POR SI ACASO Vera lanzó una mirada indiferente a su compañera llorosa, se giró hacia el ordenador y…

POR SI ACASO
Elena contemplaba a su compañera de trabajo, María Dolores, sollozando en su escritorio, y con total indiferencia volvió la vista a la pantalla del ordenador, tecleando a toda prisa.
Vaya, sí que eres fría, Elena escuchó de repente la voz firme de Soledad, la jefa del departamento.
¿Yo? ¿De dónde sacas eso?
Pues, hija, porque aunque en tu vida personal todo sea color de rosa, no quiere decir que todas las demás seamos igual de afortunadas. ¿No ves cómo está la chica? ¿Ni una palabra de consuelo, ni una pizca de empatía? Con lo bien que te va, podrías al menos darle algún consejo.
¿Yo? ¿A María Dolores? Me temo que a nuestra Mariló no le gustaría mucho, Soledad. Ya lo intenté hace cinco años, cuando venía al trabajo con esos moratones en la cara, recuerdo que tú aún no estabas aquí.
Y para que conste, no era que su novio la pegara, era que tropezaba todo el tiempo según ella, y en cuanto aquel desapareció del mapa, los moratones se esfumaron: fue el tercer novio que se le escapó.
Entonces intenté apoyarla, darle algún consejo, ser compañera, pero lo único que conseguí es que me culparan también a mí.
Luego otras compañeras me dijeron que no servía de nada, que Mariló ya lo sabe todo mejor que nadie, que simplemente soy una bruja que arruinó sus sueños. Por entonces andaba con videntes y amarres, y ahora se ha modernizado y va al psicólogo, desentrañando traumas.
No se da cuenta de que siempre vive el mismo guión, solo le cambia el nombre al hombre. Así que, si me disculpas, de pañuelos y compasión nada, no me sale.
Aun así, Elena, no deberías ser tan dura.
A la hora de la comida, todas se sentaron alrededor de la misma mesa, y no se oía otro tema que los males del exnovio de Mariló, ese sinvergüenza, ese traidor.
Elena comía en silencio, y después de servirse un café buscó un rincón apartado para despejarse, revisando sus redes sociales.
Elena se le acercó entonces la alegre y redondeada Lucía, que siempre hacía bromas, aunque hoy su cara parecía hecha de tristeza. ¿De verdad no te da ni una pena lo de Mariló?
Lucía, ¿pero qué esperáis de mí?
Ay, ni la agobies respondió Sara, que pasaba por allí. Es que a ella todo le sale bien; tiene a su adorado Iker, vive como en un cuento, no sabe lo que es quedarse sola con una criatura, sin ayuda de nadie, buscando la forma de que el padre irresponsable le pase unos euros de pensión.
Bueno, pues no haber tenido un hijo así, ni se sabe de quién, y además ya mayorcita, ¿no? terció la veterana del grupo, Carmen, a la que todas llamaban cariñosamente tía Carmen. Elena tiene razón, ¿cuántas veces ha llorado ya Mariló por hombres que solo le han dado quebraderos de cabeza?
Las mujeres, formando un círculo alrededor de la inconsolable Mariló, lanzaban consejos de toda clase.
Ni corta ni perezosa, la propia Mariló, tan fuerte y segura de sí misma, reaccionó.
Se cansó de llorar y llamó a su madre para que viniera corriendo desde el pueblo a ayudarle con el niño y con ese ingrato. Poco a poco, fue recuperándose.
Se dejó flequillo, se tatuó las cejas, se puso extensiones de pestañas, y coqueteó con la idea de hacerse un piercing en la nariz. Todo el departamento la disuadió a tiempo.
Y así empezó el desfile.
Tranquila, Mariló la animaban las demás, que él va a terminar sufriendo y llorando más que tú.
Eso no va a pasar dijo Elena en voz baja casi para sí, pero la oyeron algunas que ya llevaban dos copas de vino y la animaron a explicarse. No, él no va a llorar, ni a lamentarse. Y Mariló, tarde o temprano, encontrará otro igual que él
¡Claro, fácil hablar para ti, Elena, que tienes a tu Iker! Seguro que él no es así
No dijo Elena, sonriendo con serenidad. Iker es el mejor hombre del mundo: ni me maltrata, ni me engaña, y me quiere con locura.
Ya, ya, todos son unos sinvergüenzas en el fondo siseó Sara. A ver, Elena, ¿no temes que alguna te quite a Iker?
No, para nada. Él no se va.
¿Y si te equivocas?
Pues no me equivoco.
El vino empezó a calentar la conversación, y el ambiente se volvió casi de taberna.
¿Y si vamos todas a tu casa y comprobamos si tu Iker resiste tanta tentación? Lo mismo ni te atreves a invitar a tantas, no sea que alguna logre llevárselo.
Pues claro que os invito.
¡Chicas, nos vamos todas a casa de Elena a poner a prueba a Iker! ¿Vienes, tía Carmen?
No, chicas, que a mí me espera mi Francisco, pero pasadlo bien sonrió Carmen con indulgencia.
En tropel alegre, llenaron la cocina de Elena, entre risas y carreras.
¡Venga, chicas, cocinemos algo rápido, que Iker aún no ha llegado! Que encuentre la mesa puesta.
Tampoco os esmeréis demasiado: es muy tiquismiquis con la comida. Pero sí, pronto estará aquí.
Después de un rato, cuando las aguas estaban más calmadas y la mayoría ya se marchó, solo quedaron Mariló, Soledad y Lucía, charlando a media voz en la cocina mientras esperaban a ese misterioso Iker.
De repente llegó alguien.
¡Iker, mi niño querido! entonó Elena con mimo desde el recibidor.
Las mujeres se quedaron cortadas e intentaron despedirse discretamente, mientras a la habitación entraba un joven muy apuesto, alto y sonriente.
¡Ah! Ahora lo entendían: el marido de Elena era mucho más joven que ella.
Chicas, os presento: este es mi Álvaro.
¿Álvaro? ¿Cómo que Álvaro? ¿No era Iker? Se leía en la cara de todas.
Mi hijo, Álvarito. ¿Qué tal se portó Iker, cariño?
Bien, mamá, ahora solo necesita reposo. Mañana podrá corretear otra vez. No dejes que se lama la herida
Las amigas se sonrojaron.
Nosotras mejor nos vamos.
¡No, esperad! Que aún no os he presentado a Iker. Pero silencio, que está recién operado. Álvaro, con su novia, lo llevó al veterinario. Yo estaba en la oficina. Castración, que llevaba varios días marcando toda la casa Venid, venid.
Ahí está, mi Iker, dormidito.
Las mujeres salieron riéndose a carcajadas.
Elena, ¡pero si es un gato!
Claro, ¿qué pensabais?
¿Y el marido?
Eso lo habéis supuesto vosotras. Una vez mencioné que tenía un hombre maravilloso llamado Iker, no me dejasteis terminar y os lo imaginasteis todo.
Me casé joven, lo típico, el primer amor No acabé la carrera, nació Álvaro. Tres años juntos, fue un desastre y cada uno a su lado, por suerte los abuelos ayudaron mucho.
La segunda vez ya tenía una edad, él parecía sensato, se hacía castillos en el aire y quería que le diera una hija perfecta, mientras que a Álvaro Bueno, decía que lo mandara a un internado militar, que allí lo criarían bien.
Acabé mandando al marido a casa de su madre y se escandalizó, aunque su propia madre había criado a su hijo con un padrastro.
Viví tiempo sola con Álvaro, hasta que un tercer hombre quiso conquistarme. En la fase de cortejo me puso un moratón de amor desmedido Álvaro hacía kárate desde los seis años gracias a mí, que era su pareja de entrenamiento en casa. Algo aprendí, así que no dudé en defenderme.
Desde entonces, decidí que lo mío era vivir sola. Álvaro se casó y yo adopté a Iker, el gato, y así estamos.
Cuando quiero, cocino una buena cena e invito a algún amigo, él viene, charla y se va feliz, no nos exigimos nada mutuamente.
Mi hijo al principio no lo entendía, me preguntaba por qué no tener una pareja fija. ¿Para qué? Cada uno tiene su vida, sus costumbres. Si hubiéramos estado juntos desde jóvenes como mi hermano, vale. Ellos, treinta años, como un solo ser. Pero a mí no me salió así y no voy a forzarme solo para decir que tengo marido.
Yo, con Iker, vivo a gusto.
¿Verdad, mi niño? Abre los ojitos Ya te lo dije: si seguías marcando cortinas, perdías tus atributos
Las mujeres se fueron a casa pensativas, sobre todo Mariló.
Pero no pudo, no pudo ser como Elena.
Al mes siguiente ya presumía de nuevo pretendiente y recibía ramos de rosas en la oficina.
Elena y la tía Carmen sonreían.
¿Qué tal tu Paco, Carmen? ¿Y la pata?
Bien, hija, en el paseo se pinchó con algo, pero ya está curado. Los nietos quieren que lo lleve a un concurso de perros, pero, ¿para qué? Mejor dejarle tranquilo.
A Mariló ya la veo recuperada
Sí, ya ves, Carmen. Unas buscamos animales, otras maridos.
Bueno, cada una a lo suyo. ¿Quién sabe? Igual esta vez Mariló acierta.
Ojalá
¿De qué cuchicheáis?
De ti, Mariló, que a ver si esta vez tienes suerte.
Chicas, que lo entiendo, sé que parece patético, pero no puedo estar sola, de verdad
No tienes que justificarte, cada cual a lo suyo
Elena, escuchó justo cuando salía hacia el parking, tú, si eso, ¿me aconsejas sobre gatos? ¿Qué es mejor, macho o hembra?
Vete, anda, que te esperan Y cuando quieras, lo hablamos
Solo por si acasoElena sonrió y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió un gesto de afecto: apoyó la mano en el hombro de Mariló.

Eso es fácil, Mariló. El que te robe el corazón, pero que sea de los que ronronean, no de los que arañan dijo, y las dos rieron, la una sorprendida de escuchar esa calidez, la otra sorprendida de sentirla en sí misma.

Mientras cruzaban juntas el parking iluminado por un sol bajo de tarde, cada una con una idea diferente de compañía, Elena pensó que, al final, tal vez todas compartían la misma búsqueda: alguien o algo que hiciera más cálido el regreso a casa.

Mariló, en silencio, se prometió intentarlo: esta vez, si tenía que adoptar, sería a quien no necesitara más que caricias y comida, y pudiera dormir tranquilo a su lado, sin miedo, sin regalos envenenados ni falsas promesas. Solo esa paz que ella, por fin, había visto en los ojos de Iker recostado en el cojín.

Detrás, Carmen comentaba con Lucía:
Mujer lista, Elena. Busca el afecto donde menos decepciona.

Y antes de subirse al coche, Mariló miró a Elena y le preguntó, en voz casi de niña:

¿Ronronea mucho de noche?

Solo cuando sabe que estoy cerca, Mariló. Solo cuando sabe que no tiene por qué marcharse.

Y fue suficiente. Porque esa tarde, entre risas y confidencias, cada una aprendió que la soledad no siempre es un enemigo, que la compañía puede tener garras suaves, y que para consolar a otra persona, a veces basta con contarle la verdad, pero sin dejar de sonreír.

Elena arrancó su coche, Mariló la siguió con la mirada y, sin saber bien por qué, por primera vez en años, no tenía ninguna prisa por enamorarse.

Quizás, por si acaso, solo se enamoraría de sí misma. O, al menos, de un gato.

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MagistrUm
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