POR SI ACASO
Vera observó a su compañera llorosa con una indiferencia casi de otro mundo, dio media vuelta hacia su ordenador y comenzó a teclear palabras que no entendía ni ella misma.
No tienes corazón, Vera oyó su voz la jefa, Olga, desde el despacho, medio desvanecida en la neblina del mediodía.
¿Yo? ¿Por qué dices eso?
Porque aunque a ti te vaya bien en el amor, no significa que todas vayamos iguales. Que ahí tienes a la pobre, deshecha… ¿No podías al menos acercarte, mostrar un poco de compasión, un consejo, algo? Que tú ya tienes tu vida resuelta.
¿Un consejo? ¿A ella? Me temo que a nuestra Nati no le haría ninguna gracia. Hace años lo intenté, cuando venía al trabajo con moretones diciendo que se había caído por esas calles de Salamanca que ella tanto recorre. Aún no estabas en la oficina, Olga.
Y no, no era su marido el que le daba esas palizas, era ella que siempre acababa tropezando, por lo visto. Cuando aquél se largó sin despedirse, los moratones también se esfumaron. Ya iban tres que se le marchaban.
Pues nada, entonces decidí darle mi apoyo, compartir experiencia… y salí yo la mala, sí, la mala.
Luego las demás compañeras me soltaron que era causa perdida, que con Nati no se puede, que ella de todo sabe más que nadie.
Yo solo quise ayudar, pero terminé de bruja entrometida. Por entonces iba por curanderas y echadoras de cartas; ahora va a psicólogos, que es más fino. Se cura traumas, dice.
Pero ni se da cuenta de que repite siempre la misma historia, solo cambian los nombres de los hombres.
Así que, perdona, Olga, pero yo no voy a mostrar ni una lágrima más, ni a acercarle pañuelos. No me da la gana.
Que igualmente, Vera, un poco de humanidad…
En el comedor, sentadas juntas en la mesa larga, todas vueltas en torno al asunto del ex de Nati, ese sinvergüenza y traidor.
Vera comía en silencio; luego se sirvió un café y huyó a un rincón con su móvil, recorriendo redes sociales para deshacer nudos de mente.
Vera se le acercó la redonda y siempre risueña Toñi, con la cara inusualmente amarga esa vez, ¿de verdad no te da ni un poquito de pena Nati?
Toñi, ¿qué queréis que haga?
Bah, déjala saltó al paso Irene girando la cabeza. Como ella tiene a su adorado Basilio, vive como una reina en la Gran Vía, claro, no sabe lo que es quedarse sola con un crío y nadie que te ayude. Y para cobrar la pensión, ni te cuento…
Eso te pasa por parir sin saber de quién gruñó doña Carmen, la mayor del grupo, a quien en privado llamaban Carmela. Y Vera tiene razón. Nati ha llorado mil veces ya por lo mismo, y cuando estaba embarazada, ¡madre mía cómo la hacía sufrir!
El círculo de mujeres alrededor de Nati, sollozando sin pausa, llenaban el aire de consejos y lamentos.
¿Y ahora?
La independiente y fuerte Nati decidió resurgir con toda su gloria. Llamó corriendo a su madre del pueblo para que le ayudase con el niño y el… desagradecido. Pronto se rehizo, se cortó flequillo, se tatuó cejas en la frente, se puso pestañas postizas, y hasta quiso ponerse un piercing en la nariz, pero lo impidieron entre todas.
Y así empezó la función.
No te preocupes, Nati le decían las demás, animándola, ya verás, ese cobarde acabará llorando por ti, ya lo verás.
Que no, chicas gruñía Vera en voz baja. Ese ni va a llorar ni va a lamentar nada. Y Nati hoy o mañana se busca otro igual…
Hablas porque tienes a Basilio, que seguro ese es distinto…
Distinto… claro que sí, mi Basilio es el mejor del mundo: ni me grita, ni sale a beber, ni me traiciona. Me adora.
No digas eso, todos son iguales soltó Irene. Cuidado, que te lo quitan, Vera.
Nadie me lo quita, ya lo veréis.
El vino hacía eco en sus cabezas y las mujeres, como en una verbena, se pusieron a discutir como fieras.
¡Pues vámonos todas a tu casa, Vera! A ver si Basilio resiste a tanta belleza reunida. Seguro que no te atreves a invitarnos, porque temes que te robemos a ese santo esposo.
¡Vámonos!
¡Venga, chicas, todas a casa de Vera a por Basilio! ¿Carmela, te apuntas?
No, hijas. A mí me espera Ángel en casa… vosotras id dijo la jefa sonriendo.
A carcajadas invadieron la casa de Vera, alborotando la cocina.
Va, chicas, cocinemos algo rápido. Entiendo que Basilio no está, ¿no? Pero vendrá, y ya tendrá la mesa montada.
De nada servirá, es delicado para comer. Pero sí, ahora vendrá.
El hervor del caos se calmó; una a una, las mujeres recordaron sus tareas y fueron saliendo. Quedaron solo Nati, Olga y Toñi.
Tomaban té en la acogedora cocina, con risas nerviosas mientras esperaban a ese desconocido Basilio.
Empezaron a prepararse para marcharse cuando alguien llegó.
¡Basilio, Basilio mío, mi niño guapo! cantó Vera saliendo al recibidor.
Las visitas se encogieron en sí mismas, incómodas, cuando al salón entró un chico joven, guapo y alto.
Ah, ahí estaba el secreto: el marido era mucho más joven que Vera.
Os presento a Denis.
¿Denis? ¿Cómo Denis, no era Basilio? Las miradas lo decían todo.
Mi hijo, Denisito. ¿Qué tal se portó Basilio, Deni? ¿Tranquilo?
Sí, mamá, solo necesita reposo. Mañana ya podrá correr. Eso sí, ¡no le dejes lamerse la herida!
Las mujeres se pusieron coloradas…
Nosotras… nos vamos…
Un momento, que no os he presentado a Basilio, pero silencio, que está recuperándose. Denis y su novia Lena lo llevaron al veterinario a que lo castraran, porque no dejaba de marcar las cortinas… venid.
Ahí estaba Basilio, durmiendo tan tranquilo: era un gato.
Para no reírse, las visitantes huyeron de la habitación.
¡Vera, si es un gato!
Por supuesto. ¿Vosotras qué creíais? ¿Y el marido?
¡Ah!, que no tengo. Fuisteis vosotras quienes os montasteis la historia. Un día dije que tenía al mejor Basilio y me callasteis, y así nació la leyenda.
Me casé joven, por amor de primera, dejé la universidad, tuve a Denis.
Tres años de sufrimiento, nos separamos. Con ayuda de mis padres, seguí.
Volví a casarme ya cerca de los treinta. Un buen hombre, planes, hijos, pero Denis… bueno, para él, a internado militar; para mí, la vida de su lado no era.
Le mandé con su madre. Él enfadadísimo, su madre me llamó inútil, que nadie quiere hijos ajenos. Curioso, ella se casó dos veces y su hijo fue criado por otro.
Viví sola con Denis, y en mi tercer intento, ya completamente consciente de mi valor en el mercado, llegó otro que hasta me levantó la mano por celos.
Denis que hacía judo desde los seis años, practicábamos en casa… algo aprendí y ese Otelo se fue volando escaleras abajo. Decidí que ya era suficiente.
Denis se casó, yo me quedé sola y adopté a Basilio el gato. Vivimos bien, voy al cine acompañada, viajo, nadie debe nada a nadie.
A veces invito a Denis a una buena cena, y después cada uno por su camino, sin dar cuentas.
Él al principio no entendía por qué no vivíamos juntos.
¿Y para qué? Somos adultos, cada cual con sus manías. Otra cosa es crecer juntos, como mi hermano y su mujer, o mis padres. Sí, llevan treinta años, piensan igual. Lo mío no fue así.
Así que, ¿para qué forzarme, solo por poder presumir de casada?
No necesito eso. Basilio y yo estamos bien.
¿Verdad, mi niño, ya has aprendido la lección? Te lo advertí, si seguías marcando, adiós a tus partes.
Las amigas volvieron a casa pensativas, sobre todo Nati.
Pero Nati no pudo ser como Vera.
En un mes ya estaba revoloteando por la oficina, recibiendo flores de un nuevo galán.
Vera y Carmela sonreían en silencio.
¿Qué tal tu Ángel, Carmela? ¿Mejor de la patita?
Sí, Vera, se pinchó en el parque, pero ya está bien, ya sabes, se curó como los perros… Los nietos querían que lo llevase a una exposición canina, pero yo le digo que mejor tranquilo. ¿Y Nati? La veo ya contenta otra vez.
Eso es, Carmela, hay quien tiene animales, y quien va coleccionando maridos…
Bueno, cada una lo suyo. ¿A ver si ahora por fin le va bien?
Ojalá…
¿De qué murmuráis?
De ti, Nati, a ver si esta vez hay suerte.
Chicas, ya sé cómo suena todo esto, pero no sé estar sola, de verdad.
Qué más da… Cada cual con su vida…
Vera, llamó Nati cuando Vera salía hacia el aparcamiento, si alguna vez… dime cómo va eso de los gatos, ¿qué es mejor, macho o hembra?
Tira, anda, que te esperan… ya veremos cuando llegue rió Vera. Por si acaso…







