al cine, de viaje, cocino para los dos. Nadie debe nada a nadie, y nadie me atormenta. Denis al principio no lo entendía. “¿Por qué no vives con nadie?” ¿Para qué, hijo? Cada uno tiene su vida, sus costumbres. Es otra cosa estar juntos desde jóvenes, como mis padres, pero yo no, a mí no me ha salido así. ¿Para ir pregonando que estoy casada? No me compensa. Estoy bien con Vasili. ¿Verdad, tesoro? ¿Ves lo que te advertí si seguías marcando las cortinas? Las chicas se fueron cada una pensativa, especialmente Nadia. Pero Nadia no logró ser como Vera. Al mes ya presumía de nuevo amor, y recibía flores en el trabajo. Vera y la tía Tania sonreían. —¿Qué tal Misha? ¿Cómo va la patita? —Bien, Vera, en el paseo parece que se clavó algo, pero ya está curado, como los perros. Los nietos querían que lo llevase a exposición, pero a mí me da igual… —Parece que Nadia también ha rehecho su vida… —Sí, Tía Tania, unas tienen mascotas y otras, maridos. —Bueno, cada una a lo suyo. ¿Igual esta vez tiene suerte? —A ver si sí… —¿Qué cuchicheáis? —De ti, Nadia, que esperamos que esta vez te salga bien. —Chicas, sé cómo parece todo esto, pero yo sola no puedo. —No tienes que justificarte, cada una vive como quiere… —Vera —oyó la voz de Nadia cuando iba al aparcamiento—, tú, si acaso, me aconsejarías sobre gatos? ¿Qué conviene más, gato o gata? —Anda, ve, te esperan… y si acaso, ya hablaremos —rió Vera. —Por si acaso…